Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca,
ruega que tu camino sea largo,
y rico en aventuras y experiencias.
Constantino Cavafis
En el entendido de que los lenguajes literario y cinematográfico son muy diferentes, no deja de ser absurdo esperar transposiciones lineales de un espacio a otro. Las mejores versiones fílmicas de clásicos literarios son entonces aquellas, desde mi punto de vista, que consiguen, respetando la esencia de esas fuentes originales, y a manera de homenaje a las mismas, ofrecer relecturas inteligentes y con vida propia, que con sus propios recursos contribuyen a difundir las obras primeras en cuestión y a enriquecer el universo de ese otro lenguaje a través del cual se expresan. Como otros clásicos literarios llevados con fortuna al séptimo arte, por ejemplo El Decamerón de Boccaccio y Muerte en Venecia de Thomas Mann, vistos a través de los talentos de Pier Paolo Pasolini y Luchino Visconti, respectivamente, una buena cinta consigue no solo rendir justo tributo al escritor y la obra en la cual se ha inspirado, sino crear además un nuevo todo con sus propios atributos y hallazgos.
Ese creo es el caso del reciente acercamiento del ya probado talento del realizador anglosajón Christopher Nolan a una de las dos inmortales epopeyas homéricas griegas, La Odisea (The Odyssey, Gran Bretaña-USA, 2026), pues más que una reinterpretación, o una actualización, o una “transposición”, consigue un muy hermoso y circular poema épico visual y sonoro. Sin perder nunca de vista la obra sublime de Homero, su esencia y su razón de ser, sus enormes sabiduría y belleza tanto estructural como discursiva, Nolan logra, con todos los recursos a su alcance y utilizados con notable virtuosismo, una enorme epopeya visual y sonora donde el texto mismo no deja de tener sus debidas resonancia y belleza; a la par, es también una suma de actos de memoria corporal, una episódica rapsodia en movimiento, filmada con la solemnidad y el tacto de quien sabe que está pronunciando —no narrando— un texto que ya es, desde su origen, liturgia y canto sublime. Homero y ese maravilloso mundo por él descrito y cantado, como suma de una tradición que con su genio trascendió y se mantuvo para la eternidad, están todo el tiempo presentes, y Nolan y sus no menos talentosos colaboradores están a su servicio, no como en otros tantos casos donde esas grandes obras detrás se convierten en mero pretexto.
Un rapsoda de nuestro tiempo, que ha heredado el bastón del Demódoco aedo que es a su vez alter ego del mismo Homero en el canto VIII (es el coro de la tragedia, y a la vez, la reiteración aquí obligada en boca del mismo Ulises), Nolan ha trocado su voz por una cámara IMAX Keighley de 70 mm, y de esta licencia solo nos apena saber que muy pocos tendrán la oportunidad de verla y disfrutarla tal y como la pensó el cineasta. Pero con todo y esta limitante técnica, visual, lo que la mayoria hemos podido ver y oír nos ha permitido reconocer una auténtica película de época, inaugural y novedosa en muchos aspectos, donde la tradición y la idiosincrasia mitológica de ese maravilloso mundo clásico consiguen ser reproducidas sin ambages ni grietas. Y es que a diferencia de otras cintas anteriores suyas valiosas (Memento, o Interstellar, o Dunkerque, o Oppenheimer), el tiempo aquí no solo es herramienta narrativa, sino además instrumento de un estado moral: en reclamo a su osadía y a su inconsciente ego, y con un cúmulo de vicisitudes a cuestas, el héroe será castigado con la pérdida de su memoria, y con ello, de su pasado y de su identidad. Puesto a prueba, tras su valor y su integridad, su desarrollado instinto de sobrevivencia y su inteligencia, podrá finalmente recuperar a su familia, su patria, su patrimonio. Como bien escribió Cavafis, como gran metáfora de la vida, siempre valdrán más el itinerario y el trayecto que la consumación de la meta, y qué duda cabe que el mismo Nolan lo tuvo siempre presente para su propio gran periplo fílmico.

Con la obra homérica siempre por delante y en reconocimiento de que en ella se condensan grandes verdades humanas, Nolan subraya todo aquello que en el clásico homérico bien se podría denominar “ética del retorno”. A diferencia del Agamenón del trágico Esquilo, donde su héroe vuelve cubierto de gloria y de sangre, y es asesinado por su incapacidad para reconocerse, Ulises regresa a Ítaca con la sabida madurez de quien tras su larga y cruenta “odisea” ha conseguido por fin descubrirse y reencontarse. Fiel a la estructura homérica, pone especial énfasis en preservar esa tensión ética, subrayando ese examen de conciencia colectiva que hace del poema un canto de resonancia universal y atemporal. Composición, estructura, puesta en escena, fotografía, música con instrumentos de la época, reproducción del universo mitológico griego, fotografía y edición, de la mano de un director que con conocimiento de causa y lucidez consigue tensar con impecable afinación todos los instrumentos de su orquesta.
Y como en toda buena película, el casting ha sido escogido con buen juicio y con sentido común, más alla de otras ciertas licencias que tampoco afectan el todo. Extraordinarios y probados histriones en su mayoría, con esa solvencia de personalidad que el cine exige, Matt Damon y Anne Hathaway encarnan a la pareja protagónica que se reencuentra después de dos décadas de obligado distanciamiento y múltiples penurias y pruebas de resistencia y temple, en el caso de ella, aguantando el acoso de holgazanes y cínicos pretedientes que ambicionan el trono. El joven inglés Tom Holland, en el que quizá sea su primer papel de envergadura en el cine (bailarín también, proviene de la comedia musical), da vida al esperanzador herederoTelémaco. Tres muy buenas actrices, hermosas todas, de tres distintas generaciones: la sudafricana Charlize Theron, la keniana-mexicana Lupita Nyong’o y la norteamericana Zendaya, interpretan, respectivamente, a la ninfa Calipso, Helena de Troya y la diosa Atenea. El talentoso y polifacético Robert Pattinson, también inglés, es el arrogante y violento pretendiente Antínoo. La formidable y experimentada Samantha Jane Morton encarna a la osada y lastimosa hechicera Cirse. El no menos avezado colombiano-estadounidense John Alberto Leguizamo Peláez, en una de sus mejores partes, da voz y cuerpo a Eumeo, el fiel porquero ––ya ciego–– de Ulises que, con el también ya anciano perro Argos, es de los pocos en reconocerlo a su regreso.
Tras la huella de Homero, una de mis más apasionadas experiencias como lector ha sido acercarme, todavía muy joven, a la famosa traducción en verso de La Odisea de José Manuel Pavón, y con una sensación similar he terminado, como cinéfilo confeso, después de ver esta poderosa y sensacional versión fílmica de Christopher Nolan.
