Hay países que se independizan con balas, con señores de bigote muriendo dramáticamente a lomos de un caballo blanco y gritando ¡Libertad o muerte! en el segundo exacto para que el pintor oficial de la patria haga un cuadro al óleo despampanante. Luego, está Costa Rica, un lugar que se independizó esencialmente porque le llegó una carta con retraso y francamente, nadie sabía qué carajos hacer con ella. La historia oficial —esa que nos inculcaron en la escuela— tiende a ilustrar con heroísmo lo que en realidad fue uno de los procesos de emancipación más involuntarios de la historia de la humanidad. El 15 de septiembre de 1821, en la Ciudad de Guatemala, un grupo de notables centroamericanos decidió, en una reunión que probablemente terminó antes del almuerzo, que Centroamérica ya no sería más una colonia del Imperio español. Firmaron el documento, se estrecharon las manos solemnemente y se felicitaron por su inmensa valentía. El pequeño detalle que a nadie en la mesa se le ocurrió considerar— fue avisarle a Costa Rica en tiempo real. En 1821 lo único que había era un pobre señor montado a caballo que debía cruzar selvas, ríos y barro. ¿El resultado? La noticia de que Costa Rica era una nación independiente tardó casi un mes en llegar.
Los costarricenses ya eran libres ante los ojos del mundo y no tenían la menor idea. Cuando el famoso papelito —el Acta de Independencia— por fin estaba en suelo costarricense en la ciudad de Cartago (que por aquel entonces ostentaba el título de capital), era el 13 de octubre, casi un mes tarde. la escena: llega un jinete cubierto de barro hasta las orejas, exhausto, deshidratado, saca un sobre sellado con cera roja, se aclara la garganta y grita henchido de emoción: ¡Pueblo costarricense, regocijaos, son libres!. Y la respuesta colectiva del pueblo, con esa serenidad tan tica, probablemente fluctuó entre un indiferente ah, mirá vos, qué bien o un sobrecogido ¿y ahora qué putas se supone que hagamos ?. Porque ese es el verdadero chiste de la independencia costarricense: no hubo un solo tico que se levantara en armas con un machete en alto pidiendo libertad. No hubo un Santander tico, ni un José de San Martín tropicalizado, ni siquiera un caudillo de barrio con pretensiones napoleónicas. Lo que hubo fue un grupo con peluca y chaqueta que, al recibir la noticia, entraron en pánico administrativo y convocaron a algo llamado cabildo abierto. Un cabildo abierto no era más que una asamblea comunal de señores encopetados para decidir qué actitud tomar frente a un hecho consumado del que no habían participado. Las opciones que se pusieron sobre la mesa en dicho cabildo no eran libertad absoluta o muerte en plan heroico. Las alternativas reales eran, básicamente: primero, aceptamos la independencia y ya qué importa; segundo, la rechazamos rotundamente y le rogamos a España que nos siga gobernando; o tercero, nos hacemos los desentendidos y esperamos a que aclaren los nublados del día a ver si llegan más noticias de Guatemala. Es decir, Costa Rica tuvo la oportunidad histórica, en bandeja de plata, de decir: No gracias, yo prefiero seguir siendo una colonia abandonada. Al final, ganó la opción de aceptar la independencia, en gran medida porque ponerse tercos y decir que no ya no tenía ningún sentido práctico: España estaba ocupadísima perdiendo tres cuartas partes del continente americano al mismo tiempo y difícilmente iba a enviar una flota naval a rescatar a una provincia olvidada que ni siquiera aparecía con buena letra en sus propios mapas. Así que Costa Rica se convirtió en una república independiente. Ahora bien, el culebrón que vino después: fue el dilema existencial de unirse al Imperio Mexicano. Resulta que apenas Centroamérica se quitó de encima el yugo español, en el norte emergió una figura bastante particular: Agustín de Iturbide. Este señor no tuvo mejor idea que autoproclamarse emperador —sí, un imperio en plena América Latina del siglo XIX, porque aparentemente la solución lógica a librarse de un rey europeo era inventarse un rey propio. Y aquí fue donde Costa Rica, en lugar de mostrar una postura unificada, madura y digna de una nación recién nacida, se fracturó literalmente en dos bandos encarnizados. Por un lado estaban Cartago y Heredia, las ciudades más conservadoras, aristocráticas y apegadas a las viejas costumbres coloniales. Ellas dijeron: Unámonos a México. A fin de cuentas ya estamos acostumbrados a que nos manden desde afuera, ¿qué más da si las órdenes vienen de Madrid o de la Ciudad de México?. Por el otro lado estaban San José y Alajuela, pobladas por comerciantes y agricultores con ideas más liberales y ganas de inaugurar la libertad de verdad. Su respuesta fue un categórico: De ninguna manera. Si nos costó casi un mes enterarnos de que éramos independientes, no nos vamos a someter ahora a un emperador. El país ni siquiera había terminado de asimilar la idea de que ya no era propiedad de la corona española, y ya se estaba peleando por decidir si prefería ser una colonia mexicana. Es el equivalente emocional exacto a salir de una relación de tres siglos y, antes de haber cambiado las sábanas o recogido la ropa del suelo, ya estar buscando casa para compartirla con el ex de tu ex. Esto escaló rápidamente a una guerra civil. Sí, la única sangre que se derramó en suelo costarricense en todo el proceso de independencia no fue contra las tropas imperiales de España, sino entre los propios costarricenses peleándose a machetazos y tiros por si querían o no convertirse en súbditos de un emperador mexicano. La famosa Guerra de Ochomogo, ocurrida en abril de 1823, enfrentó a las tropas (pro-México) de Cartago contra las fuerzas republicanas (pro-independencia) lideradas por San José. El choque duró apenas unas horas, pero fue absolutamente decisivo. Ganaron los republicanos josefinos, lo cual significa que Costa Rica estuvo a un par de cañonazos mal apuntados de terminar siendo, literalmente, un estado mexicano más. Hoy en día los costarricenses no estaríamos comiendo gallo pinto para el desayuno, sino comiendo pozole y tacos al pastor a las nueve de la mañana; celebrando el 16 de septiembre con mariachis en cada esquina, y el concepto del Día de la Anexión del Partido de Nicoya ni siquiera existiría, porque toda la región habría sido administrada por decreto directo firmado en el Zócalo de la Ciudad de México. Y lo más irónico y maravilloso de esta gesta bélica es que la batalla decisiva se libró en un cerro alto y neblinoso llamado Ochomogo La próxima vez que usted esté en un trancón en Ochomogo, hirviendo de rabia a dos kilómetros por hora, respire hondo y piense que en ese mismísimo lugar se decidió, si usted hoy paga en colones o en pesos mexicanos. Ahora bien, la historia nos guarda otra joya. Durante décadas hubo un debate sobre qué día exacto se debía festejar. Costa Rica no tenía un evento local heroico que mostrar; no había habido un asalto a una fortaleza, no había una batalla libertadora sangrienta, no existía un Grito de Dolores tico emitido por algún cura revolucionario. Al final, los gobernantes de la época, haciendo uso de un sentido práctico aplastante y una ausencia total de vergüenza histórica, decidieron adoptar el 15 de septiembre —la fecha exacta en que Guatemala firmó su propia acta— como si fuera propia. En otras palabras: Costa Rica celebra la fecha en que otro país firmó un documento, a pesar de que la noticia aquí se conoció un mes después y nadie sabía muy bien si alegrarse o llorar. Y sin embargo, a pesar de semejante trasfondo, cada año, de manera casi religiosa, miles de estudiantes costarricenses salen a las calles en la noche del 14 de septiembre portando faroles artesanales de cartón y celofán, para luego, el 15, marchar bajo el sol abrasador. Es una celebración hermosa, llena de color, orgullo patrio y fervor ciudadano… dedicada a un evento que ocurrió a cientos de kilómetros de distancia, del cual nuestros antepasados se enteraron con treinta días de retraso.
Lo cual, es una de las cosas más profundamente humanas de la idiosincrasia costarricense. Aquí tuvimos una indecisión impresionante, una pequeña y absurda guerra civil y una fecha patria prestada por pura conveniencia. Y aun así, contra todo pronóstico histórico, con esos ingredientes tan raros, Costa Rica logró construir con el paso del tiempo una de las democracias más estables, educadas, prósperas y pacíficas de todo el continente americano. Quizás esa sea, en el fondo, la verdadera y más pura identidad nacional: la de un país que se emancipó sin querer, que estuvo a nada de convertirse en territorio mexicano pero decidió que mejor nos organizamos a nuestra manera, despacitico, sin prisa, aislados y en paz.
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San José, Costa Rica
