En el primer día del 81º periodo de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (AGONU), México formó parte del discurso del presidente Donald Trump. Más allá de ser un orador plano y carecer su alocución del mínimo componente de creatividad y compromiso para reflexionar sobre la situación internacional, pues no solo careció de ideas y propuestas -no puede considerarse como tal el cambio de inteligencia artificial por súper inteligencia-, sino que niega la realidad del cambio climático y hace una unilateral exposición repelente a la sana autocrítica, llevó a la AGONU su evaluación de la relación con nuestro país en el tema de los carteles de las drogas y su combate.

Aunque ante el lema “Restablecer la confianza, dirigir la transformación” de la sesión, procuró delinearse como líder del mundo, aunque en realidad recorrió solo las prioridades propias en el contexto mundial: migración restringida, guerra contra Irán, intervención en Gaza, pacificador de conflictos bélicos, Venezuela, Cuba, Groenlandia, OTAN, rechazo al multilateralismo y al pluralismo en el mundo de las ideas, y reivindicación de la soberanía estadounidense como noción para ejercer poder, no para convivir entre naciones. La peor frase enmarcada en la intervención de su élite armada en Venezuela: “al vencedor le pertenecen los despojos”, para referir el acuerdo de apropiación del petróleo de ese país.

¿Y México? Lo habrá leído. Inferencias sobre el riesgo implícito para la seguridad estadounidense y menciones específicas. Las inferencias, luego de hacer mención a la sustracción ilegal de Nicolás Maduro de Caracas: (i) “los Estados Unidos ya no permitirán que las amenazas a América obtengan una posición segura en ninguna parte del Hemisferio Occidental”; (ii) “estamos reafirmando el poder estadounidense, incluido el poder militar…, donde necesario,  en nuestra región…”

El enlace: (iii) ”Al  asumir el cargo, designé a los carteles de las drogas como organizaciones terroristas extranjeras y solté a las Fuerzas Armadas estadounidenses para eliminarlas”; entonces equipara a aquéllas con ISIS (Estado Islámico de Irak y Siria) para sustentar que “deberían ser eliminadas, exiliadas o detenidas como enemigos combatientes”.

Y aparece nuestro país: (iv) “México es el epicentro de la violencia de los carteles, desafortunadamente”; (v) “Para los Estados Unidos es inaceptable compartir dos mil millas fronterizas con un territorio controlado por carteles enemigos”; (vi) “Así que México debe recuperar el control de su suelo de los enemigos de la humanidad”; (vii) “la seguridad y la tranquilidad vendrán para México”; (viii) “Estoy muy orgulloso de decirles que tenemos una muy buena relación con el gobierno mexicano. Hemos logrado grandes trancos. Tampoco ellos quieren a los carteles.”

En un foro en el cual ha estado ausente la persona titular del ejecutivo mexicano desde septiembre de 2018, Trump se ha ocupado de mover la atención de la comunidad diplomática mundial hacia dos conceptos de las diferencias de nuestro país con la Casa Blanca: la pérdida del Estado mexicano del imperio de la ley ante grupos delincuenciales en diversas zonas del país y la insuficiencia de las acciones gubernamentales para recuperarlo, a pesar de los avances y la buena relación entre ambas naciones. No es un discurso nuevo ni con alguna sofisticación que lo diferencie de lo que antes hemos escuchado. Es el sitio y la ocasión. Trump ha expuesto a México en el espacio de política internacional más amplio y significativo del orbe; no ayuda al prestigio ni abona a la buena reputación, aún cuando se asuma el lenguaje de poder que caracteriza al mandatario ejecutivo estadounidense.

Aún si se pensara que Trump perderá la mayoría republicana en la Cámara de Representantes para el bienio 2027-2028 y en un mal resultado en el Senado, como lo dijo él mismo al hablar de Irán, eso no cambia las cosas en su concepción y práctica del ejercicio de la presidencia de su país.

Imposible conocer si el gobierno mexicano contempló el escenario presente. El Canciller Roberto Velasco está programado para intervenir el viernes 25 de septiembre en curso. ¿Cuál será el eje de su participación, ahora que la reputación del Estado al cual representa ha quedado cuestionada en el tema del ejercicio efectivo de la soberanía en el territorio nacional? Inadvertidamente ha surgido una gran prueba para la diplomacia mexicana. Sería complicado convencernos de que en el presente periodo presidencial se ha delineado, construido y ejecutado una política exterior reconocible más allá de resistir con la oratoria y las declaraciones las presiones y las exigencias de Washington a partir del 20 de enero de 2025.

Ahí todo lo sustantivo para México se ha cedido, aunque se estire el razonamiento de la soberanía para proteger a Rubén Rocha Moya, gobernador con renovada licencia de Sinaloa, y otros siete coindiciados por la connivencia con el cartel que tomó de ahí su nombre para acceder al poder y gobernar (es un decir). ¿No es fuerte indicio, que le prueba en contra a la encargada de la presidencia, su declaración más reciente en Sinaloa sobre el fin de la pax narca en ese estado por la entrega de Ismael Zambada a la justicia estadounidense que realizó Joaquín Guzmán López?

El Estado mexicano no ha construido alianzas, ni ha buscado o ejecutado sinergias con otros Estados para disminuir los riesgos de la asimetría con los Estados Unidos, en un contexto de marcada dependencia en el sector energético. México se apartó del mundo y el mundo se apartó de México. Sin embargo, la oportunidad está abierta por el clima que para nuestro país ha dejado el inquilino de la Casa Blanca.

No se trata de reducir el discurso mexicano a la respuesta para Trump, pero sí de valorar la construcción de nuestra posición y de hacerlo para, a la vez, buscar el consenso mínimo ante la visión del gobierno estadounidense. Como lo señaló el Sen. Luis Donaldo Colosio Riojas (MC) en su intervención ante el Congreso General el 1 de septiembre actual: “… vamos a buscar siempre la amistad de nuestros vecinos, pero el día en que… se comporten como agresores, la patria es primero… Y por eso, con el mundo, exigimos y exigiremos siempre una relación de iguales… Y en la defensa de la soberanía estaremos siempre del lado del Estado mexicano,… pero defendernos de lo que pasa afuera no nos exime de reparar lo que está sucediendo adentro.”

¿No resultaría alentador que el Canciller Velasco enarbolara y desarrollara tesis de política exterior ante lo dicho por Trump? Algunas que cabría pensar: México recuperará su capacidad para construir acuerdos, porque si la soberanía es indispensable, la cooperación es necesaria; el derecho internacional es el instrumento civilizado más útil para limitar al poder; si el multilateralismo no produce resultados, reformémoslo para poder preservarlo; la doble pertenencia mexicana al norte de América y a América Latina no es contradicción, sino ventaja estratégica; la construcción de la zona de América del Norte no debe anclarse en la integración comercial, sino evolucionar a una nueva etapa de prosperidad y responsabilidad compartidas; México debe asumir sus responsabilidades regionales con América Central y El Caribe al atender coordinadamente las condiciones que originan problemas comunes; México debe fortalecer sus relaciones con los países de América Latina en áreas específicas de cooperación para atender intereses mutuos, como en energía, infraestructura, cultura y combate a la delincuencia transnacional; la comunidad internacional debe reconocer que la delincuencia organizada transnacional exige de las responsabilidades nacionales e internacionales concertadas; la cooperación contra esa delincuencia no puede vulnerar la soberanía, sino fortalecer su ejercicio efectivo; y la política exterior ha de medirse por su capacidad para contribuir y ampliar libertades, seguridad y bienestar de las personas.

A Trump habría que responderle con calidad y actuar en consecuencia. La soberanía no es una abstracción con relación al territorio, sino el método para hacer efectivas las libertades de quienes lo habitan. Expuestos quedamos. ¿Qué hará México?