Hay preguntas que no reclaman una respuesta inmediata. Exigen detenerse ante ellas porque contienen, en unas cuantas palabras, problemas que una sociedad puede tardar generaciones en comprender. Esta es una de ellas: ¿Qué perderíamos si nuestras escuelas consiguieran transmitir conocimientos con extraordinaria eficiencia, pero dejaran de formar criterio?

La primera respuesta parecería tranquilizadora: quizá no demasiado. Seguiríamos formando médicos, ingenieros, abogados, administradores, técnicos y especialistas. Tendríamos jóvenes capaces de resolver problemas, utilizar nuevas tecnologías y desempeñarse profesionalmente. Pero algo esencial comenzaría a desaparecer silenciosamente: la capacidad de pensar sin que alguien piense por nosotros. Y entonces la pregunta educativa se convierte, inevitablemente, en una pregunta política.

Toda sociedad transmite conocimientos porque necesita preservar lo aprendido. Cada generación recibe una herencia intelectual, científica, histórica y cultural que no construyó por sí misma. Educar significa entregar ese patrimonio a quienes vienen detrás. Pero la escuela tiene una responsabilidad adicional: enseñar qué hacer con ese conocimiento. Porque saber no es todavía comprender. Y comprender tampoco significa, necesariamente, discernir. El criterio aparece cuando una persona puede examinar una afirmación, confrontarla con los hechos, escuchar argumentos distintos y llegar a una conclusión propia. Aparece también cuando posee la humildad intelectual suficiente para modificar esa conclusión si encuentra mejores razones. Esa debería ser una de las grandes aspiraciones de la educación mexicana.

Durante décadas hemos discutido reformas educativas, programas, libros de texto, evaluaciones, contenidos y modelos pedagógicos. Cada administración llega acompañada de su propio vocabulario educativo y de una explicación particular acerca de lo que México necesita enseñar. Pero quizá hemos dedicado menos tiempo a una pregunta anterior y más importante: ¿para qué educamos? La respuesta no puede limitarse al mercado laboral. Un país necesita trabajadores capacitados, desde luego. Necesita científicos, empresarios, médicos, maestros, técnicos e ingenieros. Pero una república necesita algo más difícil de formar: ciudadanos. La diferencia no es menor. El profesionista necesita conocimientos para ejercer una actividad; el ciudadano necesita criterio para ejercer su libertad.  Una democracia no se sostiene únicamente mediante elecciones. Necesita personas capaces de examinar el poder, distinguir entre información y propaganda, comprender que una mayoría electoral no convierte automáticamente una afirmación en verdad y reconocer, al mismo tiempo, que disentir del poder tampoco vuelve verdadera cualquier acusación contra él.

El pensamiento crítico comienza precisamente donde terminan las lealtades automáticas. Por eso no pertenece a la izquierda ni a la derecha. No es patrimonio del gobierno ni de la oposición. Mucho menos debería convertirse en instrumento de una ideología. Pensar críticamente significa someter al mismo examen las ideas del adversario y las propias. Resulta sencillo encontrar contradicciones en aquello que creemos equivocado. Mucho más difícil es buscar las debilidades de aquello que deseamos que sea verdad. Ahí comienza la auténtica independencia intelectual.

México necesita recuperar esa dimensión de la educación. Vivimos en una época paradójica. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y pocas veces habíamos dispuesto de tan poco tiempo para reflexionar sobre ella. La velocidad ha comenzado a sustituir a la profundidad. Leemos titulares antes que argumentos. Compartimos antes de verificar. Reaccionamos antes de comprender. Los algoritmos han descubierto algo que la política conoce desde hace siglos: las emociones movilizan con mayor rapidez que las razones. En semejante escenario, formar criterio deja de ser solamente una aspiración pedagógica. Se convierte en una necesidad democrática. Un ciudadano sin criterio es extraordinariamente vulnerable. Puede poseer títulos universitarios y, sin embargo, aceptar una cifra sin preguntar de dónde procede; repetir una interpretación histórica sin conocer sus fuentes; defender una política pública sin preguntarse por sus consecuencias, o rechazarla únicamente porque proviene de quienes considera adversarios.

La educación debería protegernos de esa dependencia intelectual. Pero existe una tentación recurrente en el ejercicio del poder: confundir educación con formación de adhesiones. No es un fenómeno exclusivo de México ni pertenece a una sola época o corriente política. Los gobiernos siempre han comprendido que quien influye en la educación participa, de alguna manera, en la construcción del futuro. Precisamente por ello debemos establecer un principio democrático elemental: la escuela pública pertenece a la nación, no al gobierno en turno

Los gobiernos administran temporalmente las instituciones; la nación las trasciende. Un programa educativo puede cambiar. Una administración termina. Una mayoría política puede convertirse mañana en minoría. Pero las consecuencias de lo que enseñamos —y de lo que dejamos de enseñar— acompañarán durante décadas a quienes hoy ocupan un salón de clases. Por eso debemos desconfiar de cualquier educación que entregue respuestas antes de permitir preguntas. Pero sería igualmente equivocado convertir el pensamiento crítico en una celebración de la opinión sin conocimiento. No se puede pensar seriamente desde la ignorancia. Para cuestionar la historia hay que conocer historia. Para discutir economía debemos comprender sus principios. Para evaluar una afirmación científica necesitamos ciencia. Para interpretar un texto debemos saber leerlo con profundidad. El conocimiento no es enemigo del pensamiento crítico; es su condición. Quizá por eso necesitamos recuperar una figura educativa que algunas concepciones contemporáneas han pretendido disminuir: el maestro como autoridad intelectual. No una autoridad autoritaria, sino una autoridad fundada en el conocimiento.

El buen maestro no impone al alumno lo que debe pensar. Hace algo mucho más difícil: le proporciona los conocimientos y las herramientas necesarias para que algún día pueda discutir incluso con su maestro. Enseña disciplina intelectual. Enseña que una afirmación necesita argumentos; que una fuente debe comprobarse; que existen preguntas cuya respuesta exige años de estudio y que decir “no sé” puede representar mayor honestidad intelectual que improvisar una certeza. Esa educación forma algo más importante que estudiantes exitosos: forma personas libres. Porque la libertad política comienza mucho antes de entrar en una casilla electoral. Comienza cuando una persona descubre que puede escuchar una idea sin someterse a ella; cuestionar una autoridad sin despreciarla; defender una convicción sin convertir al discrepante en enemigo, y cambiar de opinión sin sentir que ha perdido su identidad.

Volvamos entonces a la pregunta inicial: ¿Qué perdería una sociedad si sus escuelas fueran extraordinariamente eficientes para transmitir conocimientos, pero incapaces de formar criterio? Al principio, probablemente muy poco. Las universidades continuarían graduando profesionistas. Las empresas seguirían contratando especialistas. Las estadísticas educativas podrían incluso mejorar. La pérdida aparecería después.

Cuando esa sociedad necesitara ciudadanos capaces de distinguir entre verdad y conveniencia. Cuando tuviera que decidir entre argumentos y consignas. Cuando llegara el momento de poner límites al poder. Entonces descubriríamos que una nación puede tener habitantes extraordinariamente instruidos y, sin embargo, ciudadanos intelectualmente dependientes. Y quizá ese sea uno de los mayores peligros para cualquier democracia. Porque cuando la escuela deja de enseñar a pensar, alguien más termina ocupando ese lugar.

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