Cómo México y Costa Rica llegaron (casi) a la igualdad de género y luego se quedaron a medio camino
En este recuento empezar por la Güera Rodríguez es muy interesante porque se le relaciona con un hecho famoso que ocurrió en el año de 1821, cuando el Ejército entró a la Ciudad de México y el emperador Agustín de Iturbide supuestamente modificó la ruta del desfile para pasar frente al balcón de la casa de la Güera Rodríguez y saludarla, María Ignacia Rodríguez de Velasco, la Güera como la llamaban la denunciaron por presunto adulterio sin embargo a ella la golpeó su primer marido hasta casi matarla, y aun así la historia oficial decidió que lo más interesante de ella era su cara al punto de que se dice que luego se pintó una virgen utilizando sus hermosos rasgos.
No se le ha estudiado en serio porque era guapa. La Güera fue una intrigante política de primer nivel en la corte virreinal, jugó un papel en la gestación de la independencia y terminó su vida siendo tratada, durante generaciones, como un chisme con buen perfil. Reivindicarla es sacarla de la categoría de “curiosidad” y colocarla como “protagonista”.
A su lado podrían estar Josefa Ortiz de Domínguez y Leona Vicario, que sí lograron colarse en los libros de texto, con una frase piadosa sobre su “valentía” antes de volver rápidamente a hablar de los señores con caballo, panza y bigote. Un siglo después llegó Hermila Galindo, pionera del sufragio femenino y que tuvo la osadía de postularse a un puesto de elección popular cuando ni siquiera existía el marco legal para que una mujer pudiera hacerlo. El mensaje repetido es que las mujeres mexicanas llevan participando en política desde antes de que existiera el permiso oficial para hacerlo. La diferencia es que ahora, en teoría, ya no necesitan el permiso. Insisto que en teoría.
Costa Rica y la paciencia feminista
Si nos vamos varias fronteras al Sur hacia Costa Rica, un país que le tomó años conseguir el voto femenino y que lo consiguió gracias a mujeres que trabajaban en un colegio de señoritas. Sí: la cuna del feminismo costarricense fue, literalmente, un colegio para señoritas, lo cual tiene una hermosa ironía, porque toda esa educación “para formar buenas esposas” terminó produciendo una generación de sufragistas que doblegaron al Congreso es decir que “les enseñamos a bordar y aprendieron a legislar”. La Liga Feminista Costarricense, fundada en 1923 por Ángela Acuña, Esther de Mezerville y Ana Rosa Chacón, no se conformó con pedir el voto como quien pide que le muevan la silla para sentarse a comer. Su plataforma de “empoderamiento femenino”, buscaba participación y Derechos políticos y la lucha contra la explotación sexual. Pedían leyes y las consiguieron aunque en cocina de leña: el sufragio femenino no llegó hasta 1949-1950, con Bernarda Vásquez Méndez emitiendo el primer voto de una mujer costarricense. Ángela Acuña Brown, otra de las fundadoras de la Liga, peleó además por la dignificación salarial de las maestras, en un episodio maravillosamente absurdo: el Ministerio de Educación quiso subirle el sueldo solo a los maestros, argumentando —con la cara muy seria— que los hombres gastaban más y las mujeres rendían menos una tontería con corbata y la propuesta se retiró.
El presente, donde ganamos dos presidentas y perdemos la calma
México tiene, desde 2024, a su primera presidenta. Es un hito real, histórico, pero continua sin resolverse la crisis de feminicidios que convierte a México en uno de los países más peligrosos de la región para ser mujer. Porque resulta que una mujer puede llegar a Palacio Nacional y, al mismo tiempo, miles de mujeres mexicanas pueden seguir sin poder caminar tranquilas a la parada del autobús. Costa Rica, por su parte, juega en otra liga o eso presume: fue el país que le dio al continente americano su primera vicepresidenta afrodescendiente, en 2018,y también cuenta con una mujer en la silla presidencial y ha promulgado, leyes contra la violencia hacia las mujeres. Y sin embargo —aquí viene la parte donde a uno se le cae la sonrisa— la tasa de femicidios costarricense ha venido subiendo de forma sostenida entre 2022 y 2024, y cada día, en promedio, ciento seis mujeres piden medidas de protección ante un sistema judicial que las atiende con la velocidad de un trámite migratorio. Es decir: el país que se graduó con honores en el diseño institucional de la igualdad sigue reprobando, con cierta regularidad, el examen práctico. Y por si fuera poco, Costa Rica ha estado recortando cupos en su Red de Cuido —esos centros que permiten a madres trabajadoras dejar a sus hijos mientras van a ganarse la vida— justo en el momento en que, en teoría, el país debería estar reforzando la corresponsabilidad del cuidado. El discurso de odio contra las mujeres en redes sociales, mientras tanto, ha crecido de forma alarmante según Naciones Unidas.
Comparando las tasas de femicidios
Si uno pone a competir a México y Costa Rica en el ranking regional de brecha de género, Costa Rica superó a México en paridad económica, lo cual sonaría a victoria costarricense si no fuera porque ambos países comparten la misma patología de fondo: la distancia abismal entre la ley escrita y la vida real. México tiene una presidenta pero encabeza estadísticas de violencia femicida que estremecerían a cualquier observatorio internacional. Costa Rica tiene también una presidenta, marcos legales robustos, una vicepresidenta histórica y un Instituto Nacional de las Mujeres con décadas de trabajo, pero sus cifras de violencia y desprotección judicial van en la dirección contraria a la que deberían.
Es como si ambos países hubieran decidido, por separado, resolver el problema desde puntas opuestas del mismo cable pelado: México apostando fuerte por la representación simbólica en las esferas más altas del poder, Costa Rica apostando por la paridad legislativa. Los dos métodos son legítimos, los dos han producido avances reales nadie en su sano juicio debería minimizar que existan presidentas en ambos países pero se han topado con la misma pared de siempre: la violencia estructural no se negocia con una ley.
La Güera, la maestra y la señora que pide protección hoy.
Si algo enseña este recorrido de la Güera Rodríguez esquivando calumnias en la corte virreinal, a las maestras costarricenses peleando contra el argumento de que “los hombres gastan más” es que el patrón se repite con una consistencia casi cómica: cada generación de mujeres latinoamericanas logra algo enorme, y cada generación siguiente tiene que volver a pelear por la parte que quedó pendiente. La Güera tuvo participación política femenina y la cerraron detrás de ella durante un siglo. La Liga Feminista costarricense consiguió el voto y continua peleando por lo mismo que había pedido al principio. Hoy tenemos presidentas y vicepresidentas, pero nos queda la duda de si la sociedad machista les da permiso de tomar sus propias decisiones o si tienen fantasmas que les imponen lo que deben hacer como satélites.
jobrenes@brenesybrenes.com
San José, Costa Rica
