Siempre intento ser sumamente respetuoso en esta columna para no entrometerme en temas sensibles de la política interna de mi amado México. Está claro que no nací en este país, pero confieso mi mea culpa: soy costarricense de nacimiento, pero un mexicano que “salió del clóset”. Dicho esto, y al igual que le ocurrió a Chavela Vargas, agradezco que mis queridos amigos Mexicanos me han recibido como a un hijo pródigo.
Para no alargarme con mi modesta columna, confieso que esta semana recordé mi reciente estancia en la Ciudad de México, adonde fui invitado por hermanos mexicanos —a quienes la academia nos unió para convertirnos en familia— a impartir varias ponencias universitarias. Me dirigía en compañía de uno de ellos, académico y colega abogado, rumbo a la universidad, cuando entró la llamada de otro gran amigo y colega. Bastante preocupado, nos advirtió que en unos minutos se escucharía la alerta sísmica, pero que tranquilos: se trataba solo de un simulacro, por lo que ni mi familia ni yo debíamos asustarnos. Como costarricense —país de alta sismicidad donde nací y vivo sintiendo temblores un día sí y el otro también— agradecí enormemente el gesto.
Sin embargo, estos días me di cuenta de que México volvió a sacudirse con fuerza, lo que me hace sospechar que la Tierra tiene mejor sentido del humor que los gobernantes. Durante las últimas semanas, el planeta ha ofrecido una triste función sísmica: fuertes terremotos en distintos puntos, conmociones alrededor del Pacífico y una actividad que volvió a colocar al famoso Cinturón de Fuego en el centro de la tertulia mundial. Venezuela, Colombia, México, Japón e incluso Costa Rica han registrado sismos importantes, dejando muchas víctimas y tremendos daños a su paso.
Pero mientras los geólogos observan las placas tectónicas, los ciudadanos miran al cielo y los expertos recomiendan mantener la calma, en México existe otro fenómeno que merece rigurosa atención científica: el terremoto político de Morena y, particularmente, el movimiento sismológico que tiene como uno de sus grandes epicentros a Rubén Rocha Moya. Porque una cosa es que se mueva la Tierra y otra, muy distinta, que se mueva Morena. La primera tiene explicación científica; la segunda tiene comunicados mañaneros.
El mundo se sacude y el partido oficialista también. En meses recientes se han producido varios terremotos de magnitud 7 o superior. Los expertos analizan si esta concentración implica un aumento anormal de la actividad sísmica; afortunadamente, los datos indican que no: históricamente la Tierra produce miles de sismos al año y los grandes eventos suelen agruparse por mera estadística. Sin embargo, la estadística no impide que la imaginación política haga lo suyo. Si el planeta tiene su Cinturón de Fuego, Morena parece haber desarrollado su propio “Cinturón de Fuego Interno”. Y ahí sí hay actividad. Muchísima.
El problema es que, mientras los geólogos no pueden detener una falla tectónica, los políticos pretenden sofocar un aprieto con una conferencia de prensa. Eso funciona exactamente igual que intentar contener un tsunami alzando un comunicado de prensa: simplemente no funciona. El Cinturón de Fuego del Pacífico concentra la mayoría de los sismos y grandes eventos volcánicos del mundo debido a las zonas de subducción. La naturaleza, por lo visto, no recibió la llamada de que debía guardar la compostura.
Aquí es donde la comparación se vuelve inevitable. Mientras el Cinturón de Fuego libera la energía acumulada mediante terremotos y erupciones, el Cinturón de Morena la libera mediante declaraciones, acusaciones cruzadas, posicionamientos estratégicos y reuniones de unidad. El mecanismo es distinto; el resultado, curiosamente, es el mismo: hay movimiento, hay réplicas, hay grietas y siempre aparece alguien frente al micrófono jurando que todo está bajo control.
Los científicos tienen la escala de Richter y la de magnitud de momento; Morena necesita la suya. Por eso, los conocedores sugieren formalmente la creación de la Escala Rocha de Intensidad Política: en la Magnitud 1, un dirigente discrepa discretamente de otro y no pasa nada; en la Magnitud 2, alguien declara que existen “diferencias normales” y todavía no hay evacuación; en la Magnitud 3, dos dirigentes dejan de aparecer juntos en las fotografías y los expertos empiezan a monitorear; en la Magnitud 4, aparece la palabra unidad en un comunicado, lo que activa la alerta amarilla; en la Magnitud 5, se convoca a una reunión de unidad y pasamos a alerta naranja; en la Magnitud 6, tras la reunión de unidad, se convoca a otra rueda de prensa para aclarar que la reunión anterior no tuvo nada que ver con una crisis, alcanzando la alerta roja; y en la Magnitud 7, alguien declara oficialmente que “Morena está más unido que nunca”, momento exacto en que conviene buscar refugio debajo de una mesa. A partir de ahí, la Magnitud 8 trae filtraciones y acusaciones cruzadas, la Magnitud 9 culpa a la prensa y a los “adversarios”, la Magnitud 10 responsabiliza a la oposición por la existencia misma del terremoto y, si se llega a la Magnitud 11, ya no se sabe si estamos ante una fractura partidista o ante la separación definitiva de una placa continental.
En sismología, el epicentro es el punto en la superficie ubicado exactamente sobre el foco donde se origina la falla. En política, el concepto es más simple: es el lugar hacia donde todos voltean a ver cuándo la tierra empieza a crujir. En este caso, Rocha Moya se ha transformado en uno de esos puntos donde los sismógrafos políticos registran máxima actividad. El inconveniente es que, en la política, nadie quiere ser etiquetado como epicentro; todos prefieren figurar como víctimas inocentes del movimiento por falta de pruebas. Es la clásica escena del invitado que llega a una casa cuando una ventana se quiebra y dice: “Yo solo pasaba por aquí”. La política está repleta de figuras que “solo pasaban por aquí” cuando ocurrió el desastre.
Los terremotos tienen réplicas; Morena también. Solo que las réplicas políticas sufren una peculiaridad: vienen invariablemente acompañadas de micrófonos. Primero habla uno, luego responde el otro, después aparece un tercero a aclarar lo que quiso decir el segundo, posteriormente el primero regresa a matizar que la postura del tercero no representa la suya y, finalmente, todos concluyen en coro: “Aquí no hay ningún conflicto”. El ciudadano observa el espectáculo y recuerda la estampa del edificio desplomado tras el sismo: las paredes partidas, el techo en el suelo, las ventanas desintegradas… y un funcionario acercándose con casco y chaleco fluorescente para asegurar que se trata solo de “daños menores”.
La comparación es irresistible: en el Pacífico hay placas tectónicas, en Morena hay placas políticas; en el Pacífico hay subducción, en Morena hay reacomodo de poder; en el Pacífico hay réplicas sísmicas, en Morena hay declaraciones posteriores; en el Pacífico hay alertas de tsunami, en Morena hay alertas de crisis; y en el Pacífico hay volcanes en erupción, mientras que en Morena hay dirigentes explotando ante los micrófonos.
La diferencia sustancial radica en que una falla geológica puede tardar milenios en liberar energía, mientras que una falla política solo requiere tres entrevistas en televisión nacional. Los sismos naturales no mienten; la Tierra no cuenta con voceros, ni asesores de imagen, ni encuestas, ni operadores políticos. La corteza terrestre no sale a decir que el movimiento fue sacado de contexto, ni que la grieta no representa la postura oficial de la placa, ni mucho menos que el volcán está más unido que nunca. La naturaleza tiene la terrible costumbre de que, cuando se mueve, simplemente se mueve. La política, en cambio, ostenta la capacidad de intentar convencer al público de que lo que acaba de presenciar con sus propios ojos jamás ocurrió. Por eso la analogía resulta tan fascinante: el Cinturón de Fuego provoca terremotos reales; Morena produce explicaciones sobre por qué el terremoto fue una invención mediática. Mientras los científicos monitorean las zonas de subducción, la ciudadanía debería contar con dos sistemas de alerta temprana. El primero diría: “Sismo detectado: mantenga la calma y busque un lugar seguro”. El segundo advirtiéndonos: “Movimiento interno en Morena: no crea en el comunicado oficial hasta que las réplicas hayan cesado”. Puede que se esté activando el Cinturón de Fuego del Pacífico, o puede que simplemente haya hablado Rocha Moya. En cualquier caso, valga la advertencia: la Tierra tiene placas tectónicas, Morena tiene placas políticas, y cuando ambas chocan al mismo tiempo, hasta los sismógrafos terminan contratando un buen abogado.
jobrenes@brenesybrenes.com
San José, Costa Rica
