Apenas hace unas semanas, buena parte de la conversación pública adulta se ocupó de las «batallas de aura»: adolescentes posando en plazas públicas para acumular un puntaje imaginario de carisma. La reacción, previsible, fue el reclamo de siempre: «¿y esto de qué sirve?». Ahora, casi sin transición, esa misma generación adulta —y en particular sus estratos millennials, hoy entre los treinta y los cuarenta y tantos años— llena sus redes con otra cosa igual de inútil en términos productivos: fotografías generadas por inteligencia artificial que muestran «cómo te habrías visto en los ochenta». El resultado suele ser un chiste involuntario, pues la IA promete un galán de comercial de jeans y la realidad se parece más a los señores entrevistados en los sondeos callejeros de Televisa de aquella época, con lentes de pasta gruesa y bigote de otra era. El chiste funciona, y funciona bien. Pero también revela algo incómodo, quien hace unas semanas exigía «provecho» a la juventud hoy invierte tiempo, datos y ansiedad estética en fabricarse un pasado que nunca vivió del todo, o que vivió de manera muy distinta a como la IA lo reconstruye.
Conviene decirlo sin acritud, no hay nada de malo en el juego. El problema no es la tendencia en sí, sino la asimetría con la que se juzgan los ocios ajenos y los propios. El mismo adulto que le pide a un adolescente una utilidad que jamás se exige a sí mismo cuando se pierde una tarde generando autorretratos ochenteros está, sin saberlo, poniendo en evidencia que el reclamo nunca fue realmente sobre la productividad. Era, como suele ocurrir, sobre quién tiene autorizado el derecho al ocio y quién no.
Ese doble rasero generacional puede leerse, primero, a través de una idea del sociólogo polaco Zygmunt Bauman. En uno de sus últimos libros, Bauman describió el tránsito de la utopía moderna —ese horizonte de progreso siempre colocado por delante, en el futuro— hacia lo que llamó «retrotopía»: la relocalización de la esperanza y del ideal de una vida mejor ya no hacia adelante, sino hacia atrás, hacia un pasado idealizado que funciona como refugio frente a un presente percibido como líquido, inestable e incapaz de prometer nada sólido. Bajo esa óptica, pedirle a una IA que reconstruya el rostro propio en 1985 no es un simple juego estético, sino un síntoma de una generación que, al no encontrar en el futuro un relato convincente, desplaza su deseo de plenitud hacia una década que edita mentalmente hasta dejarla habitable.
A esa relocalización del deseo conviene añadirle matices, porque no toda nostalgia opera igual. La ensayista y teórica cultural ruso-estadounidense Svetlana Boym distinguió hace más de veinte años entre una nostalgia restaurativa, que aspira a reconstruir literalmente el pasado perdido y suele derivar en proyectos identitarios rígidos, y una nostalgia reflexiva, más irónica, consciente de que el objeto añorado es en parte una invención propia y que se demora, precisamente, en esa distancia entre el recuerdo y el hecho. Las imágenes generadas por IA de «cómo me habría visto en los ochenta» pertenecen, casi con pureza de manual, a esta segunda categoría, nadie cree de verdad que así lucía, y esa incredulidad compartida, ese saberse jugando con una ficción visual, es justamente lo que produce la risa colectiva y el gusto por compartirlas. Es una nostalgia que se sabe falsa y disfruta serlo.
Pero bajo la risa hay también una pregunta más seria sobre qué es exactamente lo que se añora. Aquí resulta útil la noción de «hauntología» que el crítico cultural británico Mark Fisher retomó de Jacques Derrida para aplicarla a la cultura popular contemporánea…, la sensación, propia de las décadas recientes, de estar habitados por los fantasmas de futuros que la cultura del siglo pasado prometió y que jamás llegaron a materializarse. Fisher hablaba sobre todo de música y de estética, pero su diagnóstico se aplica sin esfuerzo a estas imágenes, lo que en el fondo se está mirando en esos retratos ochenteros generados por algoritmos no es un pasado real, sino la cáscara visual de una promesa de futuro —el futuro que los propios ochenta anunciaban, con su optimismo tecnológico y su estética de revista— que para los millennials de hoy nunca se cumplió del todo. Farmear una foto ochentera es, en ese sentido, dialogar con un fantasma doblemente ajeno, ni es el pasado real, ni es el futuro prometido, sino la fotografía de una expectativa que quedó varada en el tiempo.
Ese fantasma tecnológico tiene además una lectura más inmediata, casi de fatiga cotidiana. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha insistido en que las sociedades hiperconectadas contemporáneas producen un cansancio específico, distinto al del trabajo físico, a saber, el agotamiento de un sujeto que se ve obligado a rendir, exhibirse y optimizarse constantemente en plataformas digitales. Desde ese diagnóstico, la fascinación millennial por lo analógico —el walkman, el teléfono con cable, las fotografías reveladas en papel— no es solamente estética retro, sino una fantasía compensatoria. La imaginación de una época en la que, se supone, no había que estar disponible las veinticuatro horas ni negociar constantemente la propia imagen ante una audiencia invisible. Que esa fantasía sea generada precisamente por una inteligencia artificial, la tecnología más vigilante y extractiva del presente, añade una ironía que el propio Han habría disfrutado señalar, se recurre a la herramienta más nueva y más hambrienta de datos personales para huir, aunque sea por un segundo, del cansancio que esa misma lógica tecnológica produce.
Queda, finalmente, una pregunta sobre por qué esta cultura parece incapaz de producir novedad y prefiere reciclar una y otra vez su propio pasado reciente. El crítico musical británico Simon Reynolds acuñó para esto el término «retromanía», con el que describió una cultura pop que, en lugar de inventar futuros como hacía en el siglo pasado, se ha vuelto adicta a revisitar, remasterizar y homenajear sus propias décadas anteriores, incapaz de imaginar sonidos o estéticas verdaderamente inéditas. Las imágenes generadas por IA sobre los ochenta son, en ese sentido, la versión más automatizada posible de la retromanía: ya ni siquiera hace falta buscar en el clóset de los padres una chamarra de mezclilla o rentar una película de la época para sentir el pulso de la nostalgia; basta con subir una selfie y dejar que un modelo entrenado con millones de fotografías de archivo haga el trabajo de reciclaje por uno.
Todo esto permite regresar, con otros ojos, a la pregunta original sobre la utilidad. Quienes hace apenas unas semanas exigían que la juventud farmeadora de aura hiciera «algo de provecho» en su tiempo libre farmean ahora, sin ironía aparente, un pasado inventado que tampoco produce nada tangible… Ni conocimiento histórico riguroso, ni destreza técnica, ni siquiera una fotografía fiel de cómo lucía realmente la gente de los ochenta, que —conviene recordarlo— vestía con mucha más frecuencia como los señores de los sondeos callejeros que como los modelos publicitarios que la IA prefiere imitar. La diferencia no está en la utilidad de la actividad, que en ambos casos es nula si se le exige un rendimiento productivo. La diferencia está en quién tiene el privilegio de que su ocio se lea como broma inofensiva y quién tiene que cargar, además, con el peso de justificar por qué se está divirtiendo.
Bauman, Boym, Fisher, Han y Reynolds coinciden, cada uno desde su disciplina, en un mismo punto de fuga: la nostalgia contemporánea rara vez es sobre el pasado en sí, sino sobre la dificultad de habitar un presente que no logra prometer nada mejor y un futuro que ha dejado de sonar creíble. Los millennials que hoy farmean su versión ochentera con ayuda de un algoritmo no son, en el fondo, tan distintos de los adolescentes que farmean aura en una plaza pública: ambos ensayan, cada quien con las herramientas de su tiempo, una forma de pertenencia y de juego frente a un mundo que exige constantemente rendimiento. La única diferencia real es que unos todavía se creen con la autoridad moral de preguntarle a los otros para qué sirve lo que hacen.
El autor estudió arqueología en la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México y es periodista en Chihuahua. Cubre temas socioculturales, política, violencia y derechos humanos. Es autor de HÜZÜN y sus investigaciones exploran la religiosidad popular, la muerte y los santos populares.
