La reciente declaración del presidente de Türkiye, de que su país podría sumarse a la Organización de Cooperación de Shangai (OCS), es inédita porque ya es parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y aspira a serlo la Unión Europea (UE). Más allá de sus posibles méritos, esta eventualidad alerta sobre la posible modificación estructural de organizaciones de membresía selectiva, que fueron concebidas para impulsar la cooperación y la contención estratégica entre socios del mismo signo. Ante acomodos políticos emergentes, la materialización de una propuesta de este calado trastocaría la arquitectura institucional del orden global y minaría el mandato de esos organismos para atender retos con lealtad a sus postulados semilla y de manera unificada.

En el caso de Türkiye, este “nuevo camino” deriva de su condición como país de pertenencias múltiples. Es decir, que por criterios vinculados a su localización en una región geográfica limítrofe, donde convergen sabidurías distintas, no se le puede encasillar en un espacio geopolítico e identitario bien delimitado. La reflexión tiene sus aristas, ya que la alineación política diferenciada de la OCS con respecto a la UE y la OTAN, no facilita la compatibilidad entre modelos de integración y genera disonancia en sus respectivos cálculos de seguridad común. Debido a ello, parecería inverosímil recurrir a la noción de pertenencia múltiple para justificar esas tres afiliaciones, señaladamente si la meta se circunscribe a un cálculo de rentabilidad económica. Esta última posibilidad no debe soslayarse, ya que la OCS es un nicho de oportunidad que agrupa a potencias importantes, entre otras a China, Rusia, India y Pakistán. También atrae porque se despliega sobre una vasta zona, con notable aptitud para el intercambio comercial y la cooperación, en sentido amplio. En todo caso, ante el galopante poderío chino y desarrollos como los de Ucrania, Gaza y el conflicto de Irán con Estados Unidos, el juego a tres bandas (OCS-UE-OTAN) conlleva el riesgo de que no se quede bien con ninguna y de que, la tensión resultante, se traduzca en acuerdos frágiles y de alcance impredecible. Apostar a una partida de este tipo puede entonces comprometer la previsibilidad diplomática del Estado que la emprenda y generar desconfianza entre sus aliados.

A propósito de la identidad múltiple de Türkiye como plataforma para promover esta triple pertenencia, cabe recordar que los nacionalistas turcos que se opusieron en 2006 a la visita a su país del Papa Benedicto XVI, argumentaron que Estambul no es Constantinopla. Tal consigna, siempre latente, deja ver que en esa nación euroasiática coexiste el Estado secular, laico y moderno que moldeó Kamal Ataturk en los años veinte del siglo pasado, con una realidad social que conflictua las relaciones entre el Islam y el Cristianismo; una realidad que ubica en lados opuestos a Oriente (Anatolia) y a Occidente (Tracia Oriental). Esta impronta civilizacional recoge la riqueza de la historia y del saber de Türkiye, pero dificulta su anhelo de ser puente entre regiones y culturas. De ahí que, de prosperar la membresía en la OCS, UE y OTAN, habría un antes y un después en sus diseños y comportamientos, debido a que se construyeron ex profeso para atender los desafíos de las ya caducas bipolaridad, posguerra fría inmediata y globalización. Más aún, de germinar dicha ruta, sería el parteaguas entre el debilitado ordenamiento liberal de hoy y el tablero alternativo y aún en ciernes, de la política mundial en un futuro no lejano. (Quis hoc credat).

El autor es doctor en Ciencias Políticas e internacionalista.