Mucho sorprenden la rápida sucesión de los eventos internacionales y los avances de la ciencia y la tecnología. En el primer caso, porque lo impensable comienza a tener visos de realidad, como sucede con nuevas guerras en distintas regiones y con el deterioro de la capacidad de la ONU para contenerlas y responder a los retos que afrontan la paz y la seguridad universales. En el segundo, los adelantos en la inteligencia artificial son una llamada de alerta sobre la necesidad de regularla, de tal suerte que esa herramienta esté al servicio del género humano, y no al revés. Sin embargo, la inercia y el conformismo se siguen imponiendo. Así lo confirma la trágica memoria de dos conflagraciones mundiales, que no bastó para que Washington y Moscú pusieran freno a sus ambiciones hegemónicas en la Guerra Fría. Esa pugna bipolar hoy se sigue manifestando en otra modalidad, tanto o más peligrosa que la del caduco equilibrio del terror, porque en ella concurren distintos actores con notable poderío. En este insólito entramado, Naciones Unidas hace lo posible para no ser víctima de sus propios intereses y sobreponerse a un entorno global de suyo tóxico. El reto se complica porque esa organización responde a un diseño de equilibrio de poder y no de democracia, razón por la cual ya nadie tiene claro quién tiene la capacidad y legitimidad necesarias para controlar abusos y despliegues unilaterales de fuerza. Peor aún, los fundamentos del sistema liberal en el que opera la ONU, como la democracia, el libre mercado y la vigencia del orden jurídico, son objeto de interpretaciones sesgadas que merman su valor. Como resultado, gobiernos de distinto signo se autoexcluyen de la rendición internacional de cuentas y dicen ser defensores soberanos de sus gobernados, siendo que, en muchos casos, son sus peores tiranos. Ocurre así en naciones donde la democracia deja de ser el sustantivo que alude a un sistema político donde el poder pertenece al pueblo, para convertirse en democracia adjetivizada, es decir, en la explicación y justificación de un tipo específico de gobierno que, por lo común, de democrático tiene muy poco o de plano nada.

Si se llevan estas reflexiones al plano de los avances científicos y tecnológicos, los temores de inestabilidad se disparan. En efecto, el uso de la inteligencia artificial (IA) y de las narrativas que la alimentan con fines clientelares, favorece la polarización de las sociedades. En esa línea y porque presenta lo que es falso como real y verdadero, la IA altera los consensos morales e institucionales que articulan la vida pública solidaria. Se trata de un fenómeno que no es inédito ya que – toda proporción guardada – sucedió en el denominado “socialismo real”, el cual postulaba a la lucha de clases como estrategia emancipadora y, por ende, despreciaba la solidaridad social y al bien común tomista. En suma, el descrédito de la ONU y del liberalismo que la acompaña, así como el uso sin mesura de la IA, son las rex nova (cosas nuevas) que hoy nos afligen. Ante ello y más allá del mero diagnóstico, subsiste entonces la duda sobre cómo proceder. En tan viciado entorno, conviene explorar el sendero que señala el Papa León XIV en su encíclica Magnífica Humanitas, el de la custodia de lo humano en el proceso de transformación de la realidad internacional y del manejo de los poderes digitales. Y yo añado que esa transformación no podrá prosperar si el poder público se manipula con fines sectarios, no es transparente y atenta contra la libertad y la dignidad de las personas. Sin complacencias, es tiempo para actuar. Fugit irreparabile tempus (Virgilio).

El autor es Doctor en Ciencias Políticas e internacionalista.