“Los niños no son vasijas vacías que deben llenarse de conocimientos; son constructores activos de conocimiento”, decía Jean Piaget, y esta premisa me resonó al tropezar con una joya inestimable que encontré en el ciberespacio. Me pareció un tesoro invaluable que debería ser preservado con honores en el Museo de Arte Moderno, pues explica, sin proponérselo en lo más mínimo, todo un drama estructural y sociológico. Eso ocurrió durante la célebre intervención de una educadora que, al defender la filosofía pedagógica detrás de los nuevos libros de texto gratuitos en México, recurrió a una representación dramática que difícilmente alguien se hubiera imaginado presenciar en un escenario solemne y presidencial: “yo sí voy a ser exitoso y tú no”, acompañada del célebre y refinado cántico infantil: “lero, lero, candelero”.

La propuesta conceptual de fondo, si nos ponemos benévolos, buscaba cuestionar el individualismo feroz y defender una educación orientada a la solidaridad, la empatía y el trabajo en equipo. Sin embargo, las redes sociales, que poseen la delicadeza, la finura y el tacto de un hipopótamo hambriento practicando ballet clásico sobre una pista de hielo, hicieron de las suyas. La escena se volvió viral en cuestión de minutos, los memes se multiplicaron y el debate educativo nacional terminó convertido, trágicamente, en una función de circo.

¿Cuál es el verdadero núcleo del problema? Considerar que el dilema pedagógico actual consiste únicamente en evitar que los estudiantes aprendan a decir “yo sí voy a ser exitoso” o en impedir que unos niños les restrieguen  en la cara a otros un despectivo “tú no”. Lo que realmente se requiere en nuestras aulas es exactamente lo contrario: que el sistema educativo sea capaz de decirle a cada niño y a cada niña, independientemente de su origen humilde, su apellido ilustre, su código postal, su etnia o la modesta cuenta bancaria de sus padres: “usted también puede”. Porque entre el “yo sí” excluyente y el “tú no” discriminatorio existe una categoría conceptual que debería ser sagrada e intocable en la política pública: la oportunidad.

México cuenta con una enorme y respetable tradición educativa, una Secretaría de Educación Pública con responsabilidad histórica nacional y una ambiciosa reforma que pretende construir la llamada Nueva Escuela Mexicana. Este modelo propone una educación profundamente vinculada con la comunidad, la inclusión, la interculturalidad, el pensamiento crítico y la formación integral. La idea, en el papel y en la teoría pura, es difícil de combatir. ¿Quién en su sano juicio podría estar en contra de que un niño aprenda a convivir pacíficamente, a respetar la diversidad, a conocer los problemas de su comunidad y a convertirse en un ciudadano consciente?

El problema real aparece cuando el discurso ideológico comienza a caminar a paso de marcha militar, mientras que los resultados concretos se arrastran como una tortuga cansada. Porque una cosa es enseñar solidaridad y otra muy distinta es olvidar que un estudiante moderno también necesita aprender a leer con fluidez, escribir con pulcritud, comprender lo que lee, resolver una ecuación fundamental y utilizar las herramientas tecnológicas del siglo XXI. La educación pública no puede ni debe convertirse en una falsa dicotomía entre conocimiento académico e identidad cultural, entre excelencia técnica y solidaridad social, o entre competencia individual y comunidad. Una educación verdaderamente moderna debe garantizar ambos pilares sin sacrificar ninguno.

Y aquí es exactamente donde Costa Rica puede entrar en la conversación regional, aunque de ninguna manera como el alumno perfecto e inmaculado que llega en bicicleta a repartir diplomas y lecciones de moral al resto del continente. Costa Rica posee una tradición constitucional particularmente sólida e histórica en materia de inversión social. El artículo 78 de su Constitución establece la obligatoriedad de la educación preescolar, general básica y diversificada, y dispone categóricamente que, en la educación estatal, el gasto público anual no sea inferior al 8 % del Producto Interno Bruto, conforme a las condiciones constitucionales y legales vigentes. Es decir, la sociedad costarricense decidió hace ya varias décadas que la educación pública no sería tratada simplemente como una promesa barata de campaña electoral o como un adorno de ocasión: la elevó a la categoría de prioridad constitucional e inviolable.

Sin embargo, tampoco conviene caer en la absurda tentación de presentar a Costa Rica como si fuera una especie de Finlandia tropicalizada con gallo pinto, salchichón y huevos. Definitivamente no lo es. Los resultados de los diagnósticos educativos costarricenses también muestran grietas profundas y problemas muy serios. En las evaluaciones internacionales PISA de 2022, Costa Rica obtuvo apenas 385 puntos en la prueba de Matemáticas, quedando a una distancia astronómica de los 472 puntos que promedian los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Por su lado, México obtuvo 395 puntos en Matemáticas y 415 en Competencia Lectora, situándose igualmente por debajo de los estándares promedio de la OCDE.

Así las cosas, queda claro que ninguno de los dos países tiene el menor derecho de caminar por el pasillo del aula escolar como novia rumbo al altar con marcha nupcial incluida. La diferencia sustancial radica en la sostenibilidad del compromiso estatal. Mientras unos discuten la conveniencia de sustituir las matemáticas abstractas por asambleas comunitarias y slogans pegajosos, otros deben recordar que los presupuestos asignados por ley no se traducen automáticamente en calidad educativa si la gestión institucional, la formación docente y la infraestructura física colapsan bajo el peso de la burocracia.

Convertir la pedagogía en un espectáculo mediático o reducir la equidad social a un estribillo de patio de recreo como “lero, lero, maromero” es condenar a las nuevas generaciones a la irrelevancia en un mundo globalizado. Los niños no necesitan ideologías  ni frases hechas para evadir el esfuerzo intelectual; necesitan aulas equipadas, profesores inspirados y herramientas concretas que les permitan transformar su realidad. Si el debate educativo en América Latina continúa oscilando entre el meme viral y el dogma ideológico, terminaremos descubriendo que los únicos que realmente dirán “yo sí voy a ser exitoso y tú no” serán aquellos países que entendieron a tiempo que la ciencia, el rigor académico y la justicia social no son enemigos irreconciliables, sino aliados indispensables para el desarrollo humano.

La diferencia sustancial está en otra parte…

San José, Costa Rica

jobrenes@brenesybrenes.com