Pensar por sí misma definió a esta filósofa, que desdeñó todas las ideologías.
Ideologías, como religiones, son rígidos corsés que nos indican qué debemos creer, pensar, decir… y hasta sentir. Apartarse del manual o el catecismo, del libro sagrado, es traicionar a nuestro grupo, pontifican sus promotores. Por eso, resulta tan fresca y atractiva una filósofa política como la alemana Hannah Arendt (1906-1975) que, al cuestionarlo todo – lo políticamente correcto para empezar –, promovió el pensamiento crítico y nos obligó a descifrar nuestro entorno desde ángulos distintos.
Como alumna en la Universidad de Marburgo, no le preocupó tener un romance con Martin Heidegger, su profesor, un hombre casado que le llevaba casi veinte años de edad; como pacifista, llegó a justificar algunas guerras; como demócrata, lamentó que la democracia se redujera a que las mayorías votaran para legitimar a la minoría que se encargaría de todo lo público; como sionista – creía en la necesidad de un estado israelí –, arremetió contra los judíos que excluían a los palestinos y, como defensora de las mujeres, denostó el feminismo.
Esto le provocó ataques furibundos y exigencias para que se definiera: ¿De qué lado estaba? Pero lo que a ella la definía no era la urgencia de quedar bien con los suyos sino la libertad de pensamiento. Desdeñó el acartonamiento en el que se ahogaban sus colegas académicos, que no se atrevían a salirse ni un ápice del guión ideológico. Peor: que no se atrevían a pensar por sí mismos. Arendt siempre tuvo claro para quién era su lealtad: para su propia conciencia.
El principal blanco de sus críticas fueron, por ende, aquellos regímenes políticos donde se impedía a los ciudadanos pensar, creer, sentir, opinar y participar en la construcción de su comunidad. En Los orígenes del totalitarismo (1951), concluyó que nazismo y estalinismo no eran simples dictaduras: eran movimientos que pretendían anular a los individuos para hacerse del control absoluto.
Examinó la relojería que había producido horrores como los campos de concentración – “instrumentos por excelencia del mal” – y concluyó que ésta estaba cimentada en la indiferencia de los ciudadanos frente a las tareas políticas: “El totalitarismo apela a las peligrosas necesidades emocionales de personas que viven en completo aislamiento y se temen mutuamente”, escribió.
Cuando los nazis irrumpieran en escena, ella se refugió en París, donde ayudó a la emigración de niños judíos a Palestina. Fue detenida y confinada en un campo de internamiento, del que logró escapar. Viajó a Nueva York, donde padeció en carne propia lo que significaba ser refugiada, pues ella y Henrich Blücher, su segundo marido, llegaron ahí a sobrevivir. Para empezar, tuvieron que aprender inglés, como lo refiere en su ensayo “Nosotros, los refugiados”. Acabó por impartir clases en diversas instituciones y asumir la cátedra de Filosofía Política en la New School for Social Research. Escribió para distintas revistas, en particular, para Partisan Review, rogando a algunos amigos que revisaran y “anglicanizaran” sus textos.
En La condición humana (1963), abogó por una “vida activa”, en la cual la individualidad no va reñida con una vida entregada a la construcción de una sociedad donde se respete la dignidad, pero sí con una “vida contemplativa”, donde la pasividad y le falta de espíritu crítico hacen vulnerables a las personas. “Tenemos que involucrarnos en las luchas públicas”, repetía hasta el cansancio. La vida es un relato que debemos construir a través de nuestra acción.
En Crisis de la República (1969), incluyó un ensayo distinguiendo la objeción de conciencia de la desobediencia civil y otro donde señalaba que “Los papeles del Pentágono” fueron un intento del gobierno de EUA para tergiversar los hechos ocurridos en la guerra de Vietnam, para hacer aparecer al país como héroe liberador: “La mentira ha sido una herramienta institucional”, declaró: “En el momento en que no tengamos una prensa libre, podría ocurrir cualquier cosa”.
Aunque no es el más importante de sus libros, Eichman en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal (1963), fue el más escandaloso. La película Hannah Arendt (2012) refiere cómo ella misma pidió al New Yorker que la enviara como corresponsal al juicio que se seguía al asesino nazi, luego de que éste fue secuestrado en Argentina y llevado a Israel. La película combina la actuación con escenas de la vida real y cuenta cómo la filósofa, luego de revisar cada testimonio, concluyó que Eichmann no era un sádico carnicero sino un burócrata mediocre que nunca cuestionó las órdenes recibidas: él se limitó a cumplir órdenes, siempre apegado a la ley. Su delito fue no pensar.
Esto produjo indignación en Israel y en la comunidad judía: ¿acaso estaba defendiéndolo? “No”, respondió ella, “sólo lo explico”. Cualquier persona, por anodina que fuera, podía convertirse en genocida, dadas ciertas circunstancias, concluyó. Como también sugirió que algunos líderes de la comunidad judía habían sido cómplices de los nazis, perdió amigos a granel.
En ocasiones densa, pero siempre lúcida, Hannah Arendt se convirtió en símbolo de la mujer intelectual en Estados Unidos. Se casó dos veces, no tuvo hijos, fue una fumadora empedernida y murió de un infarto fulminante, mientras conversaba con sus amigos en su departamento de Nueva York. Leerla a más de cincuenta años de su muerte sigue resultando oxigenante. Más aún, en un mundo donde la amenaza del totalitarismo vuelve a amenazar.
