Es tentador culpar al celular.
Cabe bien en un titular, ofrece un culpable visible y hasta parece sugerir una solución sencilla: prohibirlo. Los jóvenes pasan horas frente a una pantalla, consumen contenidos cada vez más breves y muestran dificultades para sostener la atención. Si además los resultados de PISA registran retrocesos en lectura y matemáticas, la conclusión parece automática; las pantallas están dañando el aprendizaje.
Pero el problema es más complejo. De acuerdo con los resultados de PISA 2025 publicados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias. El deterioro rebasa nuestras fronteras. Entre 2015 y 2025, el promedio de los países de la organización cayó alrededor de 28 puntos en lectura y 22 en matemáticas. No estamos, por tanto, ante un fenómeno atribuible exclusivamente a un gobierno, una reforma educativa, una generación de estudiantes o un teléfono.
El secretario de Educación Pública, Mario Delgado, ha señalado el uso creciente de celulares y dispositivos digitales como uno de los factores detrás de este deterioro. La relación merece ser examinada; pero convertir al teléfono en el principal responsable resulta una explicación demasiado cómoda para un problema en el que intervienen rezagos estructurales, deficiencias institucionales, pérdida de hábitos de estudio y una creciente fragilidad en los procesos de aprendizaje.
El celular es quizá el síntoma más visible de una transformación cultural: estamos perdiendo la capacidad de prestar atención. Durante años hemos discutido si los dispositivos digitales deben entrar o no al salón de clases. La discusión importa, pero quizá comienza en el lugar equivocado, porque el problema no es solamente tener una pantalla enfrente, sino aquello que poco a poco hemos permitido que sustituya. Ha desplazado tiempos de lectura, momentos de silencio, conversaciones sin interrupciones, espacios de aburrimiento y parte del esfuerzo que antes exigía buscar, comprender y procesar información. Hace algunas décadas, resolver una duda podía implicar consultar un libro, abrir una enciclopedia, preguntar a un maestro o dedicar varios minutos a razonar. Hoy basta escribir unas palabras para obtener una respuesta en segundos. Esto es un avance extraordinario y sería absurdo negarlo. El problema aparece cuando dejamos de utilizar la tecnología para ampliar nuestras capacidades y comenzamos a utilizarla para reemplazarlas; estamos perdiendo algo que podríamos llamar paciencia intelectual; la disposición a permanecer frente a una pregunta cuando la respuesta no aparece inmediatamente.
Aprender exige precisamente aquello que buena parte del ecosistema digital nos invita a evitar; detenerse, leer, volver a leer, equivocarse, intentar de nuevo y permanecer frente a un problema aunque todavía no sepamos resolverlo. La educación necesita paciencia; la economía de la atención compite contra ella. Cada video debe ser más breve, cada mensaje más resumido y cada plataforma procura evitar que el usuario se aburra durante unos segundos. Las notificaciones interrumpen, los algoritmos ofrecen un estímulo tras otro y abandonar cualquier contenido está siempre a un movimiento del dedo. Después nos sorprende que leer veinte páginas parezca insoportable; lo extraño sería que no ocurriera.
Pero sería injusto convertir esta discusión en un juicio contra los jóvenes. Existe cierta hipocresía generacional cuando los adultos contemplamos a un adolescente pegado al teléfono y concluimos que algo salió mal, mientras revisamos mensajes durante la comida, respondemos correos en medio de una conversación o buscamos el teléfono ante unos segundos de silencio. Los jóvenes no inventaron esta cultura; la heredaron. Fuimos los adultos quienes llenamos sus habitaciones de dispositivos, convertimos las pantallas en entretenimiento permanente y entregamos teléfonos a edades cada vez más tempranas; después les reprochamos utilizarlos demasiado. Si queremos recuperar la atención de las nuevas generaciones, la conversación deberá comenzar también por nuestros hábitos. Sin embargo, hay algo todavía más importante. Leer bien no sirve solamente para obtener mejores resultados en PISA. Una persona capaz de leer con atención puede distinguir información de propaganda, argumento de ocurrencia y evidencia de opinión; identificar contradicciones, comparar versiones, reconocer matices y detectar intentos de manipulación. Por eso el deterioro de la comprensión lectora no es únicamente un problema educativo; es también social y cívico; porque una sociedad acostumbrada a consumir ideas en fragmentos corre el riesgo de comenzar a pensar de la misma manera; sin contexto, sin paciencia y sin matices.
En ese ambiente prosperan las explicaciones fáciles, las noticias falsas, la indignación instantánea y las opiniones convertidas en certezas antes de haber sido examinadas. Defender la lectura profunda no es librar una batalla nostálgica en favor de los libros; es defender una de las condiciones del pensamiento crítico; porque una democracia necesita también ciudadanos capaces de sostener la atención el tiempo suficiente para comprender un argumento, escuchar al que piensa distinto y aceptar que algunos problemas no tienen respuestas de treinta segundos. La escuela, desde luego, debe asumir su parte; sería demasiado cómodo para cualquier autoridad educativa explicar los malos resultados señalando únicamente factores externos; las pantallas influyen, pero también importan la calidad de la enseñanza, la preparación de los maestros, los contenidos, los métodos, la disciplina académica, la desigualdad y las expectativas sobre los estudiantes. PISA tiene limitaciones; y ninguna evaluación internacional puede retratar por completo la complejidad de un sistema educativo; pero reconocer esas limitaciones no vuelve irrelevantes sus resultados. Cuando un termómetro marca fiebre podemos discutir su precisión; eso no hace desaparecer la temperatura. La pregunta importante no es si PISA describe perfectamente a México, sino qué hacemos ante estudiantes que muestran dificultades para comprender textos, resolver problemas y mantener la concentración; tal vez para responder tengamos que recuperar algunas prácticas que durante años consideramos anticuadas.
Existe una tendencia peligrosa a confundir innovación con mejora. No todo lo nuevo es necesariamente mejor, como tampoco todo lo antiguo merece conservarse; pero ciertas prácticas educativas fueron abandonadas no siempre porque hubieran demostrado ser inútiles, sino porque dejaron de parecer modernas. La memorización fue desprestigiada; la escritura a mano perdió espacio; la lectura prolongada comenzó a competir con contenidos audiovisuales; y la exigencia llegó a confundirse, en ocasiones, con autoritarismo. Conviene recuperar el equilibrio; memorizar no equivale a aprender, pero difícilmente puede pensarse con profundidad sobre aquello que no se conoce; escribir ayuda a ordenar las ideas; leer durante periodos prolongados ejercita la concentración; resolver un problema sin recibir una respuesta inmediata fortalece la autonomía; y comprender que no todo aprendizaje tiene que ser entretenido prepara para una realidad elemental; muchas cosas valiosas exigen esfuerzo antes de producir satisfacción.
La educación del futuro necesitará tecnología; también necesitará recuperar algunas disciplinas del pasado; no hay contradicción en ello. Limitar el uso del celular dentro de las escuelas puede ayudar; un maestro no debería competir por la atención de sus alumnos contra mensajes, videojuegos, redes sociales y plataformas diseñadas para retener usuarios; esto es una pelea desigual. Pero guardar los teléfonos durante algunas horas no reconstruirá por sí solo la capacidad de concentración; el estudiante volverá a casa; también el maestro, también los padres; y las pantallas continuarán ahí.
La respuesta tendrá que ser más amplia; enseñar a utilizar la tecnología y también a prescindir temporalmente de ella; recuperar espacios sin pantallas; volver a leer libros completos; conversar sin mirar constantemente una notificación; enseñar a escuchar y devolver valor al silencio, al esfuerzo y a la concentración. Nada de esto significa declarar la guerra a la tecnología; nunca antes habíamos tenido acceso a tanto conocimiento; en segundos podemos consultar bibliotecas, escuchar a especialistas, aprender un idioma, recorrer un museo, estudiar matemáticas o conocer investigaciones realizadas al otro lado del mundo; renunciar a esas posibilidades sería absurdo. La paradoja es otra; vivimos en la época con mayor acceso a información de la historia y, al mismo tiempo, parece costarnos cada vez más sostener la atención necesaria para comprenderla. Quizá dentro de algunos años descubramos que el mayor costo de esta revolución tecnológica no fue haber pasado demasiado tiempo mirando pantallas, sino habernos acostumbrado a no permanecer demasiado tiempo mirando nada; ni una página, ni un problema, ni una conversación, ni una idea. Esa debería ser la preocupación de fondo detrás de los resultados de PISA. No discutimos solamente cuántos puntos perdió un país en matemáticas o lectura; discutimos qué relación queremos construir con el conocimiento y qué capacidades estamos dispuestos a entregar a cambio de comodidad e inmediatez.
Sería sencillo responsabilizar al celular; lo más difícil es reconocer que el teléfono no llegó solo a ocupar ese espacio; nosotros se lo entregamos. Familias, escuelas, autoridades y sociedad fuimos normalizando un mundo en el que casi todo debe ser rápido, accesible, entretenido y sencillo; y es ahí donde aparece nuestra mayor contradicción: exigimos a los jóvenes concentración, disciplina y pensamiento crítico mientras construimos a su alrededor un entorno diseñado para interrumpirlos. La tecnología seguirá avanzando; debe hacerlo. El desafío consiste en decidir qué clase de personas queremos formar junto a ella: individuos capaces únicamente de encontrar respuestas cada vez con mayor rapidez, o personas capaces de comprenderlas, cuestionarlas y, cuando sea necesario, rechazarlas. Porque una sociedad que pierde la paciencia para leer corre también el riesgo de perder la paciencia para pensar; y cuando renunciamos al pensamiento profundo, el problema deja de pertenecer exclusivamente a la escuela y ya no puede medirse únicamente en los resultados de una evaluación internacional; comienza a deteriorar la calidad de nuestras conversaciones, la solidez de nuestras decisiones y, finalmente, nuestra vida pública.
Una ciudadanía acostumbrada a respuestas inmediatas, pero incapaz de examinar sus fundamentos, se vuelve más vulnerable a la simplificación, a la propaganda y a la manipulación. En ese punto, la crisis ya no es educativa: es una crisis de criterio. Y pocas cosas resultan más peligrosas para una sociedad que perder, al mismo tiempo, la voluntad de pensar y la capacidad de distinguir entre lo verdadero, lo conveniente y lo simplemente repetido.
El celular puede apagarse. La capacidad de pensar, una vez abandonada, será mucho más difícil de recuperar.
