En la ruta hacia la jornada electoral de 2027 parece imperar un escenario de atrincheramiento del gobierno federal, su movimiento y sus aliados, que en buena medida también puede apreciarse en las ubicaciones de las oposiciones. No es algo extraño. La polarización excluyente y la confrontación que descalifican, por un lado sin autocrítica y por otro sin propuesta, dominan el panorama de nuestra política. Solo que las trincheras son el espacio seguro para la defensa, no para avanzar; son inmovilismo.
Ante los comicios, en el atrincheramiento político los actores transforman sus posiciones en espacios de protección y salvaguarda. Tiene saldos: (i) la descalificación impera sobre el debate público; (ii) el rechazo a lo distinto emana de negar al otro, que se ve como amenaza, y no de la discusión de las razones; (iii) la autocrítica disminuye y también la exploración de las otras opciones posibles; y (iv) la energía del país no se encausa a la identificación de objetivos nacionales compartidos, sino a la afirmación de los propios; unos no nacionales y otros que pueden serlo, pero sin disposición a consensuar los medios para alcanzarlos.
La trinchera como posición lleva implícita la lógica de la confrontación que busca, en la instancia que lo facilite y haga posible, la incapacitación o anulación del contrario-enemigo. Otra es la lógica de la convivencia democrática.
Es bastante claro que las circunstancias son harto complicadas para la pluralidad excluida. Afirma la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, en el acto final del recorrido de propaganda electoral con cargo a la entrega al Congreso del segundo informe de la gestión a su cargo, que los 27 decretos de modificaciones a la Ley Suprema publicados a partir del 15 de septiembre de 2024 (y uno en inminente publicación) han generado una nueva Constitución.
No nos quedemos solo en si son producto de mayorías calificadas ilegítimas en las cámaras federales, para escudriñar el resultado: (a) subversión del principio de la sujeción del poder a la ley al concentrar en la voluntad del poder ejecutivo las facultades del poder legislativo en todo y del poder judicial en lo que interese al gobierno; (b) captura de las instituciones y procedimientos de acceso al poder; (c) ideas populistas que comprometen la viabilidad del desarrollo nacional al asegurar recursos con independencia del desempeño de la economía y las finanzas públicas; (d) preeminencia del poder sobre los derechos fundamentales de las personas por dogmatismo ideológico emanado de normalizar que la parte en los cargos equivale al todo de la Nación; y (e) consolidación de un aparato de propaganda dedicado a permear una narrativa favorable a la preservación de la ruta del régimen, disfrazándose de “soberanía popular” la real imposición del poder.
Ante la situación presente, la cuestión no es si hay una nueva Constitución, sino si la Norma Suprema en realidad ya no alberga un Estado constitucional de Derecho, pues el poder carece de límites orgánicos funcionales y ha dispuesto de derechos fundamentales diseñados y establecidos para acotarlo.
Y ahí la metáfora de las posiciones atrincheradas del oficialismo y las oposiciones tiende irremediablemente a señalar que preservan el statu quo. Una consecuencia previsible del atrincheramiento es que el tiempo en el cual la acción política se hace más intensa para las personas de dentro -quienes militan o toman lado-, tiende a perder atractivo para quienes están fuera. Es una derivación de la polarización; quien está en las antípodas es vista como amenaza; la motivación fuerte se anida no en hacer y construir, sino en impedir y destruir. Tienden a participar quienes ya lo hacen; el efecto no es atraer a las urnas a quienes carecen de identidad con cualquiera de los extremos en pugna.
En la acepción más simple de algo complejo: quienes tienen el poder dejan de preguntarse en qué pueden estar equivocados o en qué pueden mejorar, para justificar su actuación por asumirse moralmente superiores en virtud de sus intenciones; y quienes se oponen dejan de preguntarse cómo deben ejercerse las funciones o qué harían diferente y postularlo así, para descalificar sin formular propuestas que persuadan de que su proyecto es mejor para el conjunto de la sociedad y las personas que la conforman, asumidas en lo individual o en sus identidades grupales.
La polarización y las trincheras para la competencia política acreditan que, a pesar de todo, somos una sociedad plural en dificultades para mantener el sistema democrático; hoy no se ha truncado la convicción de que toda fuerza política representa una determinada concepción del interés general que ha de avanzar o retroceder en la deliberación pública, el debate informado y los votos de la ciudadanía en los comicios. Si el bloque oficial se refugia en la autosuficiencia moral del poder, mal nos haría que quienes difieren se adscribieran a la autosuficiencia moral de la oposición. Los opuestos en la descalificación que generan inmovilismo.
Si el bloque oficial desdeña la pluralidad, el diálogo y la pertinencia del acuerdo en los asuntos que constituyen los bienes colectivos a que aspira la sociedad -seguridad pública, calidad en la educación y la salud o las relaciones con el mundo más allá de la coyuntura del gobierno en turno, por ejemplo- bien pueden las oposiciones ir al terreno de las propuestas articuladas para acreditar ante la ciudadanía que pueden contribuir mejor a resolver los problemas que interesan y preocupan a la sociedad.
En las elecciones es indispensable destacar las diferencias, pero si lo que se busca distinguir es la descalificación cruzada y preservar la posición en la trinchera, los actores guardarán la posición sin ver por el bien público nacional. Las trincheras podrían podrían parecer cómodas si salir de ellas se aprecia contrario a la rentabilidad presente. Mantenerlas no restaurará el Estado constitucional de Derecho.
Así como el llamado vacío del gobierno a la unidad nacional ante las tensiones y amenazas de Washington no convoca a las oposiciones, tampoco el simple, aunque sincero, llamado al diálogo, el acuerdo y la unidad de las oposiciones podría tener resultados. No es viable el llamado a la conformación artificial de esa unidad. En la diversidad de las oposiciones y ante la situación imperante vale que esas fuerzas sean capaces de establecer su cooperación alrededor de propuestas que no mermen la pluralidad pero atraigan la energía nacional a ese activo político de su colaboración estratégica.
