Damon Runyan (NY, 3 de octubre de 1880-10 de diciembre de 1946), autor del género negro, opinaba que el amor es una farsa y describió con desenfado el ambiente de gansters y hampones del Nueva York de la prohibición. Sus historias son divertidas y sentimentales. Con tres de sus relatos cortos se compuso el musical Guys and dolls, uno de los grandes éxitos de Bordway. Transcribo las primeras líneas de “Butch cuida del niño” (Antología de la novela universal, Selecciones del Readers Digest).
El caso es que una tarde, a eso de las siete, estoy sentado en el figón de Mindy entendiéndomelas con unas albóndigas de pescado, que es un plato que me va muy bien, cuando asoman tres fulanos de Brooklyn con sombrero, por el siguiente orden: Harry el Caballo, Isadoro el Peque y John el Español.
Ahora bien, estos tipos no son de esos con los que a mí me guste tratar, ya que he oído muchos rumores de que no son gente de fiar en absoluto, aunque ya se sabe que no siempre es verdad todo lo que se raja. Pero bueno, he oído que a muchos ciudadanos de Brooklyn les vendría al pelo el perder de vista a Harry el Caballo, Isadoro el Peque y John el Español, ya se traen siempre entre manos algo que puede considerarse como agresión a la comunidad, como, por ejemplo, robar a la gente o incluso pegarle dos tiros o apuñalarla, o tirar bombas, o armar jaleo del modo que sea.
[…] el caso es que entran en el establecimiento de Mindy, y yo estoy allí, de manera que no tengo más remedio que saludarles con entusiasmo, ya que nunca me gusta parecer desatento, ni siquiera a los tipos de Brooklyn. Estos se acercan inmediatamente a mi mesa y se sientan, e Isadoro el Peque se pesca un buen cacho de mis albóndigas de pescado, con los dedos, pero yo no le doy importancia, ya que estoy usando el único cuchillo que hay en la mesa.
Así que todos se sientan, y me miran sin decir ni pío, y su forma de mirar me pone nervioso, muy nervioso. Me imagino que quizá estén un poco violentos para un sitio de postín como Casa Mindy, mezclándose con la gente de fundamento, de modo que les digo, muy educado:
–Hermosa noche, ¿eh?
–¿Qué tiene de hermosa? –pregunta Harry el Caballo, que es un hombre delgado, de jeta afilada y ojos cortantes.
Bien, puesto que se me ponen así las cosas, debo reconocer que la noche no tiene nada de particular, y me pongo a pensar en algo chistoso que decir, mientras Isadoro el Peque sigue pescando con los dedos mis albóndigas de pescado y John el Español echa mano a una de mis patatas.
–¿Dónde vive Big Butch? –me pregunta Harry el Caballo.
–¿Big Butch? –digo yo, como si no hubiera oido tal nombre en mi vida, ya que en esta bendita ciudad no es nunca acertado responder a las preguntas sin reflexionar primero; si no podría uno dar la respuesta precisa a quien no debe, o la contestación falsa a quien conviene dársela correcta–. ¿Dónde vive Big Butch? –les pregunto a mi vez.
–Sí, ¿dónde vive? –dice Harry el Caballo impacientándose–. Queremos que nos lleves a verle
[…] pienso que lo mejor será que lleve a estos fulanos a ver a Big Butch, conque los llevo a la calle Cuarenta y Nueve Oeste, esquina a la Décima Avenida, donde vive Big Butch, en una casa vieja con fachada de piedra oscura y en cuya escalerilla de entrada está sentado el propio Big Butch en persona […] en camiseta y calzoncillos y totalmente descalzo, porque a Big Butch le gusta ponerse cómodo.
Además está fumando un puro, y tendido en la escalerilla junto a él, encima de una manta, hay un crío, sin demasiada ropa tampoco.
