Gilma Luque (11 de diciembre de 1977) ganó el Premio Internacional de Novela Breve Rosario Castellanos 2023 con El hombre en el jardín (Hachette editorial México, 2025), un texto de tono íntimo, donde espacios y sentimientos se entretejen y confunden en una desolada historia de amor y pérdidas. Transcribo las primeras líneas.

Había una vez una mujer que miró desde la ventana de su casa a un hombre que vivía en el jardín. El hombre era su esposo, pero también un extraño. Era incapaz de reconocerlo, por esa razón lo contemplaba día y noche, bajo la lluvia o entre la tolvanera que levantan los pájaros al remontar el vuelo, en sueños.

Envejecer es llenarse de muertos.

Me gusta pensar que las veladoras, más que alumbrar el camino que traerá a los muertos a casa, simplemente alumbran a los muertos que no han partido y que nos observan al despertar e ir al baño a orinar, bañarnos, lavar fruta, cortarla, elegir la ropa que usaremos durante el día y mirar el jardín mientras pensamos que ahí se acaba el mundo.

En mi ofrenda pongo flores de cempasúchil naranjas y moradas en un florero, también deshojo algunas para usarlas a manera de alfombra. Mientras lo hago, de una de las flores moradas comienzan a salir tijerillas. Tiro las flores al piso y las aplasto con odio; los animales huyen veloces de mis pies, mientras que las flores impasibles se dejan estrujar. Lo bello no es sólo bello, pienso. Quiero tirarlas, le grito a Emilio para que revise el resto, pero él no está en casa. Dejo la ofrenda sin terminar y contemplo el ramo dentro del florero y los restos de pétalos y hojas en el piso. Los cadáveres de algunas tijerillas brillan. El sonido de los buldóceres fuera de la casa es ensordecedor.

Una verdadera ofrenda sería distinguir a los muertos de los vivos. La gente se va para siempre de muchas formas. Reconstruir a un muerto y a un vivo que ya no está contigo es igual de doloroso, porque hay que reinventarlos. Imaginarlos para que aparezcan.

La ofrenda tiene la foto de mis abuelos, la de mis perros y la de una tortuga que tuve en la infancia y un día desapareció. También la de mi madre. Veladoras pequeñas, cigarros que he fumado uno a uno, chocolates, café, tres copas con brandy, croquetas y alfalfa. Dicen que comer lo que se les ha ofrendado a los muertos es de mal agüero. Aun así, bebo el brandy y relleno las copas.

Una verdadera ofrenda sería recordar sus pies con claridad. Por más que me esfuerzo me es imposible, aunque revivo las sensaciones: los pies fríos de mi abuela bajo las cobijas en las noches cuando nos metíamos a la cama, pero no logro reconstruir los pies ni la forma de los dedos, las uñas. Recuerdo el sudor que se hacía entre sus manos y las mías, entre mi espalda y su pecho. Recuerdo la mano áspera del abuelo cuando me llevaba al parque y a los perros acariciados por esa mano llena de callos. Recuerdo el olor del cabello de mi madre. Recuerdo, sin venir a cuentas, el cuerpo de Emilio, su pecho sobre el mío, el sudor.

Eso debe de ser acabar de morir: cuando los vivos son incapaces de reconstruirte.

Miro los retratos y me recrimino no haber fotografiado pedazo por pedazo el cuerpo de cada uno de mis muertos. Pienso en las patas de mis perros y, por alguna razón, sí están claras en mi memoria, lo mismo que Chelys, mi tortuga, su cuerpo sobre la palma de mi mano, su olor a pez.