La belga Ilka Legrand (Ilka Anne Irma Charlotte Rezette, 12 de diciembre de 1902-27 de noviembre de 1988) escribió en francés y alternó literatura para niños con novela y cuento policiaco. Transcribo las primeras líneas de su relato “Tía Lottie”, incluido en la antología de la editorial Aguilar en 1980.

Mistress Charlotte Hudson era lo que se ha convenido en llamar una buena persona. A pesar de haber sido muy maltratada por la vida, continuaba siendo amable y benévola.

La suerte la había favorecido desde su infancia dorada hasta su matrimonio feliz con un industrial que triunfó y prosperó rápidamente. Charlotte encontró muy natural amar a su marido. El la había hecho dichosa, tanto más cuanto que tuvo la oportunidad de morirse en el momento en que se convirtió en hombre gotoso, molesto y demasiado sedentario.

Después de llorarle como es lo natural en una esposa amante, gozó cándidamente de la vida y sobre todo comió demasiado bien en el Continente, cuya cocina apreciaba.

Total que hacía dos años había sufrido un ataque que la dejó paralítica. Pero, aun entonces, tuvo suerte. Era rica; por consiguiente, admirablemente cuidada por un personal que esperaba que “eso” durase mucho tiempo. Charlotte tomaba las cosas por el lado optimista, tanto que el segundo ataque, amenazador al principio, retrocedió, retrocedió hasta convertirse en algo muy benigno. Mistress Hudson contaba, pues, con vivir mucho tiempo en su sillón de ruedas, dentro del cuadro encantador y anticuado de su bella y típica casa de campo, que se alzaba en el Devon.

Su médico era joven, seductor y dinámico, y poseía el talento de hacerla reír. No, no tenía nada de qué quejarse. No lamentaba tampoco el no haber tenido hijos, pues toda su ternura la volcó sobre el hijo único de su hermana, un niño.

Es lo que ella se decía aquella tarde mientras descansaba, con la labor de punto sobre la falda. El juego de agujas le ayudaba a que recuperara el vigor de su mano derecha, ligeramente entorpecida. Por lo demás, las piernas estaban muertas, totalmente muertas. Su lengua, un poco estropajosa, no le impedía, sin embargo, reír de continuo con toda su alma.

En este momento, Charlotte admiraba a su sobrino, que estaba sentado, con toda la gracia fácil de la juventud, en uno de los grandes butacones del salón, con las piernas estiradas. Leía el periódico, y su tía, que veía perfectamente su perfil, pensaba: “¡Qué muchacho tan guapo y tan simpático! Ha tenido la suerte de no sacar las cosas deplorables de sus padres. No tiene las piernas demasiado cortas del pobre Herbert ni la barbilla de oveja de mi buena Amelia. ¡Es distinguido! Se ve en su cara que es un verdadero gentleman, incapaz de una mala acción”.

En eso se equivocaba mistress Hudson. Ronald era un verdadero bribón. Pero ella tenía razón al hablar de su distinción. Era cierto. Se puede pensar canallescamente y tener aspecto distinguido.

El joven dejó el periódico y sonrió a su tía. Pensaba: “¡Pobre vieja ruina! ¡Con qué beatitud me mira! Probablemente se imagina que soy completamente feliz. ¡Qué tarde, sin embargo! ¿Qué hora será?… Aún me queda una hora de paciencia, por lo menos, antes de poderme largar decentemente. Todavía no cabecea. Su vida está regulada como el papel pautado. Y cree que lo mismo me pasa a mí…”

Mistress Hudson preguntó:

–No hay nada interesante en el periódico de la tarde, ¿verdad? Me pregunto a dónde vamos a llegar en realidad. Se escriben cosas tan crudas…