Desde la óptica del derecho constitucional, América Latina ofrece un espectáculo fascinante: la política como ilusionismo. Nuestros gobernantes no han hallado la fórmula contra la pobreza ni la receta de la independencia judicial, pero dominan una disciplina digna de cátedra: mudar de principios sin despeinarse y presentar cada contradicción como una madura evolución ideológica. Aquí nadie cambia de opinión, se reinventa. Nadie retrocede, hace una pausa estratégica. Y los ideales no se abandonan, se someten a revisión presupuestaria cuando conservarlos amenaza el cargo, los privilegios o una larga conversación con un tribunal.

La tesis es sencilla e incómoda. El problema de la región no es que gobierne la izquierda o la derecha, sino que demasiados gobernantes confunden el mandato con una escritura de propiedad. Las ideologías se reciclan, las alianzas se renegocian y lo único que permanece es la tentación de convertir un poder prestado en patrimonio personal. El verdadero examen de un político no es lo que promete para llegar, sino lo que está dispuesto a respetar cuando teme irse.

Para medir la distancia entre dos formas de entender el poder basta mirar a Brasil. Luiz Inácio Lula da Silva quedó segundo en la primera vuelta y, en lugar de declarar el resultado una conspiración o el calendario electoral una ofensa a la patria, volvió a las urnas a pedir permiso. Eso, que en cualquier manual se llama alternancia sujeta a reglas, en ciertas latitudes se considera una extravagancia peligrosa. Un dirigente de izquierda que acepta que el pueblo puede decirle que no, y que gobernará solo si el pueblo le dice que sí, ofrece una lección que no cabe en una cadena nacional. Brasil no es un paraíso ni sus instituciones están libres de tensiones, pero conserva una virtud rara: la derrota es un riesgo posible y no una catástrofe nacional.

Venezuela, mientras tanto, lee otro libreto. El valiente regreso de María Corina Machado coloca a la dirigencia chavista, hoy bajo autoridades interinas que heredaron el aparato, ante un dilema que no se resuelve con consignas, retratos de supuestos próceres, discursos de tres horas ni bailes navideños en el mes de octubre. Machado ha construido su liderazgo disputando aquello que los sistemas enamorados de sí mismos consideran propiedad privada: el gobierno. Su sola perspectiva obliga a preguntar cómo se enfrenta a una adversaria que no acepta que la permanencia del gobernante sea una necesidad histórica.

Porque en ciertos sistemas se confunde la estabilidad del Estado con la estabilidad de la propia silla. La diferencia es constitucionalmente gigantesca: el Estado sobrevive a los gobernantes, mientras que las sillas suelen desaparecer bajo quienes se acostumbraron demasiado a ellas. Brasil, con todos sus defectos, entendió que la silla es de alquiler. Otros parecen haber leído la cláusula como una opción de compra.

A lo largo y ancho de nuestra geografía, la obsesión por el asiento presidencial ha demostrado ser un fenómeno digno de estudio antropológico. Desde el Río Bravo hasta la Patagonia, la geografía del poder se mide por la resistencia a dejar el poder y  la lealtad ciega de los caciques de turno. Se inventan ministerios fantasma, reformas constitucionales exprés y congresos de bolsillo con el único propósito de evitar que el glorioso trasero del mandatario toque jamás una superficie que no esté bendecida por el presupuesto nacional.

La historia política del continente es, en el fondo, una larguísima radionovela donde el galán nunca quiere abandonar el estudio de grabación y prefiere dinamitar la emisora antes que ceder el micrófono. Las argucias jurídicas se multiplican con la misma velocidad con la que se empobrecen los servicios públicos, como si una buena redacción leguleya pudiera detener el paso inexorable de los almanaques y de la historia. Se argumenta siempre que la patria está en peligro inminente, que los enemigos acechan en las sombras y que la continuidad providencial de un solo individuo es el único dique que separa a la civilización del caos absoluto.

Por supuesto, cuando uno amplía el lente y recorre el mapa latinoamericano con la paciencia de un entomólogo, descubre que este arte de la adhesión vitalicia trasciende banderas, partidos y discursos encendidos. Aunque, viéndolo bien, si de aferrarse a los asientos se trata, en México harían falta catadores profesionales y mudanzas blindadas para lograr despegar a ciertos personajes del poder, donde al parecer la silla no solo se compra, sino que se hereda con todo y la mesa de centro, los retratos al óleo y la bendición dominical.

 

San José, Costa Rica

jobrenes@brenesybrenes.com