León XIV Papa, fue sometido ayer a una operación seria en el policlínico Agostino Gamelli, que ha visto pasar por sus instalaciones a varios papas en Roma. Luego de tres horas en el quirófano, noventa minutos de una operación por medio de laparoscopia, al norteamericano cuyo nombre seglar es Robert Francis Prevost -Martínez por parte de madre- le fue removido el lóbulo inferior del pulmón derecho, por habérsele detectado ahí un adenocarcinoma pulmonar.
Cualquier palabra que incluya el sufijo carcinoma es dolorosa de origen. Significa cáncer, uno de los más temidos vocablos de cualquier idioma.
La salud del Papa, máxima autoridad de catolicismo romano, es por naturaleza motivo de interés público. Durante siglos, objeto de secrecía por parte del Vaticano. Difícilmente los males de Su Santidad eran difundidos. Tal vez una excepción notable es la de María Giuseppe Giovanni Pacelli, quien simplificó su nombre civil a Eugenio Pacelli y murió en 1958 como Pio XII; el mundo conoció los casi cuatro años que sufrió de hipo constante, combinado con serias dificultades digestivas. En sus últimos días su médico personal le sometió a recursos médicos bizarros, como inyecciones a base de fetos de cordero, que sólo agravaron el mal.
Lógicamente, por la edad que les caracteriza, los Papas han tenido por lo general males cardiovasculares o respiratorios como la causa oficial de su muerte. Así se dijo por ejemplo en 1830 de Pio VIII, que solamente fue papa un año, o de Clemente XIV, muerto en 1774 bajo sospecha e haber sido envenenado. No se diga de Juan Pablo I, que en 1978 amaneció muerto en su cama en el día 34 de su papado. Nadie se tragó la historia.
El caso de León XIV está salpicada de modernidad. Él mismo hizo pública la noticia de su enfermedad y de la operación a la que se sometió finalmente. Mateo Bruni, vocero vaticano, fue presto en la información detallada. Incluyendo la primicia de que el viaje papal a Sudamérica, del 6 al 17 de noviembre -a menos de un mes- sigue en pie. El pontífice irá a Uruguay, Argentina y su queridísimo Perú.
Los católicos hacen oración por su salud. Los hombres de buena estirpe deseamos que se reponga pronto. Tiene muchos compromisos por cumplir.
PILON PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): En mi pueblo, el barrio en que vivimos está al pie de un bellísimo cerro, que se llama del Mirador.
Más arribita viven los pudientes, que con sus amplias casas con alberca y todo, últimamente están sufriendo un pánico casi diarreico: los osos negros, grandes medianos y adultos, bajan a la hora que les da la gana, más bien el hambre, y se meten a sus sagradas propiedades.
Hay vecinos precavidos que colocan sus bolsas con desechos en contenedores bien cerrados con seguros que los osos no burlan.
Los hay ingenuos, por no usar otro adjetivo, que compadecidos por los bellos plantígrados les dejan restos de comida, o incluso agua; lo único que están generando es un hábito para que el animal vuelva, y probablemente comparta la información con sus congéneres, de dónde dan de comer de gorra.
Otros exageraron y andaban el otro día contratando a un guardabosques profesional, que no sé si hay en México, para que ahuyente la plaga.
Y ese es el tema: considerar a los animalitos una plaga que invade nuestro hábitat causándonos perjuicio patrimonial. Lo opuesto, precisamente, es la verdad. Somos nosotros, los humanos, los que nos hemos metido al territorio que les ha sido propio desde siempre. Los invasores somos nosotros. Estamos invadiendo su territorio.
Mientras no seamos capaces de cortar con ese atropello mediante límites a los insaciables desarrollos inmobiliarios de lujo, mis vecinos de lana van a ver más osos nadando en sus albercas, cosa que les place.
