León XIV, avezado político, conduce la Iglesia Católica sabiendo que debe ocupar un lugar primordial en el desarreglado y violento mundo de hoy. En tal sentido, su reciente visita a Francia dejó ver un cálculo estratégico, orientado a fortalecer la fe de su grey en ese poderoso país, cuyas autoridades han procurado con acierto la laicidad en beneficio de los creyentes de las diversas religiones que ahí coexisten. Con la polémica memoria de la teatralización de la “Última Cena“ de Leonardo Da Vinci en la inauguración de la Olimpiada de París 2024, que despertó sensibilidades acerca de los límites entre la libertad artística y el respeto a la fe, el Papa reafirmó el lugar histórico de Francia en el vasto universo de la cristiandad. En esa nación, donde como en tantas otras hay una notable desbandada de fieles, la presencia de Robert Prevost fue indicativa de la capacidad del Estado secular para dialogar con el Obispo de Roma, no comprometer su neutralidad y mantener la laicidad. Dicho en otras palabras, de la habilidad de las instituciones públicas francesas para no legitimar el fenómeno político con signos religiosos. Así lo confirmó en su discurso de bienvenida al pontífice el presidente Emmanuel Macron, al decir que la espiritualidad se explica en esa noción de laicidad y en el compromiso con lo universal y los valores de igualdad, libertad y fraternidad. Cierto, la nutrida concurrencia a los actos públicos de León XIV acreditó la utilidad de esa política de Estado y la vitalidad del catolicismo en territorio galo. Fue también un reconocimiento a la condición del Papa como Jefe de Estado, líder de la Iglesia Católica y forjador de paz.

Entre los señalamientos del Obispo de Roma en este periplo, destacan sus discursos en la sede de la UNESCO y su alocución en Metz. En el primero, afirmó que la paz es verdadera cuando resulta de la virtud de la justicia y no de un contrato que postula el “equilibrio rentable de intereses”. La reflexión parece apuntar hacia una propuesta de convivencia donde cada pueblo forje su destino con criterio horizontal y solidario, nunca vertical y autoritario. Por lo que hace al segundo, llamaron la atención sus ideas sobre el valor del diálogo interreligioso y su llamado a líderes de distintos cultos a trabajar por la paz. Ante el sufrimiento o ausencia de la democracia en múltiples latitudes, y la confrontación al interior de los pueblos y entre las naciones, los argumentos de León XIV buscarían desarmar la tendencia al dominio de unos sobre otros y encauzar la convivencia global sin ataduras ideológicas ni imposiciones políticas. En este esquema rivalidades y guerras serían, para el Vicario de Pedro, prueba de la crisis de las instituciones para procurar la tolerancia y la pluralidad en todo proceso de reconciliación y pacificación, así como para fomentar el diálogo interreligioso. El mensaje papal en Francia fue claro, ofreció esperanza y se alineó con el objetivo del recordado Juan Pablo II, de ubicar a la Sede Petrina en el centro de las relaciones internacionales. En efecto, con base en las enseñanzas del Concilio Vaticano II, Prevost actualiza la paz solidaria y el bien común que postuló el Doctor Angélico en el Siglo XIII. En la Europa que recibe oleadas migratorias, donde germinan voces radicales de distinto signo, es de esperar que la presencia del Papa estadounidense en territorio francés sea augurio de una etapa de impulso a la concordia social y a la práctica de la Disputatio Interreligiosa; de un periodo de avance efectivo de las libertades plenas en las legislaciones nacionales y en la vida pública de todos los países del orbis terrarum.

El autor es Doctor en Ciencias Políticas e internacionalista.