Fue pionera en la humanización de las cárceles
Para José Luis Nassar Daw
Mi primer encuentro con Elizabeth Fry (1780-1845) fue hace veinte años, en un billete de cinco libras esterlinas. Más tarde, la reencontré en Old Bailey, el tribunal inglés que juzga los delitos graves, ataviada como siempre, con su cofia cuáquera, pero ahora en forma de estatua de mármol, cuadros y relieves del edificio. “Aquí estuvo la antigua cárcel de Newgate”, explicó el juez que me invitó a conocer el tribunal, “donde Fry inició la reforma a las prisiones”. A partir de entonces, mi interés por ella fue en aumento.
En la línea de John Howard, el High Sheriff de Inglaterra que reformó los centros penitenciarios a través de leyes que garantizaban que éstos estuvieran limpios, ventilados y contaran con servicios de enfermería, Elizabeth Fry se enfocó en las mujeres. Más que en reformas de gran calado, impulsó medidas concretas para mejorar su vida mientras estaban recluídas.
Perteneció a la Sociedad Religiosa de los Amigos – los cuáqueros –, pero no se conformó con ser una esposa cabal y madre de once hijos. Le indignaba la forma en que se trataba a las mujeres privadas de su libertad y visitó cárceles, se entrevistó con presas y autoridades y fue proponiendo un cambio tras otro en los presidios londinenses. Estas reformas pronto se adoptaron a lo largo del Reino Unido.
Desde su adolescencia se había interesado por los grupos vulnerables y, a los dieciocho años, fundó una escuela para los hijos de los pobres. ¿Cómo se pretendía que estos niños no acabaran convertidos en delincuentes, si no tenían una sola destreza para ganarse la vida? Su matrimonio con Joseph Fry, un acaudalado comerciante de té, atizó sus inquietudes. Apenas la familia se mudó al caserío de Plashet, ella se dedicó a repartir comida e introdujo la vacunación contra la viruela en las zonas aledañas.
Sus compañeros cuáqueros no tardaron en advertir que era una excelente predicadora y la designaron ministra de la Monthly Meeting de Barking. Llevar el mensaje bíblico se convirtió en obsesión. En los Evangelios halló, invariablemente, una lección, un ejemplo para promover el respeto que se debía a todos los seres humanos, se hallaran donde se hallaran.
Su auténtica vocación, sin embargo, despertó en 1813, tras visitar a las mujeres presas en Newgate. Les llevaba alimentos y ropa para ellas y sus hijos, si bien estaba consciente de que aquello sólo resolvería el problema momentáneamente. Aprovechando sus buenas relaciones, organizó una pequeña industria de productos artesanales en la cárcel y consiguió que las presas pudieran venderlos para hacerse de algunos recursos.
Siempre cargando un ejemplar de la Biblia, se dedicó a educar a las presas, a supervisar que aprendieran algún oficio y – lo más importante –, a trasmitirles valores morales e invitarles a reflexionar sobre el daño que habían causado. Las exhortó a arrepentirse para que, cuando salieran de la cárcel, albergaran la convicción de ser útiles a su comunidad.
Se las arregló para ir a la Cámara de los Comunes a revelar, pormenorizadamente, lo que ocurría en las cárceles. Actuó como testigo en la investigación parlamentaria que ella misma propició y consiguió que las mujeres no estuvieran vigiladas por varones: las mujeres debían ser supervisadas por mujeres. También logró que se crearan comités de damas visitadoras, que no sólo informaran al gobierno de cuanta irregularidad se presentara sino que convivieran con las mujeres cautivas, conocieran sus necesidades y propusieran medidas para resolverlas.
Denunciar la pésima administración de los centros penitenciarios y los tratos crueles le acarreó detractores: “Esa mujer descuida a sus once hijos por ir a atender a los hijos de otras”, vociferaron. El “descuido” tuvo consecuencias: algunos de sus hijos acabaron casándose con personas ajenas a la comunidad cuáquera. No más.
Supo hablar el lenguaje de los políticos – Robert Peel fue su admirador y protector – pero, también, el de las mujeres condenadas, cuya confianza se ganó. “La bondad rinde más frutos que la violencia”, repetía.
Inició una campaña para que se diera mejor trato a las mujeres deportadas a Australia y acudió a centros de salud mental, hospicios y cuantos lugares pudo, para exigir que se tratara dignamente a las reclusas. En repetidas ocasiones, se entrevistó con la reina Victoria y el príncipe Alberto y, apoyada por ellos, se lanzó a Dinamarca y a los Países Bajos, ahora para oponerse a la esclavitud.
En 1827, publicó sus Observations on the visiting, Superintendence, and Goverment of Female Prisioner, donde sostenía que las presas debían recibir condenas proporcionales al delito cometido. Propuso un sistema de clasificación carcelaria – cada reclusa debía ser confinada en áreas según sus faltas – e insistió en la importancia de que recibieran instrucción. En este trabajo criticó acremente a quienes consideraban que las mujeres solo debían ser esposas y madres.
No conoció a Cesar Beccaría – ella era una adolescente cuando él murió –, ni tampoco a Concepción Arenal, quien nació más tarde. Pero como el jurista italiano y la activista española, dedicó su vida a explicar al mundo que más que un castigo, la cárcel debería ser una oportunidad para que los delincuentes pudieran educarse y reinsertarse en su comunidad.
