Cayó el telón del otorgamiento de los premios Nobel del año en curso. Oportunidad para reconocer a partir de las valoraciones que arropan las decisiones en las ciencias de la física, la química y la medicina; las ciencias económicas; las ideas y la belleza para expresarlas en la literatura, y los valores políticos para convivir en paz. Todos, evidentemente, meritorios, anclados en la apreciación propia del saber humano y la contribución en cada campo.

En las tres primeras impera el descubrimiento, cuya comprobación empírica permite avanzar a la solución de problemas de la humanidad. En el cuarto domina la aportación basada en el rigor técnico o empírico para persuadir con base científica. En la literatura la calidad estética, la originalidad y la significación cultural para el mundo entero se imponen como criterios de la deliberación. Indudables valores. Otro es el vértice sobre la aspiración política de la paz: contribuciones histórica, política y éticamente trascendentes. Propósitos distintos, evidencias diferentes y valoraciones diversas.

En este año el Comité Nobel nombrado por el Parlamento Noruego ha conferido el premio de la Paz a la jurista sudafricana Navanethem (Navi) Pillay por su trayectoria y su contribución a la paz a través de la justicia; en su país natal, al interior de las naciones-Estado, entre Estados y para las personas en su calidad de nacionales y de integrantes de la comunidad internacional.

Se ha valorado un largo y singular desempeño de vida: (i) abogada activa y activista en contra del régimen del apartheid y la privación de la libertad de quienes denunciaban y combatían la segregación racial más oprobiosa; (ii) integrante de la judicatura sudafricana y del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, distinguiéndose por establecer que la violencia sexual puede usarse como instrumento genocida; (iii) jueza de la Corte Penal Internacional en un período que contribuyó a su consolidación como institución del Sistema de Naciones Unidas a cargo de perseguir los crímenes internacionales de mayor gravedad; (iv) Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, haciendo un tránsito exitoso y fructífero de la función de impartir justicia a las de promover el imperio del respeto a los derechos humanos internacionalmente reconocidos e investigar denuncias sobre sus violaciones por las formaciones estatales; y (v) la investigación y acción ante hechos genocidas, ya como integrante de la Corte Internacional de Justicia o como presidenta de la Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado, incluida Jerusalén Oriental e Israel.

Ha ido de la lucha contra la discriminación a la actuación sobre la responsabilidad internacional de los Estados y la protección de las personas ante las violaciones a sus derechos fundamentales.

El Comité identificó su aportación de décadas al desarrollo del Derecho Internacional, su contribución a la consolidación de instituciones capaces de alcanzar una justicia efectiva, su integridad personal e independencia del poder para ejercer sus mandatos, su compromiso y actuación para la protección de las víctimas de ilícitos penales y violaciones a derechos humanos y su significado para el mundo en la lucha permanente por preservar el orden jurídico internacional.

Hay una línea de pensamiento en la sustentación de esta decisión: la paz duradera requiere necesariamente de condiciones institucionales y éstas demandan (a) un principio guía, (b) una estructura atada a un propósito y (c) un objetivo con medios para lograrlo; en otras palabras: la primacía del derecho sobre la fuerza necesita instituciones independientes para deslindar jurídicamente las responsabilidades y persigue la justicia a través de la protección de las víctimas y la solución pacífica de las controversias.

A lo largo de su historia, el Premio Nobel de la Paz ha sido conferido a distinguidos juristas para emblematizar logros en una mirada retrospectiva, como el otorgado a don Alfonso García Robles en 1982, compartido con Alva Myrval; o trayectorias significativas que lo merecen, como ahora a la Dra. Navi Pillay. También puede considerar la acción del estímulo o el fortalecimiento de un proceso, cuando auténticamente lo haya.

A su vez, los premios Nobel de la Paz se confieren en contextos específicos o conforme al momento y el núcleo del contenido de la situación internacional. No se dan en el vacío. Al contrario, distinguir a René Cassin en 1968 marcó el avance logrado para la protección de los derechos fundamentales de las personas como objetivo de las Naciones Unidas, y reconocer a García Robles colocó el acento en el logro del Tratado de Tlatelolco para evitar la proliferación de armas nucleares en América Latina y el Caribe, riesgo enorme de la Guerra Fría, luego de la crisis de los misiles rusos en Cuba de 1962.

Al recapitular los razonamientos del Comité hay mensajes valiosos y significativos para el tiempo presente. ¿Cuál parece ser la idea de paz que está ligada a las contribuciones de la Dra. Pillay? La paz demanda contar con un auténtico Estado de Derecho para que la justicia sea un propósito real capaz de alcanzarse y contrastarse con la impunidad de la violación de la ley y los valores que la sustentan. Desde esta perspectiva, el derecho no es una mera expresión del poder político del momento, sino el medio para impedir y, en su caso, sancionar el ejercicio arbitrario del poder o, más simple, el uso de la fuerza y su violencia implícita. Es mensaje para el mundo y también hacia el interior de cada Estado, como el nuestro.