Philip Dormer Stanhope, cuarto conde de Chesterfield (22 de septiembre de 1694-24 de marzo de 1773), hombre de Estado y de letras, amigo de Swift y Voltaire, se instala en la historia de la literatura con una serie de cartas que dirige a su hijo Philip, nacido fuera de matrimonio. Transcribo la del 27 de septiembre de 1749 (traducida por Luis Maneiro).
Mi querido hijo:
Pensar, hablar y obrar de una manera vulgar y común, son indicios de baja educación y de malas compañías. Los jóvenes contraen este hábito en la escuela o entre los criados, con quienes conversan muy a menudo; pero es necesario que sean de lo más irreflexivos y faltos de atención, si no lo abandonan luego que comienzan a frecuentar las buenas compañías, o de lo contrario éstas no los admiten. Las vulgaridades a que me refiero son infinitas para especificártelas todas, pero te pondré algunos ejemplos por medio de los cuales podrás adivinar las demás.
Un hombre vulgar es caviloso y suspicaz, vehemente y violento por bagatelas, sospecha que se le desprecia, cree que todo cuanto se dice se refiere a él: si acontece que la compañía ríe, se persuade que es por burlarse de él; entra en cólera y enojo; dice cosas impertinentes, y se enreda en dificultades para hacer ver que no le falta lo que él llama energía para sostener su honor. Un hombre acostumbrado al trato de gente fina, nunca cree ser el único ni el principal objeto de los pensamientos, miradas o palabras de la compañía; jamás se imagina que las gentes se ríen de él, o que lo desprecian, a menos que él mismo no conozca en su pecho que se lo merece; y si, cosa rara, la compañía es bastante grosera y necia para hacer uno u otro, se le da un bledo, a menos que el insulto no sea tan claro e injurioso, que le obligue a pedir satisfacción de otra especie. Siendo este hombre superior a bagatelas, nunca se encoleriza por este principio, ni pierde su tranquilidad, sino que siempre que se trata de ellas, se muestra más pronto a ceder que a querellar. La conversación de un hombre vulgar tiene siempre fuertes resabios de la bajeza de su educación y de sus amistades; la hace recaer principalmente sobre sus negocios caseros, sus criados, el excelente orden que guarda en su familia y los cuentecitos y anécdotas de la vecindad; relatando todo esto enfáticamente, como si fuesen cosas de la mayor importancia, y sin notar que semejante parloteo es insoportable.
La trivialidad del lenguaje es otra señal de bajas compañías y de la baja educación. Nada evita un hombre fino con mayor cuidado que este defecto. Los proverbios y los dichos trillados son las flores de retórica de un hombre vulgar. Si quiere decir que los hombres difieren en gustos, embellecerá este pensamiento valiéndose de aquel maravilloso refrán antiguo, como él lo llama: lo que es sustento para uno, es veneno para otro. Si alguno le habla en términos picantes, como él cree, le paga en la misma moneda, según acostumbra. Tiene siempre alguna palabra favorita de curso actual de que abusa sin término, como prodigiosamente bondadosa, prodigiosamente hermoso, prodigiosamente feo, etcétera. Aun haciendo uso de palabras propias, adopta una pronunciación ridícula que da a conocer “la marca de la bestia”. Emplea a veces términos duros, estropeándolos como podría hacerlo una mujer bachillera. Un hombre fino y bien educado no acude nunca a proverbios ni a aforismos vulgares; tampoco usa términos favoritos ni palabras duras, sino que tiene cuidado de hablar correctamente, según las reglas de la gramática, y de pronunciar como conviene, es decir, conforme al uso de las mejores compañías.
