Lo siguiente es una confesión que llena mi pecho de vértigo al compartirla y es que llevo más de sesenta años transitando por este mundo y todavía no he aprendido a mirar a una mujer sin se me desordene el pensamiento. A estas alturas de la vida, se supone que un hombre debería acumular experiencia, prudencia, cierto cinismo elegante o, al menos, un distanciamiento cauteloso ante los ramalazos de la pasión. Sin embargo, el corazón se niega a jubilarse. He amado con la fe ciega del principiante, me han amado con devoción y desgano, me han dejado en pedazos sangrantes y también he tenido que soltar manos que le pertenecían a otro y aunque doliera no me pertenecían. Con la paciencia lenta que solo otorgan los años, he comprendido la dulzura de la mujer que decide quedarse y la destrucción emocional de aquella que decide marcharse. Anoté en mi libro que existen despedidas que son, en sí mismas, una medalla a todo lo que realmente importa.
Quizá por eso siempre me han fascinado los volcanes. Desde niño he sentido una atracción casi mística y espiritual por esas cavernas verticales que parecen dormidas en el paisaje, mientras que en sus profundidades permanece encendido un fuego peligroso, antiguo y explosivo. Tal vez me encantan porque se parecen demasiado a la geografía del amor. Acumulamos capas de ceniza, largas temporadas de lluvia, periodos que parecen enfriarlo todo; nos creemos sofocados o a salvo del terremoto. Y entonces sucede: una mirada casual, un perfume que cruza un pasillo, una canción lejana, y el volcán entero vuelve a despertar con la vigorosa fuerza con la que se desnudaba nuestro cuerpo a los veinte años y se estiraba en una cama durante largas horas de pasión.
A los veinte años, uno cae en el engaño de creer que el amor es únicamente ardor, estampida, desesperación insaciable de la carne. Con el tiempo se descubre que la pasión también se alimenta de sus propias cenizas. A los sesenta años, el panorama se vuelve abrumadoramente claro: ambos estados forman parte del mismo tejido inexorable. No existe fuego genuino sin la posibilidad ardiente de quemarse, ni ceniza verdadera que no conserve, en su interior más perverso, el recuerdo intacto del resplandor que la engendró.
Es en esta etapa de la madurez en la que me encuentro, cuando he descubierto que una mujer puede convertirse en un continente entero concentrado en un solo cuerpo, con la redondez de sus pechos que amenazan con hacerme perder el sueño y las caderas violentas que se acomodan para engendrar una pequeña muerta que se cuelga sudorosa con los pies en la espalda. Puede llevar inscrita en la piel la memoria dibujada de los días tristes, las cicatrices visibles del tiempo, y aun así caminar con una elegancia soberana que detiene todo lo que se mueve e impone la devoción. Porque algunas mujeres no necesitan avisar que llegaron, basta su presencia para hacer sorprender con su hermosura, porque la belleza es su lenguaje natural: reside en la cadencia natural de su paso, en el suave balanceo de las caderas, en el misterio de un hombro al descubierto o en la soltura pausada con la que se asoma un escote para dejar al desnudo el territorio sagrado que invita silencioso a dejarse explorar.
Y uno solamente observa, por supuesto. No por el afán torpe o irrespetuoso de ser indiscreto, aunque tal vez habite un poco de atrevimiento en el intento, sino porque hay formas de la belleza que poseen una insolencia venerable, un mandato que exige atención plena. Uno atestigua esa presencia sabiendo de antemano que la contemplación puede derivar, sin habérselo propuesto, en un naufragio o en una maravillosa catástrofe emocional. La edad me enseñó, tarde pero de manera definitiva, que la sensualidad verdadera jamás ha necesitado de la desnudez explícita. A veces basta una sonrisa, la inclinación de la cabeza o un gesto amable y cálido para que la piel recuerde su vocación natural de estremecerse.
Hay miradas que poseen la potencia de una erupción volcánica silenciosa. Parecen serenas en la superficie, pero por debajo arde un peligro que la intuición masculina no siempre reconoce ni con los años. Yo he conocido esa clase de fuego: la chispa que prende en los ojos y va descendiendo con la lentitud de una marea ardiente por todo el cuerpo, sin que para ello haya hecho falta un solo roce físico. Es una sensación etérea y muy difícil de explicar a quienes no la han vivido: uno permanece aparentemente tranquilo, sosteniendo una tacita de café o una copa de vino y responde con cortesía, mientras en el torrente interno todo comienza a hervir.
Entonces, sobreviene el contacto inevitable. Basta apenas un roce mínimo. La mano de ella rozando accidentalmente la mía; la calidez de su hombro tropezando suavemente con el mío mientras caminamos lado a lado; o la proximidad salvaje de su cuerpo cuando se inclina apenas unos centímetros para confesarme algo al oído. Ninguno de esos incidentes debería tener la fuerza para alterar el dominio de un hombre a estas alturas canosas de la vida, hecho y derecho y, sin embargo, el cuerpo registra con precisión milimétrica lo que la razón intenta minimizar o pasar por alto.
Porque la piel, antes que el cerebro, tiene recuerdos. Quizá por esa razón guardo de forma tan clara el recuerdo de esas manos. Y aquí debo cerrar mi confesión aceptando mi debilidad por las manos de una mujer que llegó a mi vida para quedarse, con sus manos me atrapó y con ellas revela las verdades que la boca no siempre se atreve a formular. Su nombre lo guardo para mí pero ella lo sabe porque siempre está aunque se vaya. Tremendamente delicada y femenina; transmite la paz innegable del refugio de su pecho donde se pierden mis miedos y al rozar los dedos con los míos, despiertan en el acto una conversación subterránea y volcánica que ninguno de los dos se atreve aún a nombrar. Tocar esas manos en particular es volver a habitar un fuego que jamás se apagará porque la amo y la erupción que anhelo siempre se volverá a repetir.
San José, Costa Rica
