¿Qué ocurre con una sociedad cuando su sistema educativo prepara a los jóvenes para conseguir empleo, pero no para comprender su historia, ejercer su libertad y asumir responsabilidades como ciudadanos?

La pregunta contiene una contradicción que rara vez examinamos con suficiente profundidad. Durante décadas hemos identificado el progreso educativo con la ampliación de la matrícula, la obtención de títulos universitarios, el dominio de competencias profesionales y la posibilidad de incorporarse exitosamente al mercado laboral. Son conquistas importantes, sin duda. Pero detrás de esos indicadores permanece una interrogante mucho más incómoda: ¿estamos formando personas capaces de ganarse la vida o seres humanos capaces de comprender qué significa vivir responsablemente en sociedad? La diferencia no es menor. Una cosa es capacitar para desempeñar una función y otra, profundamente distinta, educar para ejercer la libertad. La primera proporciona conocimientos y habilidades; la segunda exige desarrollar juicio, conciencia histórica, sensibilidad moral y capacidad para reconocer que nuestras decisiones afectan inevitablemente la vida de los demás.

Una nación necesita ingenieros competentes, médicos preparados, científicos rigurosos y trabajadores especializados. Sería absurdo despreciar la formación profesional en nombre de ideales humanistas. El problema aparece cuando confundimos una parte de la educación con su totalidad y terminamos considerando exitoso un sistema porque produce especialistas eficientes, aunque no necesariamente ciudadanos reflexivos. Esta reducción responde, en buena medida, a una transformación de nuestras prioridades. Hemos comenzado a preguntar qué utilidad económica tiene cada conocimiento antes de preguntarnos qué aporta a la comprensión de la condición humana. La historia debe justificar su presencia frente a las exigencias del mercado; la filosofía parece un lujo prescindible; la literatura se convierte en entretenimiento y la formación cívica corre el riesgo de reducirse a una colección de conceptos que se memorizan para aprobar un examen.

No se trata de defender asignaturas por simple nostalgia. Se trata de comprender qué perdemos cuando desaparecen las preguntas que esas disciplinas nos obligan a enfrentar. La historia, por ejemplo, no debería enseñarse únicamente como una sucesión de fechas, personajes y acontecimientos. Su verdadero valor consiste en permitirnos reconocer cómo se construyeron las instituciones, de dónde proceden nuestras libertades, cuáles fueron los errores colectivos y qué consecuencias tuvieron las decisiones de generaciones anteriores.

Una sociedad que desconoce su historia no está condenada mecánicamente a repetirla, pero dispone de menos herramientas para reconocer sus advertencias. Puede confundir propaganda con memoria, convertir los símbolos patrios en sustitutos del conocimiento y aceptar versiones simplificadas del pasado que únicamente confirman sus prejuicios. Conocer la historia tampoco significa venerarla. Una conciencia histórica madura debe ser capaz de reconocer tanto las aportaciones como las injusticias de una nación. El patriotismo que necesita ocultar los errores del pasado termina siendo una forma de fragilidad intelectual. Amar a un país exige conocerlo, incluso cuando ese conocimiento incomoda. Algo semejante ocurre con la libertad. Con frecuencia enseñamos a los jóvenes cuáles son sus derechos, pero dedicamos menos atención a las obligaciones que hacen posible su ejercicio dentro de una comunidad. Y una libertad separada de toda responsabilidad puede terminar confundiéndose con la simple satisfacción de los deseos individuales.

Ser libre no consiste únicamente en poder elegir; significa contar con elementos para comprender las alternativas, anticipar sus consecuencias y responder por las decisiones tomadas. La libertad requiere información, pero también discernimiento; necesita autonomía, pero igualmente límites éticos. Esta distinción resulta especialmente importante en una época en la que disponer de información se confunde con poseer conocimiento y expresar una opinión parece equivalente a haber reflexionado sobre ella. Las plataformas digitales multiplican nuestras posibilidades de participación, pero también facilitan que reaccionemos antes de comprender, condenemos antes de escuchar y compartamos afirmaciones cuya veracidad nunca verificamos. El problema no es exclusivamente tecnológico. Es educativo. Ninguna herramienta puede sustituir la formación de un criterio propio; las consecuencias alcanzan inevitablemente la vida democrática. Una democracia no se sostiene únicamente mediante instituciones, elecciones y procedimientos legales. Necesita ciudadanos capaces de comprender las decisiones públicas, exigir explicaciones, respetar derechos ajenos y reconocer que las autoridades deben someterse al escrutinio de la sociedad.

Cuando esa formación falta, la participación política puede reducirse a adhesiones emocionales, lealtades personales o enfrentamientos entre identidades irreconciliables. La discrepancia deja de ser una oportunidad para examinar argumentos y se transforma en una amenaza. El adversario ya no es alguien con quien se discute, sino alguien a quien debe desacreditarse. No sería justo atribuir todos estos problemas a las escuelas. Las familias, los medios de comunicación, las instituciones políticas y la propia conducta de los adultos participan en la formación cívica de las nuevas generaciones. Resulta contradictorio exigir honestidad a los estudiantes mientras socialmente toleramos pequeñas corrupciones; pedir respeto por la ley cuando celebramos la habilidad para evadirla, o hablar de responsabilidad mientras buscamos siempre a quién atribuir nuestros errores.

La educación ciudadana comienza también en esos ejemplos cotidianos; por eso, recuperar una educación integral no significa abandonar la excelencia técnica, sino enriquecerla. Significa enseñar historia mediante preguntas y evidencias, promover debates donde disentir no implique descalificar, vincular el aprendizaje con problemas comunitarios y recordar que una profesión conlleva responsabilidades que trascienden el beneficio económico de quien la ejerce. Un ingeniero debe preguntarse por la seguridad de lo que construye; un médico, por la dignidad de quien atiende; un abogado, por la justicia que sus conocimientos pueden defender o vulnerar; un servidor público, por las consecuencias de administrar recursos que pertenecen a todos. El conocimiento profesional adquiere una dimensión verdaderamente humana cuando reconoce sus implicaciones morales. Quizá debamos revisar, entonces, nuestra definición de éxito educativo. No basta con contar cuántos egresados encuentran empleo o cuánto aumentan sus ingresos. También importa preguntarnos si aprendieron a distinguir argumentos de consignas, si conocen las instituciones que rigen su convivencia, si pueden reconocer una injusticia aunque les resulte conveniente y si están dispuestos a asumir responsabilidades sin esperar siempre una recompensa.

Estas capacidades son difíciles de expresar mediante indicadores, pero su ausencia termina manifestándose en la calidad de nuestra vida colectiva; la gran cuestión no consiste en elegir entre preparar trabajadores y formar ciudadanos. Una educación verdaderamente integral debe conseguir ambas cosas, porque la competencia profesional y la conciencia cívica no son adversarias: se necesitan mutuamente. Al final, el destino de una nación no depende solamente de lo que sus habitantes saben hacer, sino también de lo que comprenden, de aquello que consideran justo y de las responsabilidades que están dispuestos a asumir.

Podemos enseñar a una generación cómo ganarse la vida. Pero si no le enseñamos a comprender su historia, a ejercer su libertad y a responder por sus actos, habremos preparado su futuro profesional mientras descuidamos el futuro de la sociedad que habrá de heredar.

jcovala@gmail.com