La campana del templo suena antes de que oscurezca. Es la tarde del 1 de noviembre en Valle de Allende, al sur de Chihuahua, y por las calles empedradas comienzan a moverse grupos de cinco o seis niños. Se detienen frente a una puerta. Uno de ellos se tiende en el umbral sobre un costal; sus compañeros lo cubren con una sábana blanca y le ponen en las manos una vela encendida y un crucifijo. Los demás se hincan alrededor, se persignan, rezan un Padrenuestro y un Avemaría. Entonces, después de agitar campanillas, cencerros o botes rellenos de piedras, cantan a todo pulmón «Angelitos somos, del cielo bajamos, a pedir limosna, y si no nos dan, ¡puertas y ventanas nos las pagarán! ¡Seremos, seremos, calabacitas queremos!».
La puerta se abre. Salen dulces, fruta, a veces unas monedas. El muertito se levanta, sacude la sábana y el grupo corre hacia la casa siguiente. Al terminar la noche, el botín se reparte en partes iguales. Así, año tras año, se cumple el ritual de Los Seremos, la costumbre que el pueblo defiende como la única tradición de Día de Muertos nacida en Chihuahua.
No es una escena solitaria. Desde el atardecer, los puntos más poblados del Valle se llenan de grupos que se cruzan, se adelantan unos a otros y compiten en silencio por las casas más generosas. Los más grandes andan solos, porque conocen de memoria los rezos y el orden del ritual; los más pequeños van de la mano de sus madres, que se hincan con ellos en la entrada de cada casa para rezar y cantar. Los abuelos miran desde las bancas de la plaza la misma ceremonia que ellos representaron hace sesenta o setenta años. En los últimos tiempos, el ayuntamiento ha convertido el arranque en un acto público, con autoridades municipales y estatales que reparten dulces frente a la presidencia antes de que los niños se dispersen con sus velas encendidas por las calles. Pero el corazón de la noche sigue en otra parte, en la puerta de cada vecino, donde nadie es espectador y todos tienen un papel asignado.
Valle de Allende no es un pueblo cualquiera. Fue el antiguo Valle de San Bartolomé, fundado por franciscanos en la segunda mitad del siglo XVI como hospicio y punta de avance para evangelizar la región de los conchos. La historiadora Chantal Cramaussel ha mostrado cómo aquel valle irrigado por acequias se convirtió en uno de los graneros más reputados del septentrión novohispano. Su posición en el Camino Real de Tierra Adentro, declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 2010, lo hizo paso obligado de arrieros, misioneros y mercaderes. En 1825 el Congreso del estado le cambió el nombre en honor de Ignacio Allende. Hoy viven ahí unas cuatro mil personas, y para ellas el 1 de noviembre no es el Día de Todos los Santos, sino el Día de los Angelitos.
La distinción importa. En el catolicismo popular del mundo hispánico, el niño que muere bautizado y sin uso de razón no pasa por el purgatorio; sube directo al cielo convertido en ángel. De ahí la tradición del velorio de angelito, documentada desde la Colonia en buena parte de América Latina, en la que la muerte de un niño se velaba con música, flores y hasta baile, porque se celebraba una entrada en la gloria y no una pérdida irremediable. Los Seremos escenifican ese velorio, pero lo invierten. Ya no son los adultos quienes velan a un niño muerto; son los niños quienes, en nombre de los angelitos que regresan esa noche del cielo, se presentan ante los adultos a reclamar su parte.
El nombre de la tradición encierra su sentido más hondo. «Seremos» remite a la vieja sentencia que los cementerios repetían en latín y en castellano, la que advierte al vivo que lo que hoy es el muerto mañana lo será él. El niño acostado bajo la sábana ensaya, por unos minutos, el destino de todos. El historiador Philippe Ariès llamó «muerte domesticada» a esa relación premoderna con el fin de la vida, en la que morir era un acto público, familiar, sin el pudor ni el ocultamiento que impondría después la medicalización. En Valle de Allende esa muerte domesticada sigue tendida en los umbrales, a la vista de todos, interpretada por quienes menos deberían pensar en ella.
La fotógrafa documental Sylvia Alonso Espinosa supo verlo. Su exposición Los Seremos. Valle de Allende, Camino Real de Tierra Adentro, presentada en Casa Chihuahua en 2023 y difundida por el Centro INAH, retrata a los niños tendidos bajo la luz escasa de una vela de cebo, con cruces sobre el pecho y sábanas que se arrugan como pequeñas orografías. El texto curatorial de la muestra advierte en esas imágenes la herencia del barroco novohispano, con sus drapeados intensos, sus escorzos de cuerpos yacentes y sus claroscuros dramáticos. La observación es justa. El arte de la Contrarreforma enseñó a los fieles a contemplar la muerte como espectáculo devoto, y aquella pedagogía visual, que llenó de cristos yacentes y santos mártires los templos del Valle de San Bartolomé, parece haber sobrevivido en el cuerpo de los niños. Los Seremos son, en ese sentido, una imaginería viva, un retablo que se arma y se desarma en cada umbral.
Hay también algo de carnaval en la escena. La amenaza de cobrarse con puertas y ventanas, dicha por niños de seis u ocho años a vecinos que podrían ser sus abuelos, pertenece a esa lógica de inversión que Mijaíl Bajtín estudió en la cultura popular europea, donde por una noche el orden se voltea y los de abajo dictan las condiciones. Nadie rompe ventanas, por supuesto. La amenaza es parte del juego, como lo es la caridad que se da a cambio. Lo que circula esa noche es reciprocidad, la obligación de dar, recibir y devolver que Marcel Mauss identificó como fundamento del vínculo social. El adulto que abre la puerta paga una deuda con los muertos pequeños del pueblo; el niño que recibe aprende que pertenece a una comunidad.
Sobre el origen de Los Seremos hay más certezas emotivas que documentales. La cifra que repiten autoridades municipales, notas de prensa y hasta la gaceta del Centro INAH Chihuahua habla de más de trescientos años. Ningún documento la respalda. Una vecina entrevistada por el medio Raíchali en 2018 resumió con honestidad el problema, al decir que la costumbre llegó, según se cuenta, con un sacerdote venido del norte de España, pero que sin un papel que lo pruebe nadie puede saber cómo ni quién. La memoria oral sí alcanza lejos. En 2011, doña Chabelita, de 77 años, contó a un cronista local que sus padres y los padres de sus padres ya representaban los seremos.
Lo que la memoria conserva no es un texto fijo. Una maestra del Valle que se propuso reunir testimonios de antiguos vecinos, dispersos hoy en Guadalajara, El Paso, Hermosillo o la capital del estado, descubrió que cada quien había vivido los seremos de manera distinta. Cambiaban las palabras del canto, el orden de las oraciones, la hora de salida, la recompensa esperada. Cuando doña Chabelita aceptó cantar para una grabación, lo hizo con una afinación y un tono que ya no son los de los niños de ahora. Esa variación es la prueba de que la tradición respira. La antropología ha insistido en que el patrimonio inmaterial no es una pieza de museo sino una práctica que se recrea en cada transmisión, y la definición que adoptó la UNESCO en su convención de 2003 lo reconoce al hablar de expresiones que las comunidades recrean constantemente en función de su entorno y su historia. Los Seremos que cantan hoy los niños de Allende no son idénticos a los de sus bisabuelos, y precisamente por eso siguen siendo suyos.
La hipótesis más trabajada es la vasca. El profesor Martín Mendoza Ríos, nacido en el Valle y estudioso de la tradición, ha propuesto que su antecedente está en las cuestaciones que los mozos de las provincias vascongadas y de Navarra hacían de casa en casa. Las letrillas navarras recopiladas por José María Iribarren registran una fórmula que los muchachos cantaban en Navidad y Reyes, «Angelitos somos, del cielo bajamos». La coincidencia con el canto de Allende es demasiado precisa para ser casual. A ello se suma la extensa tradición peninsular de las canciones de ánimas, petitorios nocturnos con campanilla para reunir limosna en sufragio de las almas del purgatorio, que el folclorista Francisco Cillán Cillán ha documentado en Extremadura y Andalucía. Hay versiones que matizan el linaje. Algunas notas sitúan a los colonos vascos en el siglo XIX, lo que contradice la antigüedad colonial que el pueblo reclama, y otra tradición local cuenta que en tiempos de pobreza los niños huérfanos iban a las haciendas cargando su propio ataúd para conmover a los hacendados.
Conviene aquí recordar la advertencia de Eric Hobsbawm sobre las tradiciones inventadas. Toda tradición se construye y se reconstruye, y la insistencia en su antigüedad suele ser parte de su función identitaria. Decir trescientos años no es un dato histórico; es una forma de decir que esto es nuestro desde siempre. La advertencia no resta valor a Los Seremos. Al contrario, explica por qué el pueblo los defiende con tanto celo.
Tampoco es exacto llamarlos únicos sin matices. En Tuxtla Gutiérrez y en otras localidades de Chiapas, los niños recorren las casas en estas mismas fechas cantando «Somos angelitos, del cielo bajamos» y pidiendo calabacita. La fórmula hispánica viajó por toda la Nueva España y arraigó en lugares separados por miles de kilómetros. Lo singular de Valle de Allende es otra cosa, el velorio escenificado, el niño tendido con su vela y su cruz, la oración antes del canto. Ese teatro mínimo de la muerte infantil no aparece en las otras variantes.
La amenaza que hoy enfrentan Los Seremos no viene de las ventanas. Una promotora del pueblo lo explicó con una imagen certera, al decir que el Valle quedó «como en un sándwich». Del sur llegan los altares, las catrinas y la iconografía del Día de Muertos que la industria cultural nacionalizó en el siglo XX; del norte, desde Ciudad Juárez y la capital del estado, avanza el Halloween con sus disfraces de monstruos. El antropólogo Claudio Lomnitz ha mostrado cómo la familiaridad mexicana con la muerte se convirtió en emblema nacional, y esa versión oficial, con su estética homogénea, también desplaza a las tradiciones regionales que no caben en ella. Entre ambos frentes, la costumbre propia corre el riesgo de parecer una rareza local.
El pueblo ha respondido. En 2012 Los Seremos fueron declarados patrimonio cultural inmaterial del municipio de Allende, y un comité de preservación organiza cada año la jornada. La Unidad Regional de Culturas Populares registra concursos internos de presentaciones para motivar a niños y jóvenes. La Secretaría de Cultura del Estado anunció en 2024 que un equipo trabajaba en el expediente técnico para elevar la declaratoria al rango estatal. Y cuando surgió la propuesta de concentrar la celebración en un solo espacio, más cómodo para el turismo, los vecinos la rechazaron, porque la esencia está en que los niños recorran las calles y toquen cada puerta. Un profesor del lugar, Lamberto Arellanes, lo dijo a la prensa con sencillez al recordar que Los Seremos no son una fiesta sombría, sino una celebración de la vida.
Tiene razón. Lo que ocurre cada 1 de noviembre en Valle de Allende es una pedagogía de la finitud ejercida por niños. El que esta noche se acuesta bajo la sábana sabe que no está muerto; sabe también, porque lo canta, que algún día lo estará. Seremos, dicen los angelitos, y en ese futuro verbal cabe la historia completa de un pueblo que lleva siglos aprendiendo a mirar la muerte de frente sin dejar de pedir dulces. Mientras haya niños dispuestos a tenderse en los umbrales, la tradición seguirá viva. La pregunta es si quienes administran la cultura en Chihuahua entenderán que preservarla no consiste en convertirla en espectáculo, sino en dejar que los angelitos sigan bajando del cielo a su manera.
El autor estudió arqueología en la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México y es periodista en Chihuahua. Cubre temas socioculturales, política, violencia y derechos humanos. Es autor de HÜZÜN y sus investigaciones exploran la religiosidad popular, la muerte y los santos heréticos, profanos y populares.
