Fue una crítica radical del autoritarismo
Soy partidario del libre mercado, así como de un gobierno pequeño y eficaz que se encargue de lo que sugería Baruch Spinoza: garantizar la libertad de las personas. En el espíritu del Banco Mundial, también considero que el gobierno de un Estado debe compensar las asimetrías que deja el mercado a su paso. Por ello, los gobiernos mastodónticos e improductivos me parecen execrables, lo mismo que la ausencia de uno. Si los primeros sofocan, su ausencia deviene caos.
Dado que Emma Goldman (1869-1940) creía en esta última opción, tardé en simpatizar con ella. No sólo rechazó el gobierno de un Estado sino al Estado mismo. Más aún: despreció cualquier autoridad política, empresarial, sindical o religiosa que pretendiera someterla. Si este anarquismo no hubiera sido suficiente, llegó a justificar el uso de la violencia en la consecución de su “bello ideal”, como denominaba al anarquismo. Nada de esto me agrada en ella.
Si, a pesar de tales posturas, esta activista lituana acabó por parecerme entrañable fue porque defendió, como pocos, muchas de nuestras libertades. La de expresión, para empezar. También fue adalid de los derechos laborales y del derecho que tenía toda mujer de decidir cuándo quería ser madre y cuándo no; promovió el amor libre y el derecho a interrumpir un embarazo no deseado. Luego de visitar su patria, escribió Disillusionment in Russia, donde arremetió contra el totalitarismo disfrazado de izquierda. “Si no puedo bailar”, declaró burlándose de la opresión que advertía por doquier, “no es mi revolución”.
Nació en Lituania, que entonces pertenecía al imperio ruso, y emigró a Estados Unidos al cumplir dieciséis años. Ahí comenzó a trabajar como costurera en una fábrica de Rochester y siguió de cerca la revuelta de Haymarket, en Chicago, donde la policía arremetió contra unos huelguistas. Alguien arrojó una bomba y, en represalia, se ejecutó a cuatro personas inocentes, después de un juicio fársico. Se les condenó por sus ideas; no por lanzar ninguna bomba, refirió más tarde Goldman: “Esta arbitrariedad fue mi nacimiento espiritual”.
En Estados Unidos se casó, se divorció por considerar a su marido “excesivamente controlador” y conoció a Alexander Berkman (Sasha), quien sería su pareja sentimental, aunque hubo una época en que vivió en trío. Fundó la revista Mother Earth, donde plasmó su aversión a cualquier forma de autoridad. Su repudio al servicio militar obligatorio y a la guerra provocó que estuviera un par de años en prisión. Más tarde, fue deportada a Rusia.
Sus artículos, libros e incansable activismo provocaron nuevos arrestos. Por ejemplo, cuando aconsejó a los obreros en un mitin que si no les daban trabajo, exigieran pan. O por impartir conferencias sobre el control de la natalidad y no pagar los cien dólares que le impusieron como fianza. Edgar Hoover, director del FBI, la acusó a ella y a Sasha, de ser “dos de los anarquistas más peligrosos de este país”. Si se les permite regresar a la comunidad, vaticinó, “resultarán un riesgo para Estados Unidos”. No faltaron los periódicos que la acusaron a ella de ser la mujer más peligrosa de América.
Se opuso al voto de las mujeres, no porque creyera que éstas eran inferiores a los varones, de ningún modo, sino porque le enfadaba que los políticos, empresarios y miembros de la élite, que dictaban las leyes a su antojo, pretendieran utilizar a las mujeres para legitimar sus decisiones.
En Anarquismo y otros ensayos, Matrimonio y amor o en Viviendo mi vida – su autobiografía –, concluyó que anarquismo e individualismo eran una misma realidad y relató su primero y segundo matrimonio; esta vez, durante su deportación, con un minero galés, con el que nunca cohabitó, pero le proporcionó la ciudadanía británica.
Contó, asimismo, la participación de Sasha en el fallido asesinato contra Henry Clay Frick, gerente de Carnegie Steel, atentado que le costó una larga condena a Berkman y la disuadió a ella de predicar la violencia. Refirió su participación en algunas huelgas, como la de Homestead (1892), su respeto por las personas de orientación sexual distinta a las mayorías, así como algunas de sus alegrías y frustraciones. Murió en Toronto, a los setenta años.
En su libro Revolucionarias, Pepe Gutiérrez Álvarez escribió: “Tropezó con los liberales y los marxistas; se peleó con las sufragistas; apoyó huelgas y movimientos, pero nunca tuvo el carné de ninguno de ellos; en Rusia, acabó denunciando a los bolcheviques en el poder; discutió con todas las izquierdas en el exilio”. Howard Zinn elogió su “autonomía radical” y concluyó que su auténtica batalla había consistido “en recordar a la gente que debía implicarse políticamente, salir a la calle y hacer saber a los políticos su opinión sobre el trabajo que ellos estaban desempeñando”. Para una anarquista de su calibre, no podría existir un ideal más bello.
