Joaquín Pérez Sánchez

Tras un año en el poder, el presidente francés Francois Hollande, sufre un rápido y alarmante desgaste político, producto de la profundización de la crisis económica, financiera y social que vive su país y el resto de Europa. Ahora en Francia, como en otros países de la zona, la lucha política se radicaliza y las calles se inundan con sectores de izquierda y derecha que obligan al gobierno a definirse.

El seis de mayo del 2012, Hollande ganó en segunda vuelta las elecciones presidenciales de su país y con ello puso fin a tres administraciones de derecha, la última a cargo de Nicolás Sarkozy (2007-2012). Una parte importante de los votos que llevaron a Hollande los proporcionaron los simpatizantes del Frente de Izquierda que encabeza Jean-Luc Mélenchon.

Un año después, Mélenchon y sus correligionarios salen otra vez a las calles para protestar contra las políticas económicas del gobierno, demandando un “giro” radical a la gestión del mandatario y proponiendo a la ciudadanía, una Asamblea Constituyente que elabore una nueva Constitución. El periodo de prueba “ha terminado y no salen las cuentas”, dijo Mélenchon, es hora de dar un giro a su política y “si no sabe hacerlo, nosotros sabemos”, agregó.

En el otro extremo está la ultraderecha que también ha salido a las calles, a protestar sobre todo contra la legalización del matrimonio homosexual. La derecha francesa, como sus similares de Europa, se oponen a políticas que apuesten por la distribución de la riqueza, mediante el aumento de impuestos a quienes más ganan, además, están en contra de la reducción de las jornadas laborales y otras políticas impulsadas por los socialistas.

En este contexto, Hollande no ha podido cumplir las principales políticas que se planteó hace un año, sobre todo aquellas que buscaban aminorar los estragos que siguen provocando las medidas neoliberales impuestas por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Central Europeo (BCE) y la Comisión Europea (CE), conocidos popularmente como la Troika.

Pese a que Hollande ha manifestado sus diferencias con estas políticas, sobre todo con las que promueve la canciller alemana, Angela Merkel, en la práctica nada ha podido hacer para cambiar el estricto régimen de “austeridad” que impone la Troika.
De acuerdo con una encuesta realizada por la cadena privada “i-tele”, a finales de abril pasado, el 76 por ciento de los franceses desaprueba el primer año de gobierno de Hollande, por lo que, en un escenario hipotético electoral, su mandato terminaría de inmediato.
Por el momento ese escenario está descartado, ya que será hasta el próximo año cuando se realicen elecciones municipales y europeas, sin embargo, izquierda y derecha ya se enfrentan en las calles.
Francia es un vivo ejemplo del desencanto europeo. No importa de qué signo sea el gobierno, la democracia y la política económica están secuestradas y por lo tanto los escenarios se radicalizan.

El desempleo, el desmantelamiento del Estado de bienestar y la pobreza, vuelven a sacar a las calles a miles de personas, pero también se pasean los nacionalistas, los xenófobos y los fascistas.