Fenómenos culturales masivos modificaron la existencia cotidiana

 Javier Esteinou Madrid

 En el marco de la Segunda Revolución Industrial surgieron en América Latina la radio en la década de 1920 y la televisión en 1950, funcionado mayoritariamente bajo el modelo comercial privado que gradualmente transformaron de manera sustantiva los conocimientos, los valores, los imaginarios, las aspiraciones, las identidades, las conductas, etc., en una idea, la vida de los habitantes de la región. Así, emergieron fuertes fenómenos culturales masivos que de modo paulatino modificaron la existencia cotidiana de las comunidades latinoamericanas, creando sociedades altamente mediatizadas.

Con el fin de comprender el funcionamiento de los medios de difusión colectivos y los sucesos que provocaron en Latinoamérica, se incorporaron mecánicamente desde los años sesenta diversas corrientes de pensamiento comunicacional dentro de las cuales destacó esencialmente la introducción de las escuelas funcionalistas y estructuralistas, impulsada por las concepciones norteamericanas y algunas vertientes europeas. Así, las escuelas de periodismo, comunicación y empresas especializadas en el análisis de los medios quedaron penetradas por las concepciones funcionalistas y culturalistas que elevaron el difusionismo y el desarrollismo comunicacional como principal óptica para explicar la realidad de la comunicación masiva en el continente. Dichas visiones formularon básicamente que los medios de transmisión colectivos propiciaban el desarrollo de las sociedades locales y funcionaban como puentes culturales para introducir la modernidad y el progreso social en el continente. Por lo tanto, no requerían ser analizados desde las estructuras sistémicas del poder o desde las estrategias de la dominación, sino simplemente como instituciones asiladas del complicado remolino social que propiciaban el cambio cultural para generar la prosperidad comunitaria del continente.

De esta forma, en este periodo, se introdujo el estudio de la difusión de innovaciones que marcarían las pautas para nuevos modelos de adaptación social. Se iniciaron los trabajos experimentales de los psicólogos del comportamiento que promovieron las teorías del aprendizaje para la utilización de los canales de información con fines instructivos. Se aplicó un enfoque más ordenado de las teorías de la comunicación que retomaron técnicas de laboratorio, métodos estadísticos y encuestas psicológicas de fondo. Surgió mayor interés por los efectos reales que producían los medios y por los modelos conceptuales homogéneos que pudieran aplicarse a los diversos tipos de sociedades, y no por el cuestionamiento histórico de los mismos, etc.

Sin embargo, ante la incapacidad de los paradigmas teóricos funcionalistas y estructuralistas heredados para explicar los fenómenos dominantes de la comunicación y la dependencia cultural en la región, surgieron lentamente en América Latina las corrientes crítico-reflexivas que introdujeron profundos cambios epistemológicos que paulatinamente dieron vida a diversas nuevas concepciones nacionales de entendimiento de los sucesos comunicativos. Así, en esta etapa crítico-reflexiva, el agotamiento de los modelos de crecimiento y la necesidad urgente de cambio de los países latinoamericanos para crear nuevos equilibrios de desarrollo comunitarios obligaron a comprender a los intelectuales de los Estados nacionales que su práctica de investigación había sido influenciada por prototipos conceptuales de corte colonizante, que no comprendían, ni correspondían, ni resolvían las realidades endógenas de los países de la región.

A través de ello, comenzó a germinar una nueva etapa intelectual contestataria en términos epistemológicos que reconstruyó la relación comunicación-cultura-política-cambio social-desarrollo-construcción de otro proyecto histórico, que examinó la comunicación electrónica, ya no como meras instituciones aisladas promotoras del progreso social, sino como instancias que forman parte de los procesos de reproducción cotidiana de las comunidades. Así, gradualmente se superó la óptica fragmentadora de explicación de los fenómenos comunicativos y se acudió al método de la economía política que analizó las dinámicas de producción, distribución y consumo de la comunicación como parte de los procesos de reproducción compleja de la sociedad, especialmente de los mecanismos de poder y de acumulación de capital a gran escala, y las consecuencias que ello genera sobre la vida de los habitantes.

De esta manera, desde mediados del siglo XX este horizonte analítico introdujo el examen de los sucesos comunicativos, particularmente masivos, desde el ángulo de la multideterminación totalizadora de tales realidades. Dicha perspectiva intelectual de investigación enriqueció la teoría de las mediaciones y abrió, en amplio grado, la temática de observación al incorporar al análisis problemas sobre la estructura de poder de los medios, el flujo nacional e internacional de la información, la concentración mediática, las condiciones sociales de producción de los discursos, los canales como aparatos ideológicos del Estado, la socialización de las conciencias por las industrias culturales, la subordinación de las culturas nativas a las empresas de radiodifusión, la sociedad del consumo, el imperialismo informativo, la democratización de las estructuras de difusión masiva, la apertura a la comunicación alternativa o popular, la ciudadanización de los medios, el impacto de las nuevas tecnologías de comunicación, la instauración de un nuevo Orden Mundial de la Información, etcétera.

En este sentido, se multiplicó en diversas coordenadas nacionales la creación de una actitud de rebeldía intelectual frente a las herencias teóricas y metodológicas funcionalistas y estructuralistas recibidas durante varias décadas en Latinoamérica, que produjo una gran masa crítica de nuevos conocimientos para producir otro sistema de comunicación más plural, abierto, incluyente y justo en la región. Dicha corriente emergió gradualmente en diversos países latinoamericanos teniendo como representantes a José Marques de Melo (Brasil), Armand Mattelar y Valerio Fuenzalida (Chile), Rafael Roncagliolo (Perú), Luis Ramiro Beltrán (Bolivia), Marío Kaplun (Uruguay), Jesús Martín Barbero (Colombia), Daniel Prieto Castillo (Argentina), Raúl Trejo Delarbre y Jorge González (México),  y muchos otros más.

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