La cultura y la comunicación: 20 años después del TLCAN/I-X

Javier Esteinou Madrid

 El nuevo modelo de crecimiento modernizador que adoptó el gobierno mexicano desde principios de la década de los años ochenta para salir de la crisis estructural que dejó la secuela de su último ciclo de crecimiento ocasionó que la sociedad mexicana se adentrara en un nuevo panorama histórico de inevitable globalización de la economía, de integración a modernas zonas hegemónicas y de adaptación sistémica a la modernidad económica global.

Esa gran transformación estructural que experimentó la sociedad mexicana desde 1 de enero de 1994 a la fecha se presumió oficialmente como el nuevo detonador del crecimiento nacional, y cobró forma concreta a través de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) entre México, Estados Unidos y Canadá que funcionó como un mecanismo de integración económica, comercial y social entre los tres países. Dicho acuerdo generó las mutaciones estructurales más profundas desde la época de la post Revolución Mexicana de 1910 hasta nuestros días en las estructuras financieras, políticas, sociales, agrícolas, tecnológicas, mentales, legales, etc. del país. Tales cambios, a su vez, transformaron los sistemas de vida, producción, competencia, intercambio, negociación, organización, trabajo, educación, etc. de la mayoría de la población nacional.

Sin embargo, dichas modificaciones no sólo impactaron sobre la base económica y política de la sociedad mexicana, sino sobre todo repercutieron drásticamente sobre la estructura cultural, informativa, axiológica, emocional y espiritual de los pobladores de nuestra república. De esta forma, partiendo de los principios básicos de la economía política que sostienen que todo cambio generado a nivel de la infraestructura económico-material de una sociedad ocasiona, a mediano o largo plazo, transformaciones correlativas de igual o mayor dimensión en la superestructura ideológico-cultural; se observó históricamente que con las mutaciones jurídico-materiales que introdujo el Tratado de Libre Comercio en el sistema económico del país, se produjeron grandes transformaciones culturales paralelas muy profundas para que dicho proceso material se pudiera cristalizar eficazmente en México.

Así, constatamos que en la medida en que penetraron en el país nuevas empresas del sector comercio, servicios, automotriz, bancarias, alimenticias, telecomunicaciones, financieras, entretenimiento, seguros, deportivas, etc. paulatinamente se construyeron en la nación culturas sectoriales específicas que las legitimaron y contribuyeron a que estas ramas de la economía alcanzaran socialmente sus objetivos económicos, a costa de lo que fuera.

Pero no obstante el enorme cambio psico-mental-emocional que produjo la incorporación acelerada de la sociedad mexicana al proceso de la globalización, lo asombroso fue que dicho fenómeno no ha sido estudiado, ni evaluado, ni medido, ni sistematizado con profundidad por el Estado y los sectores críticos, sino que simplemente se implementó y se continua aplicando automáticamente con las nuevas reglas modernas de la globalización, sin conocer a fondo las consecuencias que provocó sobre la vida de la nación.

Así, si en las últimas dos décadas en otras áreas, la industrial, financiera, comercial, agropecuaria, transportista, etc., el gobierno sí construyó un conocimiento preciso sobre las ganancias o pérdidas del TLCAN en tales ámbitos; paradójicamente, en el terreno cultural y comunicativo, sin contar con análisis específicos, las autoridades dieron por benéficas todas las secuelas ideológicas que se generaron, sin preocuparse por examinar la erosión que generó sobre el proyecto identitario y cultural de la república nacional.

Incluso, sin revisarse y modificarse el contenido del TLCAN se renovó por otras décadas a través de la cumbre de Líderes de América del Norte (Barack Obama, EUA; Stephen Harper, Canadá, y Enrique Peña Nieto, México), realizada el 19 de febrero del 2104, en Toluca, Estado de México.

Ante dicha realidad histórica contundente, el problema actual ya no es preguntarnos veinte años después si aceptamos o no la globalización cultural e informativa que se impuso y atravesó todas las estructuras de la sociedad mexicana de finales del siglo XX y principios del XXI; sino que ahora debemos reconocer, para bien o para mal, que al inicio del tercer milenio la globalización comunicativa es un hecho imparable en el cual ya estamos incorporados como país y del cual no podemos desprendernos para aislarnos de la dinámica mundial. Por ello dos décadas después de la práctica del TLC en nuestra sociedad y de la firma de otros tratados con América del Norte, el Mercado Común Europeo, la zona de los Tigres Asiáticos y los mercados latinoamericanos; los cuestionamientos que debemos colocar en la reflexión estratégica contemporánea de comienzo del nuevo siglo son las siguientes:

¿Cómo con la aplicación de las leyes del mercado del Tratado de Libre Comercio se transformó el esqueleto y la dinámica de nuestra cultura y comunicación nacionales? ¿Cuáles fueron las ventajas culturales que ganó la sociedad mexicana con la anexión al proceso globalizador? ¿Cómo podemos sobrevivir culturalmente como nación soberana en esta rápida reorganización cultural, ideológica e informativa que arrastró al mundo moderno con el severo proceso de globalización que se estableció a escala mundial? ¿Qué se debe hacer en las próximas décadas para avanzar hacia la formación de una cultura orgánica nacional que permita el desarrollo equilibrado del país y no el enriquecimiento de consorcios externos?

Dichos cuestionamientos nos permitirán construir diagnósticos y estrategias estatales y civiles paralelas que permitan enfrentar las consecuencias que generó el TLCAN, sin necesidad de abrir el acuerdo trinacional, pues esta posibilidad ya fue formalmente cancelada en la Cumbre de América del Norte.

 

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