Cultura y comunicación 20 años después del TLCAN/VIII-X ­­­

Javier Esteinou Madrid

Después de 20 años de aplicación de las reglas del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) sobre la cultura y la comunicación nacionales se produjeron transformaciones drásticas sobre dichos ámbitos de la vida nacional que no han sido evaluados por el Estado y la sociedad mexicana. Entre las principales repercusiones destacan los siguientes fenómenos:

14.- La comunicación salvaje.

Al quedar los procesos culturales del país crecientemente regidos básicamente por los principios de la economía de mercado sin contrapesos derivados de la aplicación del TLCAN y el proceso ampliado de globalización y no por otras racionalidades sociales de planificación más equilibradas; la conciencia de la sociedad fue conducida hacia un sistema de comunicación cada vez más salvaje que produjo silenciosamente frente a nuestros ojos una enorme crisis cultural, ética y moral que no ha sido evaluada por el gobierno. Proceso de comunicación bárbaro que se caracterizó por privilegiar lo superfluo por sobre lo básico; el espectáculo por sobre el pensamiento profundo; la evasión de la realidad por sobre el incremento de nuestros niveles de conciencia; la incitación al consumo por sobre la participación ciudadana; el financiamiento de los proyectos eminentemente lucrativos por sobre los humanistas; la cosificación de nuestros sentidos por sobre la humanización de nuestra conciencia; el fomento de la cultura light por encima del entendimiento de la realidad a partir de la cultura de la complejidad; la homogeneización mental por sobre la diferenciación cultural; la ideología del desperdicio por sobre las actitudes sustentables; el impulso consumista por sobre la cultura ecológica orgánica.

Los pocos contrapesos mentales o culturales que se incorporaron en la sociedad mexicana en este periodo histórico como fueron el hábito de la separación de la basura cotidiana para facilitar el manejo de residuos, la verificación semestral de los automóviles para preservar la atmósfera, el cambio de aparatos eléctricos para consumir menos energía eléctrica, la substitución de grandes sanitarios consumidores de mucha agua, por modelos ahorradores de líquido, etc. provinieron de políticas públicas urgentes del Estado para evitar realizar menos gasto público en su gestión de gobernabilidad, y no de la dinámica del mercado a quien dichas actividades no le interesaron por no ser altamente “rentables” desde los criterios econométricos de la ganancia monetaria.

Así, pese a las promesas difundidas por el Estado en el pasado para justificar la aprobación del TLCAN, en los últimos 20 años la aplicación de la dinámica de la “mano invisible del mercado” sobre los procesos de comunicación colectivos, no construyó en nuestras comunidades un sistema de comunicación superior, sino reforzó un modelo de comunicación inferior que ocasionó el retroceso de la conciencia nacional y produjo la anarquía cultural civilizatoria presentada como “progreso globalizador”, “modernidad cultural” y “avance posmoderno”.

Por ejemplo, por una parte, el impacto de esa “cultura parasitaria” generada por el TLCAN en las dos décadas más recientes sobre la estructura de la tradicional cultura alimenticia creó en México el surgimiento de la población con mayor obesidad y diabetes de todo el planeta. En este sentido, las mutaciones axiológicas en el terreno de la educación nutricional que ocasionaron los medios de difusión colectivos al promover el cambio de hábitos alimenticios y el consumo intensivo de alimentos chatarra en la fase de apertura de fronteras culturales, propiciaron la emergencia o acentuamiento en grandes proporciones de la diabetes, la obesidad, la anorexia, la bulimia, la vigorexia, el “desorden del atracón”, etc. que produjeron serias epidemias de salud colectiva en México.

En este sentido, la influencia de dicha cultura depredadora sobre el ámbito nutricional ocasionó que en los últimos años el consumo de verduras y frutas descendiera, mientras aumentó la asimilación de alimentos altamente calóricos. Simplemente, en este periodo histórico México se transformó en el mayor consumidor de refrescos en todo el mundo, rebasando a los Estados Unidos con una asimilación mayor a los 163 litros por persona al año. Tal fenómeno ya supera en 40% a los Estados Unidos en la ingesta de refrescos por individuo, cifra que es muy preocupante, pues tales bebidas no aportan ningún tipo de nutrientes y su consumo está asociado con el aumento de peso, y por lo tanto, con la obesidad.

Esta tendencia sin control de la imposición de la cultura chatarra colaboró a que en las últimas dos décadas México se convirtiera en el segundo país con mayor obesidad en todo el planeta, después de los Estados Unidos. Casi un tercio de los adultos (32.4%) mexicanos sufren de obesidad y casi un tercio de los niños mexicanos tienen sobrepeso o sufren de obesidad rebasando a la población infantil estadunidense. Paralelamente a esto, la diabetes, enfermedad crónica relacionada directamente con la obesidad, afectó a muchos adultos, en un rango que osciló del 9.2% al 16%.

Por otra parte, el impacto de la cultura mercantil sobre la estructura de valores nacionales durante las últimas dos décadas indujo a que los mexicanos se convirtieran en la quinta población del ranking mundial que practicara la mayor cantidad de intervenciones de cirugías plásticas estéticas sobre su cuerpo por no aceptar su propia identidad original y desear incrementar su autoestima personal a través de la identificación con los prototipos de “mujeres exitosas” que promovió el imaginario “femenino moderno” expandido por la cultura de la globalización transnacional.

Con ello, la difusión de la “cultura de modernizadora” impulsada por el TLCAN a través de las industrias culturales y otros soportes informativos masivos, en los últimos 20 años colaboró a substituir progresivamente la “belleza interior” del ser humano por la “belleza plástica externa” de las personas reconstruidas que impuso el modelo ideológico de la globalización.

 

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