Cultura y comunicación 20 años después del TLCAN/XIV-XV
Javier Esteinou Madrid
Desde la firma del Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá (TLCAN) a partir de hace dos décadas hasta nuestros días, se produjeron múltiples repercusiones sobre la estructura cultural de la república. Entre las consecuencias más relevantes, figuran las siguientes:
24.- La crisis ético-moral
El impacto de la dinámica desregulada del mercado salvaje sobre las mentalidades, la comunicación y los sentimientos de la población durante varias décadas en México, generó en el seno cultural del país una profunda crisis ético-moral que es más fuerte que la crisis económica y política y que está contribuyendo, a largo plazo, al silencioso colapso de nación. Es decir, al examinar el origen de la amplia crisis que ha vivido el país, observamos que para comprenderla y resolverla tradicionalmente se han privilegiado, casi con exclusividad, las explicaciones estructurales de carácter económico, político y material que han dado vida a este fenómeno; y se ha olvidado que detrás de dichos factores infraestructurales existe una drástica crisis de cultura y de valores (personales y colectivos) que es la que, en última instancia, provoca el colapso de nuestra sociedad en otros órdenes de su funcionamiento.
No obstante ello, el gran problema frente a este desajuste cultural desapercibido por el Estado y la sociedad es que los cambios económicos, políticos, ecológicos, sociales, sí cuentan con indicadores y procesos metodológicos concretos para calibrar si se han acentuado y reconocerlos en esa proporción; pero la crisis comunicativo cultural que experimentamos no cuenta con instrumentos específicos para sistematizarla y evaluarla, pues no se ha considerado relevante, y en consecuencia, no se han desarrollado indicadores técnicos para evaluarla.
A lo más que se ha llegado en este ámbito cultural ha sido a la aplicación ocasional de diversos prototipos de encuestas para conocer la opinión segmentada de los ciudadanos sobre algunos aspectos de la atmósfera cultural circunstancial que existen en el país, pero no se ha medido el corrimiento, degradación o transformación de los valores, las mentalidades, las tendencias culturales, las actitudes, los deseos, los sentimientos masivos, de los habitantes para poder sobrevivir.
Por esto, a comienzos del tercer milenio socialmente hoy contamos con una extendidísima red de tecnologías de información colectivas audiovisuales de nuevas generaciones muy avanzadas que construyen la sociedad del conocimiento y que penetran todos los rincones de la vida cotidiana contemporánea; pero todavía no conocemos en que etapa de transformación mental o de modificación axiológico colectiva nos encontramos en el país y en el mundo por el uso desregulado de las mismas.
En consecuencia, sólo vivimos los fuertes efectos ético-morales que producen sobre nuestras vidas cotidianas dicho modelo de expansión tecnológico-cultural en el terreno comunicativo, sin saber claramente hacia dónde va el proceso cotidiano de construcción del contenido del gran cerebro social audiovisual que opera en México.
Es por ello que al olvidar o renunciar que la ética y la moral fueran el alma de nuestra dirección nacional, permitimos que el proyecto salvaje de la acumulación pragmática de capital a escala mundial, promovido por la ideología de la “modernidad”, el “progreso” neoliberal y los “sentimientos del mercado”, especialmente a través de los medios de difusión colectivos privado comerciales, actuaron como poderes fácticos que rigieron la dinámica cultural cotidiana de nuestra sociedad.
De esta forma, al incorporarse México aceleradamente al proceso de la modernización internacional, se construyó en el país un nuevo sistema de antivalores que produjeron una cultura de la deshumanización y no del avance de las personas. Así, constatamos que un conjunto de antivalores como el individualismo, el culto al ego, la ganancia monetaria a corto plazo a costa de lo que sea, la avaricia, el consumismo ilimitado, la codicia sin freno, el placer irrestricto, la obsesión por la acumulación, la cultura adrenalínica, el “pasar la vida si molestias o responsabilidades” ahora son presentados por nuestro decadente sistema cultural como los nuevos “valores modernos” que hay que perseguir e imitar para tener éxito y aceptación social.
La hegemonía creciente de este complejo sistema de antivalores nacionales creó el reforzamiento de la cultura del consumo y de la acumulación materialista sin límite que contribuye a exterminar las relaciones de armonía y de formas de vida en nuestro territorio y en el planeta.
En este sentido, por debajo de la crisis de desarrollo material que experimenta nuestro país en la primera década del siglo XXI, existe una severa bancarrota ético-moral que está produciendo el proceso de decadencia de nuestra república como pocas veces se ha presentado en la historia de México, sin que el Estado y los organismos de gobernabilidad, particularmente cultural, lo entiendan y se preocupen por atenderlo.
La presencia de esta devastación cultural que enfrentó la sociedad mexicana a principios del siglo XXI reflejó que no asistimos a una simple reajuste cíclico o coyuntural más de las estructuras económicas, políticas o culturales de nuestra sociedad, sino que ahora experimentamos una profunda crisis de civilización que tiene su origen en el deterioro de su basamento ético-moral.
De aquí, la necesidad urgente que la sociedad civil y el Estado nación replanteen críticamente el modelo de cultura y de comunicación colectiva neoliberal que se heredó integralmente del modelo comercial del siglo XX y que se recrea con mayor fuerza salvaje a principios del siglo XXI en nuestro país.
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