Víctima de la especulación inmobiliaria

Guillermo García Oropeza

Entre las sorpresas políticas de las recientes elecciones, junto con la llegada de el Bronco a la gubernatura de Nuevo León y los éxitos de Morena en la Ciudad de México está el triunfo de Enrique Alfaro Ramírez que lo llevará a la Presidencia Municipal de Guadalajara. Y no sólo eso sino que el partido por el cual jugó Alfaro, Movimiento Ciudadano, gana prácticamente la zona metropolitana que rodea a Guadalajara (tres municipios) así como Puerto Vallarta.

A lo que habría que añadir que también se obtiene la mayoría en el Congreso local. El PRI es derrotado perdiendo viejos cacicazgos como el de San Pedro Tlaquepaque que es hoy una ciudad mediana, no el pueblo pintoresco del pasado que a partir de ahora será gobernado por una mujer del equipo político de Enrique Alfaro. Aunque no lo sabría con precisión, pienso que Movimiento Ciudadano estaría gobernando a unos cinco millones de habitantes sin contar a ese Puerto Vallarta que es uno de los puntos turísticos de primera línea en el país.

El PRI derrotado tuvo, sin embargo, mejor suerte que el gran perdedor de estas selecciones que fue el PAN, el que recibió una verdadera paliza. Habrá que recordar que Jalisco fue un estado clave del PAN que lo gobernó por 18 años. Eso sin contar la gran tradición del panismo tradicional que tenía figuras tan señeras como don Efraín González Luna, uno de los grandes hombres del blanquiazul de los buenos años. Al PRD ni lo mencionamos ni a los partiditos casi inexistentes.

Alfaro, hijo de un exrector de la Universidad de Guadalajara, es ingeniero que estudió temas urbanos en El Colegio de México y pese a su juventud tiene ya una considerable trayectoria en la política pero sobre todo un carisma extraordinario. Cualidades que cuentan pero que quizá no hubieran sido definitivas si no fuera por el hartazgo de los ciudadanos que así castigaron al PRI y a ese PAN que tanto se le parece. Guadalajara votó por el cambio.

El caso de Guadalajara merece nuestra atención. Aquella ciudad provinciana y maravillosa en que viví ya no existe y además no se ha distinguido por saber restaurar su patrimonio. La zona metropolitana de hoy que incluye directamente cinco municipios con influencia al menos en dos más es un ejemplo del crecimiento caótico y desordenado sin previsión alguna. Sin los recursos ni la planeación de la Ciudad de México los últimos gobiernos no han intentado resolver los problemas de todo: vialidad, educación, salud, seguridad. Y esto en medio de una obvia corrupción. Los buenos alcaldes quedan en un pasado ya lejano y la clase política de los últimos veinte años es lamentable.

Si algún signo distingue la nueva Guadalajara es el desorden. Aquella ciudad que Agustín Yáñez llamaba “clara” y que tenía una racional geometría y uso de la tierra fue víctima de una estúpida especulación inmobiliaria y de una expansión industrial que ignoró el medio ambiente y donde el transporte público sería incomprensible para el habitante de una ciudad desarrollada.