“Quien se enriquece no será del todo inocente”.

Salomón

Regino Díaz Redondo

Madrid.-  El rey estuvo serio y austero. Felipe VI lo dejó claro al decir que quien viola la ley está sujeto a sanciones. Aunque haya sido con palabras más suaves, cumplió con su papel. El artículo 155 de la Constitución da facultades al gobierno para intervenir y quitar la autonomía a la comunidad que trasgreda las normas establecidas por la Constitución.

El Estado es él. Nunca mejor expresado. Representa a la máxima autoridad pero no puede legislar sin la aprobación del Congreso. En esto se asemeja al resto de los monarcas europeos y se aleja de los que tuvo España antes de Juan Carlos I.

Mientras su Majestad lo represente hay que respetarlo. Hace bien en avalar la soberanía nacional contra quienes intentar abandonar España.

Por si fuera poco, éste es otro problema que se presenta, a los muchos que ya hay, el 27 de septiembre. La temperatura del país crece por el alto calor político que impera en un medio de reivindicaciones y descontrol.

Los latrocinios de personajes en todo nuestro territorio hacen más débil la estabilidad perdida hace ya varias décadas.

Desde la época de la Transición, dónde el pos-fascismo se llevó la mejor parte, nunca hubo tanta altanería ni convenencieros. Con la desventaja de que la ideología (de alguna manera hay que llamar a la defensa de intereses económicos y de sangre), se diluye en un sinfín de principios sin un origen cierto.

Es una obsesión histórica. No estamos tranquilos sin que periódicamente volvamos a ser enemigos de nosotros mismos. Ni siquiera tenemos adversarios; pertenecemos a varios ejércitos en lucha desde el neolítico social.

Los ismos se convierten en fobias; el debate disminuye y aumentan los insultos. La gente está entre asustada y sorprendida. No sabe qué camino tomar. El ambiente encrespado favorece a quienes desean que las cosas sigan igual.

Los tímidos son buenas personas y están convencidos de que los cambios pueden traer peores consecuencias. Así será difícil avanzar. Es posible que, al final, gane el humanismo, palabra en desuso. Por lo pronto, el que está a nuestro lado es el quietismo. El espíritu español tiende a conservar la inmovilidad de siempre aunque nos recorten la libertad o un brazo…. “reservado para caballeros mutilados…, en el metro del caudillo”.

Artur Mas está acorralado dentro de su particular ética. Es rencoroso e insultante. Oriol Junqueras, de ERC, le insufla gas contaminado anti-español todos los días. Ambos son los protagonistas de una nación en subasta donde siempre han vivido y a cuyo prestigio dieron lustre.

El presidente de la Generalitat lo grita: “vamos a por todas… no hay vuelta atrás…”. Y achucha al Parlament con frases como “…no soy candidato al gobierno de Cataluña sino miembro de una lista harta de que Madrid nos expolie…”. Argumento vil y falso.

Agita  la estelada, bandera respetable, mientras la insulta y la mancha cuando utiliza armas arrojadizas que nada ayudan a su pregón democrático.

Para la gente como él, que no es mayoría, los españoles somos “un pueblo de vagos, que vive de sus castañuelas y las corridas de toros”. Algo que repite hasta el cansancio, Marta Ferrusola, matriarca de la familia Pujol, cada vez más embarrada del tráfico de influencias.

El jefe del clan, Jordi, es para Mas “mi padre ideológico y mi guía”. Para demostrarlo se opone en la Cámara de Diputados catalana a que se le investigue por la serie de ilícitos cometidos desde que don Florenci le legó una herencia que nadie sabe de cuánto es ni qué lugar proviene.

Sabe bien Artur de los chantajes que hizo el patriarca desde la Generalitat. Conoció Mas los tejemanejes y no lo impidió en su momento ni permite que ahora se enjuicie al ex molt-honorable por sus tropelías.

Pujol sobornó y Mas lo sabe. El momento es crucial, las urnas catalanas darán una mayoría simple a quienes buscan la independencia en el mejor de los casos. Pero la suma de los votos de las demás fuerzas políticas tiene que impedir la secesión.

Para ser más exactos, Artur Mas no es el rey Arturo sino el pequeño Nicolás. Aun suponiendo que él sea hombre honesto, es cómplice de presuntos delincuentes a los que protege para conseguir el propósito de ser el mártir de la independencia.

Por su parte, Mariano Rajoy no contribuye en absoluto a desvanecer los sueños de quienes aspiran a que Cataluña sea un país. Pone en alerta a los tres Poderes del Estado. Lo repite como estribillo por aquí y por allá.

Hace unos días, mientras nadaba en el río Umia, cerca de Pontevedra, quiso emular al líder Mao Tse Tung. Éste se bañó en el río Yangtsé, después de terminar la gran marcha que lo condujo al poder. Nuestro presidente, chapotea “con la sorpresa de quienes ya están en el agua…” para demostrar su entereza y buena salud física. Pero y ¿dónde está la salud política?.

Las mentiras de Mas y Junqueras se han hecho públicas y son evidentes.

Acuden a las elecciones de septiembre como si fuera votación regional. Pero ambos lo expresan: “es una auscultación plebiscitaria…”, reiteran con cinismo.

Las paradojas se dan por todos lados de la península. Vivimos en un clima ocupado por pobretólogos, ricófilos, secesionistas, embusteros, aprovechados… y la esperanza.

Se elaboran encuestan como rosquillas, churros y porras. España aguanta y persevera pero no odia. El resto de los ciudadanos respeta a Cataluña y desea fervientemente que no se aleje de España. No hay rencores ni envidias. Ven a este viejo país como la sede de personas que han sufrido ataques de todos los colores. Y que todavía existe aunque maltrecho.

Quienes siembran la cizaña y exhortan a la hispanofobia, son despreciables y no tienen lugar en un mundo que se debate entre la enorme desigualdad, la ignorancia, la elegante casa del FMI y las chabolas, innumerables poblados que rodean nuestras ciudades.

Asistimos a un singular momento en el que el ocaso está a punto de cerrarse para dar paso a una aurora que todos necesitamos.

El que no lo entienda así terminará dándose de topes contra los innumerables muros que todavía existen en el planeta.