“No desperdicies el silencio, habla; no desperdicies el papel, escribe”
Jacinto Benavente
Regino Díaz Redondo
Madrid.- Si a la orilla del Éufrates nació hace tanto tiempo la civilización más longeva y envidiada, en la ibérica península se fundaron y arraigaron hoy los Indignados convertidos en referencia para la transformación económica y política que recorre Europa.
Esta vez toca a dos países mediterráneos encabezar la rebelión social. Desde hace cuatro años, la puerta del Sol y la plaza de Sintagma en Grecia, abanderan un movimiento que reclama el derecho a tener una vida menos desigual.
Es una revolución pacífica pero que irrita. Surge del autismo del norte del continente que, con malas artes, divide el mundo en dos: quienes usufructúan el poderío casi total y los olvidados desde que terminó la Segunda Guerra Mundial.
Corresponde a éstos últimos la ineludible misión de transmitir el caudaloso entusiasmo que permita alcanzar niveles más humanos y parejos entre los ciudadanos.
La explotación que realizan los países prósperos que se apropian de los derechos de los demás y no tienen obligaciones, llega a su fin. Es el principio del recorrido hacia la meta aún lejana a donde llegaremos pronto para disfrutar de los bienes que son propiedad de todos.
En el camino quedan los obcecados, avaros y manchados por el uso del poder. Los iremos apartando porque no supieron manejar el concepto de libertad. Creían que esta era para ellos, depositada en ellos como un don divino.
Nosotros los inferiores tuvimos que callar mucho tiempo y supeditarnos, aguantar estoicos los golpes de sable. Parecía nuestra labor en la historia. Nada de protagonismo, éramos fieles al mandato ajeno, el que nos tenía el pie encima, de los que abusaban. Aquéllos que perdieron el juicio envenenados por el lujo que produjo soberbia.
Ahora nos damos cuenta que los privilegiados se mantienen por nuestra pasividad y miedos. Nos ordenan porque no nos sublevamos. Importa más conservar la piel ajada que reivindicar lo que nos corresponde.
Entonces fueron dueños de castillos, reyes con cuota geográfica muy reducida, terratenientes, servidores sin orgullo ni conciencia. Y amos.
En estos momentos la gente entiende que esas razones son zafias y que nuestra misión es sólo una: demostrarnos que el equilibrio entre los hombres no sólo se consigue con la violencia. Aunque es cierto que las diferencias sociales dan paso a enfrentamientos a veces sangrientos.
Hay que dar el primer paso, ponerse en manos de políticos honestos y capaces que lo prueben y que lo comprobemos. Bastante hay con soportar la corrupción generalizada en nuestra nación.
Los robos de cuello blanco o azul ahuyentan a inversores a la larga. Los capitales golondrinos se van cuando sale la pus del cuerpo envenenado de la trama Gurtel, Púnica, Bankia, tarjetas black, etc.
España es un largo renglón de contradicciones. Un conglomerado soberbio, egoísta y orgulloso. Lo anterior sólo trajo desazón, malestar y muerte. Fue algo insoportable. Nadie, ni aún los vencedores, disfrutaron plenamente de su codicia.
¿Se ha hecho tarde?
La respuesta es obvia. Nunca es tarde para volver al sentido común, para abandonar el inmovilismo; las raíces a veces son molestas pero necesarias. Nuestra nación de naciones vuelve a ser motivo de controversia. Los nacionalismos son producto de un mal entendimiento entre los sectores que marcan nuestra cotidiana forma de ser.
Si los opacos de siempre mueven ficha y participan, si votan, si desean efectivamente cambiar el sistema que nos oprime, se habrá ganado bastante en la lucha que libramos para conseguir un futuro mejor. Los Indignados son el núcleo de una serie de actividades que estamos desarrollando para emancipar nuestro presente, acabar con el costumbrismo inadecuado, modificar mentes y sentimientos, respirar oxígeno más puro y aligerar nuestros pasos hacia un bienestar común.
Bienvenidos los religiosos, los que creen en Dios o los agnósticos. Pero desechemos a los que su único credo es exprimir a los demás. Sin saber que éstos ya están secos, que nada tienen que dar aunque los aplasten. Y que, por el contrario, están cansados del expolio y pelearán a cambio de una mejoría general.
Allá, en Atenas, los políticos de Syriza buscan salidas que parecen desordenadas pero que llevarán a cumplir con una serie de normas que erradiquen la miseria y la opresión creada por bancos y multinacionales que manejan vidas y costumbres a su libre albedrío.
No olvidemos que los gritos de españoles y griegos han llegado a Wall Street con Occupy, que rondan la puerta de Brandeburgo y se oyen en los Campos Elíseos.
Sepan los ignorantes por conveniencia que Latinoamérica tiene cada vez más presencia con sus movimientos populares, que no soporta gobiernos blandengues ni contaminados. Entiendan que los asesinatos del narcotráfico aumentan la irritación de la mayor parte de los habitantes.
El trayecto hacia un mundo mejor, repito, se ha iniciado. Continúan olvidados los crímenes que se cometen en África por individuos como Boko Haram. Mantienen su hegemonía aún las dictaduras como en Guinea a cuyo presidente se le rinde pleitesía en países que se dicen democráticos.
Pero todo esto terminará muy pronto, con la participación activa de los que estuvieron dormidos durante décadas. Quien no despierte en estos momentos no debe tener derecho a reclamar nada para sí. La gente ha de comprometerse, participar, arriesgar para tener recompensa.
De los oscuros individuos que viven para comer surgirán los que comen para vivir. Sancho Panza es útil siempre y cuando tenga a su lado al Quijote. Los molinos de viento dan paso a las fantasías de antaño que ahora se vuelven realidad por el ímpetu de los nuevos actores de esta obra teatral que ya apunta a ser una de las más vistas y reconocidas en el planeta.
Sin asumir responsabilidad individual nadie tendrá derecho al bienestar colectivo que llega. La mediocridad está también en el importamadrismo de muchos. No lo olvidemos.
