“La democracia de la UE es sólo decorativa”

Jürgen Habermas, filósofo alemán.

Regino Díaz Redondo

Madrid.- Vamos a ver, lo que en otros tiempos no hubiese ocupado ni tres líneas en diarios ni un minuto en televisión, es ahora el origen y el resultado de la indecencia de nuestra sociedad que se asusta de su propia miseria y llena la mayoría de los espacios informativos de Europa.

En los rieles del tren en Budapest, una mujer forcejea con los policías apoyada la cabeza sobre el hierro y con su hijo en alto. Vocifera, que es lo único que le queda, y, con angustia, grita a todos y a nadie. Porque no hay quien la escuche pero sí la golpean y arrastran como si fuera desecho.

Antes, muy poco antes, un niño, Aylán, aparece muerto en una playa mediterránea y la imagen recorre el mundo entero. Es la vergüenza de la actual civilización occidental de la que muchos todavía se vanaglorian.

Insólito lo que pasa con los refugiados sirios, afganos, kurdos, iraquíes y africanos en general, que mueren cuando intentan alcanzar las playas de los países balcánicos para llegar a Alemania, la tierra prometida.

En barcos rudimentarios, balsas inflables y naves frágiles intentan entrar en este continente; sólo quieren encontrar un trabajo digno, terminar sus estudios, afianzar una familia o buscar un porvenir medianamente seguro.

Sólo eso y nada más que eso.

Ocurre que durante meses el éxodo de la gente que se congrega en Siria para cruzar el charco europeo, ofrece escenas que nos recuerdan las avalanchas de personas que emigraron en España entre el 36 y 39, fuera del alcance del dictador asesino. Ahora los inmigrantes son recluidos en tierra inhóspita donde se les da de comer bazofia.

También me viene el recuerdo de los campos de concentración nazis donde los judíos fueros masacrados por las hordas hitlerianas.

Después, termina la Segunda Guerra Mundial, y con el visto bueno de Estados Unidos a los residuos del fascismo (léase Franco y Cía.), siguió la fuga de gente a otras partes de Europa y América.

Querían liberarse de los matarifes españoles que aún persisten en la memoria de muchos políticos de una ultraderecha nauseabunda que navega con la bandera de la democracia y se hace del dos en la bandera nacional. Y en cuantos símbolos decentes haya. Como entonces.

Un asunto, que no tenía por qué agravarse, ha producido la indignación en el mundo.

Bashar El-Asad, ejemplo de totalitarismo, destroza su patria y mantiene en pie de guerra desde hace cinco años en su país, ya casi desdibujado.

Así es, aunque resulte increíble. Lo que nos concierne es ubicar en un continente de 500 millones de habitantes a 350 mil inmigrantes venidos del cercano oriente desde el Sájara. Es, pues, una cifra insignificante que asusta, de todas formas, a los gobiernos neoliberales que se disputan el poder.

De Siria salieron, desde hace cinco años, cuatro millones de personas, fueron a Libia, Macedonia, Afganistán y algunos atravesaron el Atlántico hasta Canadá donde fueron expulsados sin miramiento.

Los gobernantes que se proclaman defensores de los derechos humanos han sido los más reacios en aceptar a estas personas porque, como acaba de decir el primer ministro húngaro, Víktor Orbán “Si les abrimos las puertas nos van a mulsulmanizar”. Es preciso atajarlos”.

Mientras tanto, los que mandan, los demócratas de pacotilla, los envían a campos de reclusión, como en los viejos tiempos.

El ejecutivo húngaro sigue ahí. Nadie lo censura, nadie cuya voz sea escuchada, lo increpa públicamente. Para algunos es casi un semi-héroe que quiere mantener la sangre de los europeos limpia de contaminaciones.

Los partidos neonazis de Alemania, Grecia, Francia y algunos más que viven en Estonia y República Checa, lo aplauden. Aquí, los nostálgicos de siempre dan pocas señales de vida. Pero el gobierno se encarga de consentirlos. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel  García-Margallo, ha dicho que no es posible aceptar a unas 14 mil personas porque hay que tener en cuenta el alto desempleo en la península.

Luego, rectifica y mira hacia el norte, “a mamá Ángela”, como dicen los refugiados. Lo que usted ordene, doña. Pero ahí queda, aunque no del todo. También el jefe del gobierno hará lo posible por acoger si se lo ordenan. Nunca antes.

Actúa así desde que llegó a la Moncloa. Ni un paso sin consultar a los que mandan en la Unión Europea. Lo que no tiene su beneplácito, no sirve, nos cruzamos de brazos que es la habitual forma de posar de don Mariano.

Paradójicamente, la canciller alemana y las autoridades austriacas se han convertido en las redentoras de los migrantes. Abren sus puertas por conmiseración, compasión y porque saben, con inteligencia, que no se puede hacer otra cosa, porque si no serán repudiados.

Pero en España el Ejecutivo no se da cuenta. La sociedad civil, las comunidades autónomas y los ayuntamientos que triunfaron el 24-M, se han sublevado y, junto a algunos sectores de la Iglesia Católica, abren sus puertas a quienes tocan en ella para recibir pan y cobijo.

Ejemplo claro de que este gobierno no compagina con los españoles. Es evidente que no hay que discriminar sino acoger. Y doña Ángela lo hace a tiempo y muy bien. Al menos hasta ahora.

Se ha escrito ya tanto sobre estos sucesos que enumerarlos sería prolijo y reiterativo. Lo que persiste en la mente de los habitan en Europa es que hay que ser solidarios porque en otras naciones, allende las aguas, lo fueron en su tiempo.

Sólo hay que exigir igualdad en el trato para los que huyen de la guerra y la miseria.

Hasta el momento, se calcula en 2,500 los muertos en las aguas mediterráneas en un año, mientras intentaban llegar a buen puerto. El trasiego es alcanzar Grecia, seguir por Turquía, llegar a Hungría y entrar en Austria y luego en Alemania. Muchos de ellos ya lo están logrando. Alabado sea el humanitarismo.

Pocos recuerdan ya los crímenes del führer. En París, en plena ocupación, los franceses adoptaron un insulto como suyo: “sal-bochs” (puercos alemanes) se gritaban entre sí para demostrar su enojo.

La sociedad corrupta occidental empuja a una rebelión internacional. Habrá más víctimas, tantas como perdure la insensibilidad colectiva.