Isaac Salinas, tenor cubano-mexicano-estadounidense
Mario Saavedra
Desde hace casi tres décadas conozco y he seguido de cerca, incluso después de que desde hace más o menos quince años se fuera a radicar a Miami, al tenor cubano-mexicano-estadounidense Isaac Salinas.
Admirador de su vocación y de su tesón, de sus facultades vocales, siempre he disfrutado cada uno de sus éxitos, entre otras razones porque él y su esposa Doris (ella es una sabia corredora de arte y una inspirada chef con ya varios libros publicados) son gente de bien y finísimas personas, con quienes mi esposa y yo hemos ido estrechando una amistad que bien se sigue fortaleciendo a partir de intereses comunes, entre otros, una admiración y un cariño crecientes por ese inolvidable personaje de otros tiempos que fue el este año centenario gran polígrafo veracruzano Rafael Solana.
Asistimos a la boda de dos de sus tres hijos, herederos todos de valores supremos que les han sabido inculcar sus padres, y aunque ninguno de ellos es músico (un hermano de Isaac es pintor destacado y de honda raigambre), son muchachos cultos y devotos amantes y promotores del arte.
La carrera de este educado y poderoso tenor con ya larga trayectoria, capaz en los más diversos géneros en los cuales ha incursionado con éxito a lo largo de ya más de cinco décadas, vino a enriquecer con probada solvencia la actividad belcantística nacional, y si bien ya tiene casi tres lustros fuera de México, sigue estrechamente ligado a este país no sólo porque en él ha dejado una perdurable memoria por su trabajo profesional y dedicado, sino porque aquí viven dos de sus hijos y sus propias familias arraigadas en el país que les vio nacer.
Con una carrera estimable dentro y fuera de México, en importantes casas de ópera de Europa y Estados Unidos, porque la crítica especializada ha hecho énfasis tanto en su depurada técnica como en su capacidad interpretativa, en una vocación musical de igual modo admirable y conmovedora, Isaac Salinas ha sido portador de un oficio que le ha permitido lucir con brillo en las más disímiles líneas de canto: las óperas sobre todo italiana y francesa, el lied, el canto napolitano, el oratorio, los erróneamente llamados géneros chicos (opereta y zarzuela) y la canción popular hispanoamericana.
Espléndida discografía
Si los escritores se perpetúan en las ediciones de sus obras, las voces, y de ello ha estado consciente Salinas, lo hacen en las grabaciones, de lo que este tenor ha ido dejando amplia constancia en por lo menos una veintena de celebrados registros discográficos. Óperas completas y arias sueltas, lieder de diferentes periodos y lenguas, canción napolitana, opereta y zarzuela, repertorio de la ecléctica y rica tradición latinoamericana (sobresalen, aquí, clásicos de los acervos tanto popular como académico cubano y mexicano), romance sefardí, canciones gala y anglosajona, entre otros muchos apartados de la buena música sin etiqueta, confirman esta encomiable preocupación de Salinas por legar un más que representativo muestrario del que ha sido un itinerario artístico-musical que bien ha servido de ejemplo de la que ha sido una carrera fructífera. Demostración de su amor por la música, por la buena música de concierto o popular, algunas de estas constancias discográficas han abonado también al rescate y la difusión de obras y autores menos conocidos, como en su momento lo fue, por ejemplo, lo hecho con la bella zarzuela cubana Cecilia Valdés, de Gonzalo Roig, a partir de la ya paradigmática novela homónima de Cirilo Villaverde.
En varias ocasiones he hecho referencia, aquí y en otros espacios, a esta copiosa y espléndida labor discográfica del tenor Isaac Salinas, quien en sus múltiples grabaciones ha cubierto ya prácticamente todos los géneros artísticos de la llamada música clásica y el no menos amplio espectro popular. Pero atraído él mismo por esa experiencia única e irrepetible que significa la presentación en vivo, tanto para el artista como para el público que lo constata, también me he ocupado a lo largo de estos años de su no menos amplia y provechosa labor en varios importantes teatros dentro y fuera de México, a favor de un prestigio que bien ha sabido mantener y acrecentar con el paso del tiempo. Por lo hecho en beneficio de la música, dentro y fuera de los escenarios, se ha hecho acreedor a varios reconocimientos e insignias.
Dentro de este amplio y variado legado discográfico, dentro del cual tiene un lugar especial la música mexicana, recuerdo por ejemplo su emotivo Tributo a Agustín Lara, que apareció para conmemorar, en 1997, el primer centenario del nacimiento de nuestro tan querido como admirado “Flaco de Oro”.
O su Gala mexicana, también con el tradicional sello Orfeón, que constituye un sugestivo itinerario por lo más granado del popular acervo romántico nacional, con obligadas paradas en la inagotable fuente poética de autores como Jorge del Moral, Alfonso Esparza Oteo, María Grever o Manuel M. Ponce. Otro tanto habría que decir de sus dos volúmenes con canciones napolitanas, sin desmerecer en nada a lo hecho por otros tenores y barítonos de inolvidable memoria, y de su disco con lieder de los catálogos alemán, ruso, francés, italiano y hasta noruego, con clásicos de compositores como Schubert, Tchaikovski, Brahms, Massenet, Fauré, Haendel, Franck, Gounod o Grieg.
Entusiasta labor didáctica
Artista generoso, desde su residencia en Miami ha fortalecido su no menos encomiable vocación docente, tanto en universidades y conservatorios como a través de clases particulares, a través de cursos y clases magistrales que bien han logrado sembrar su semilla en ya varias generaciones de músicos e intérpretes. Esta no menos entusiasta labor didáctica ya ha dado sus frutos, porque en el terreno de la lírica —y por qué no de los propios acervos populares— siempre resulta vital no sólo la transmisión de conocimientos teóricos y técnicos, propiamente musicales, sino también el compartir experiencias en torno a la interpretación y el manejo del escenario, a una adecuada selección de repertorios afines al color de la voz y la evolución de la misma, a un sabio cuidado de ese maravilloso instrumento que es la voz humana.
