Estado padrastro/III-X
Javier Esteinou Madrid
Mediante la imposición unilateral por la Secretaría de Gobernación en 2015 de los lineamientos programáticos para la transmisión de los programas grabados en televisión abierta, no sólo se fijaron las nuevas normas para la difusión de éstos; sino que también se generarán graves consecuencias para la sociedad mexicana, entre otras, en el terreno cultural, de la salud física, de la salud mental, de los derechos humanos, de la identidad nacional, de la democracia y de la política.
Así, en el ámbito cultural se producirán las siguientes repercusiones.
- Los nuevos criterios no sólo evadieron corregir el tipo de programación inadecuada que existe actualmente en la televisión mexicana, sino que la agravaron colocando en horas más tempranas al alcance de los niños y las familias contenidos más duros de violencia, adicciones, valores antisociales, escenas fuertemente sexuales, capítulos del narcotráfico, prostitución, sustancias nocivas, trata de personas, discriminación de sujetos, humillación de género, esterotipación de la vida, ridiculización de individuos, lenguaje soez, alimentos nocivos, hábitos alimenticios insanos, presentados atractivamente como diversión, entretenimiento y como tendencias aspiracionales para imitarse conductualmente como parte de la “modernidad” del “éxito social”.
Ante las críticas de diversos sectores de la sociedad civil hacia ésta política de Estado, los funcionarios del gobierno argumentaron, en primer término, que al Estado no le corresponde supervisar la educación de la niñez, lo único que le atañe es fijar los horarios de transmisión, los criterios de clasificación de la información, vigilar que se cumplan y aplicar las penas correspondientes en caso de que se violen las normas. La responsabilidad fundamental de la asimilación de tales torrentes informativos negativos por la niñez es de los padres, tutores o adultos, pues son ellos los que deben vigilar lo que ven sus hijos. La Secretaría de Gobernación no puede hacer lo que no se hace en casa.
Ante este planteamiento, es indispensable resaltar que, efectivamente, los padres son los responsables, en última instancia, de lo que suceda en el interior de sus hogares; pero al Estado le corresponde crear y supervisar las políticas comunicativas más virtuosas para el funcionamiento sano y armónico de la sociedad.
De lo contrario, ¿para qué queremos los ciudadanos al Estado, si no es para crear el orden social básico que permita la convivencia colectiva con el mayor grado de civilidad posible?
Esta situación obliga a tomar en cuenta, por un lado, que una de cada tres familias en México, son monoparentales (dirigidas por un solo padre); y por otro lado, que debido a la gran complejidad de la “vida moderna”, cada vez más, los pequeños no cuentan con la presencia de sus padres o adultos para que los acompañen a ver la programación en esos horarios, pues deben trabajar o dedicarse a otras labores para solucionar sus vidas.
Todo esto ocasiona que los padres no puedan acompañar a sus hijos en la vida cotidiana; y en consecuencia, la mayoría de los pequeños reciban directamente solos la avalancha voraz de la mercadotecnia mediática, sin ninguna capacidad de madurez, filtro, criterios, jerarquización, orientación, valoración, modulación, discusión, educativa, ética o cultural para quedar protegidos ante los contenidos de los mismos.
En segundo término, los representantes del Estado, los concesionarios y las agencias de publicidad sostuvieron que si los niños, cada vez más, pueden ver paralelamente toda esta información inadecuada a través de las televisión restringida, por los videojuegos y por internet, entonces, ¿por qué alarmarse tanto si ahora la recibirán mediante los canales abiertos de televisión, pues ya es algo que previamente existe diariamente en el seno de la sociedad?
La respuesta es muy sencilla: el que el Estado irresponsablemente haya evadido o renunciado a regular en fases anteriores el funcionamiento de los contenidos de la televisión restringida, los videojuegos y otras zonas de socialización en el ciberespacio, a favor del bienestar de la infancia; ello no es ningún fundamento para que esa irresponsabilidad o cinismo se incremente más, sino al contrario ahora es indispensable que se corrija de fondo dicho abandono normando todas las instancias que ocasionen ese mal estructural para la educación de la niñez.
Es debido a la razón de ser del Estado mexicano que a este le corresponde proteger a la niñez y no delegar irresponsablemente esta tarea sólo a los adultos, o dejarla ventajosamente a la dinámica comunicativa de las leyes del mercado voraz sin límites.
De lo contrario, sería igual a sostener por parte de las autoridades que como ya existe basura en las calles del país el Estado debe permitir que se tiren más deshechos en las avenidas hasta que se tapen las alcantarillas públicas y se colapse el funcionamiento operativo de la sociedad.
O como ya existe mucha violencia descontrolada o deterioro social acentuado en el seno de las comunidades, no importa mucho que los medios incrementen más agresión en la atmósfera del país.
O que como muchos ciudadanos no respetan la luz roja en los altos viales de las ciudades; el Estado debe quitar o relajar los semáforos y dejar que cada conductor decida cómo atravesar las calles de las metrópolis.
En el fondo dicha pasmosa argumentación de los representantes del gobierno, es el reconocimiento oficial de la derrota del Estado mexicano para regular las garantías culturales mínimas para la adecuada formación psico-emocional-cultural de las nuevas generaciones y la entrega de su rectoría a las reglas del libre mercado insaciable de las industrias electrónicas monopólicas en el país.
- Las pautas aprobadas son opuestas a las mejores prácticas a escala internacional, donde la tendencia de las naciones es aumentar la protección de la niñez, al reducir el número de horas para la transmisión de los contenidos no aptos para la infancia y difundirlos en horarios muy acotados.
Sin embargo, por el contrario, en México manipuladoramente se extendió el horario para las audiencias infantiles, lo que implica exponer a las niñas y niños a los talk shows, las telenovelas de adultos, los reality shows, las narrativas incitadoras al consumo de alcohol, programas exageradamente dramatizados, las series ultraviolentas, los programas de concurso humillantes, la publicidad de “productos chatarra”, sin ninguna propuesta didáctica o cultural que los pudiera acotar.
Por ejemplo, en España está prohibido difundir contenidos que no sean idóneos para menores antes de las 20 horas; en Inglaterra el horario infantil termina hasta las 21 horas; en Francia hasta las 22 horas, y sólo después de esos horarios se pueden difundir mensajes para adultos.
Es decir, de acuerdo con este proyecto, quedó claro que la Secretaría de Gobernación no analizó las tendencias más virtuosas a escala mundial, ni contó con la asesoría adecuada para la elaboración de este tipo de documentos; sino que únicamente se guió deliberadamente por el objetivo de favorecer los intereses mercantiles de las grandes empresas audiovisuales del país sacrificando el bienestar psíquico de la infancia.
Por ejemplo, ante la aplicación de esta política pública en el terreno psicoemocional es fundamental que el Estado tenga en cuenta que debido a la información y valores que reciben los infantes de los medios de información masivos éstos ya perciben a la sociedad mexicana sumida en un profundo caos estructural.
Así, los resultados de la Encuesta Infantil y Juvenil 2015, en la que participaron 2.6 millones de personas, reflejó que debido al impacto que producen las imágenes de violencia que sistemáticamente reciben los niños ocasionó que algunos pequeños de cinco años en Michoacán dibujaran al lado de su casa un hombre de cabellera rizada sosteniendo con la mano derecha una cabeza degollada de la que escurre sangre, y en la otra, un cuchillo del que también caen gotas rojas. Otros chicos de cinco años en Veracruz ilustraron a una persona que le disparaba a otra que se desangraba. Más niños morelenses graficaron un tiroteo alrededor de su contexto de vida habitual.
Embarcados colectivamente en dicha tendencia desintegradora a través de tales políticas públicas, es indispensable cuestionar hasta qué grado de deterioro psíquico, moral, educativo, cultural, ético, llevará este modelo de programación a la sociedad mexicana; al permitir que los niños queden expuestos cotidianamente a la difusión de más escenas de fuerte agresividad, alimentos nocivos y descomposición comunitaria.
