Mensaje del Papa en Modesto, California

Guillermo Ordorica R.

Hace unos días concluyó, en Modesto, California, el Encuentro de Movimientos Populares. El evento reprodujo en Estados Unidos el modelo de los Encuentros Mundiales de Movimientos Populares, a los que ha convocado el papa Francisco para que los pobres no se resignen a su suerte y sean protagonistas del proceso de cambio.

A la fecha se han efectuado tres Encuentros Mundiales, sucesivamente en Roma (2014), Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, (2015) y nuevamente Roma (2016). La reunión de Modesto fue la primera a nivel regional y estuvo organizada por la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB), el nuevo dicasterio vaticano para la Promoción del Desarrollo Humano Integral y la organización Personas Mejorando sus Comunidades a través de la Organización (PICO).

El activismo de la USCCB es sorprendente, habida cuenta de que la cita de Modesto ocurrió apenas un par de semanas después de que se efectuó el Primer Encuentro Bi-Anual Texas-México, donde los obispos fronterizos de ambos países, reunidos en McAllen, formularon un enérgico llamado a favor del respeto a los derechos humanos de los migrantes.

Y no es fortuito que así sea; los titulares de las sedes episcopales, siguiendo planteamientos puntuales del Papa, dieron testimonio, una vez más, de su voluntad de romper con las condiciones que generan marginación en Estados Unidos y de construir una cultura que eduque en las causas estructurales de la pobreza y permita a la gente participar en procesos que la reviertan.

La reunión en California fue de marcado contenido social. Encabezados por veinte purpurados estadounidenses, los más de 700 participantes provenientes de doce países, trabajaron para identificar respuestas colectivas a temas relacionados con trabajo, discriminación, vivienda y migración, entre otros.

Aliados con los pobres y sus causas, seguramente tuvieron en mente posicionamientos históricos de la doctrina social de la Iglesia, inaugurada por León XIII en 1891 con la publicación de su encíclica Rerum Novarum (De las cosas nuevas), en la que se refería a la situación de los obreros y denunciaba los abusos cometidos en contra de ellos.

Desde entonces, la experiencia vaticana en temas de justicia social se ha enriquecido gracias al aporte de sucesivos pontífices, en particular de aquellos de marcado pensamiento progresista, como ocurre con Juan XXIII, quien a principios de la década de los sesenta inauguró el Concilio Vaticano II y “actualizó” a la institución eclesiástica” (Aggiornamento della Chiesa) con documentos relevantes como la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual (Gaudium et Spes).

Las lecciones de ese concilio revolucionario, que tanto incomodan a los conservadores, son eje rector del pensamiento de Francisco, el Papa latinoamericano que aboga por la teología del pueblo y el compromiso preferencial de Roma con los pobres.

El mensaje de Jorge Mario Bergoglio al encuentro de Modesto seguramente generó resquemores en sectores de Estados Unidos donde pululan dogmatismos evangélicos que nada aportan a la educación de las masas en la justicia social y sí, en cambio, atizan la intolerancia. En su parte medular, el mensaje sostiene que el sistema económico que rinde culto al “dios dinero” genera heridas reales, como desempleo, violencia y corrupción. En la calificada opinión papal, dicho sistema económico es una estafa moral, que propicia “el vaciamiento de las democracias.” Esta última reflexión, agudísima, merece ser profundizada.

Internacionalista

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