Arabia Saudita e Irán
Luis Mesa Delmonte*
El reciente intercambio de discursos amenazantes de parte de Arabia Saudita e Irán respecto a un posible enfrentamiento bélico futuro, sigue mostrando que ambos rivales aún tienen espacios para continuar incrementando tensiones, antes de llegar a un deseable proceso de diálogo, que pase por el restablecimiento de relaciones diplomáticas y por la construcción de una atmósfera de coexistencia y cooperación regional.
La monarquía saudita, enfrentada con Irán en varios escenarios de conflicto en la zona como Yemen, Líbano, Siria, Irak y Bahréin; enojada por el acuerdo nuclear logrado entre seis grandes potencias mundiales y la República Islámica de Irán; frustrada por su empantanamiento en los conflictos yemenita y sirio; y probablemente envalentonada a partir de la rápida recuperación de un canal de diálogo estratégico con la administración Trump -que aspira a tener de aliada en las presiones contra Irán-, parece aprovechar la coyuntura para adoptar una posición de mayor fuerza, al menos en el discurso.
Las relaciones bilaterales entre Riad y Teherán han sido por lo general muy tensas desde el triunfo de la revolución islámica en Irán en 1979, aunque tuvieron algunos momentos de mayor armonía a partir de la política de diálogo de los años del presidente Mohamed Khatamí entre 1997 y 2005. Pero ya más recientemente, el incremento de la rivalidad, llevó a una nueva crisis y a la ruptura de relaciones diplomáticas en enero del 2016.
Mohamed bin Salman, príncipe heredero sustituto, ministro de Defensa, y presidente del Consejo para Asuntos Económicos y Desarrollo, tomó la actual iniciativa de ataque verbal contra la República islámica de Irán cuando declaró en una muy trasmitida entrevista televisiva a inicios de mayo que: “No esperaremos hasta que la batalla se libre en Arabia Saudita, sino que trabajaremos para que la batalla ocurra allá, en territorio iraní”.

Al argumentar su punto de vista, dijo que los líderes chiítas iraníes estaban planificando ocupar la Meca y establecer su dominio sobre los mil 600 millones de musulmanes que existen en el mundo actualmente, como preparación a la futura llegada del Imam Mahdi. (Para el credo chiíta duodecimano iraní, el Mahdi o Salvador, es el decimosegundo Imam que permanece en ocultamiento y que pronto reaparecerá para colmar la tierra de paz y justicia).
Tal discurso fuertemente sectario, anti-iraní y antichiíta, solo apunta a incrementar las divisiones ya existentes en la región del Medio Oriente, tensar aún más el diferendo con Irán, y además, encontrar eco en sectores importantes de la sociedad conservadora saudita, fortaleciendo consecuentemente su personal base de apoyo popular y dentro de la propia familia real.
Para esta fuerte figura del poder monárquico saudita, no existe ningún espacio para el diálogo con Irán en estos momentos, con lo que frena las señales iraníes de los últimos meses en favor de la recuperación del entendimiento bilateral.
La respuesta de Teherán se desarrolló en dos sentidos: mientras por una parte, su embajador en Naciones Unidas insistió en que Irán no tenía ningún interés en escalar las tensiones regionales, y que permanecían abiertos al diálogo con los sauditas, por otra, el ministro de defensa iraní, Hossein Dehghan, afirmó que si los sauditas cometían alguna estupidez atacándolos con su fuerza aérea, Irán golpearía a todo el territorio del reino, exceptuando las ciudades sagradas de Meca y Medina.

Paralelamente, los iraníes decidirían adoptar una posición más dura respecto a la región fronteriza con Pakistán, debido al incremento de las acciones del grupo salafista-yihadista, Jaish al Adl (Ejército de la Justicia). Este grupo sunita que persigue la secesión de la provincia iraní llamada “Sistán y Baluchistán”, ha desarrollado diversas acciones contra fuerzas de seguridad iraníes, desde territorio paquistaní, donde tienen sus bases y cuartel general. Teherán envió a su canciller Javad Zarif a negociar a Islamabad, y obtuvo el compromiso de parte de Paquistán para incrementar sus controles en la zona fronteriza y limitar las acciones de Jaish al Adl.
El jefe de las fuerzas armadas iraníes, Mohamed Baqerí, se proyectaría con una fuerte advertencia, anunciando que, si el gobierno paquistaní no podía parar estos ataques fronterizos de los militantes de esta organización, ni cerraba sus bases, entonces las fuerzas iraníes procederían a atacar los centros de concentración y operaciones del grupo, emplazados dentro del territorio de Paquistán. Y brindó entonces el elemento clave para comprender la inserción de este tema dentro de la agenda de tensiones con la monarquía saudita, al explicar que los problemas en la zona oriental de Irán se han incrementado debido al refugio seguro, entrenamiento y equipamiento de terroristas que son reclutados por Arabia Saudita, y para lo cual cuentan con el apoyo de los Estados Unidos.

Es muy difícil pensar que ocurra un enfrentamiento militar entre los dos países. Más bien estamos en presencia de discursos amenazantes y de proyecciones de poder político. Los sauditas, anfitriones de la primera visita al exterior del presidente Donald Trump, pueden emplear esta animosidad anti-iraní y las nuevas tensiones, como un elemento para propiciar nuevas compras de armas avanzadas estadounidenses, -congeladas muchas de ellas por el impacto humanitario negativo de sus ataques aéreos en Yemen-, y seguir intentando construir una capacidad disuasiva a partir de nuevos y modernos equipos bélicos. Igualmente, trabajarán por conformar un frente en contra de la política iraní, tema a abordar en la Cumbre Estados Unidos- Mundo árabe islámico, convocada en ocasión de la visita de Trump.
Pero, por otra parte, la capacidad combativa de los iraníes es mucho mayor que la de los sauditas. No solo se trata de poseer determinado tipo de armas avanzadas, sino de tener una habilidad operativa para su optimización, y haber tenido experiencia de combate real. En eso tanto el ejército iraní (artesh) como los Cuerpos de Guardianes Revolucionarios Islámicos (pasdaran) -especialmente en momentos en que se acuerdan nuevas compras de armas rusas-, llevan notable ventaja, frente a unos rivales que deciden cañonear y bombardear a los hutíes yemenitas, pero sin comprometer fuerzas terrestres, sabiendo que una iniciativa tal le costaría miles de bajas y un elevado costo a la legitimidad de la monarquía. En palabras del propio Bin Salman, “Podemos eliminar a los hutíes en unos pocos días (…) pero sufriríamos miles de bajas en nuestras fuerzas. Habría funerales en todas las ciudades sauditas.”
*Catedrático del Colmex


