Una mirada a… Antigua luz (John Banville)
Patricia Zama
Antigua luz es una de las más recientes novelas del irlandés John Banville (Premio Príncipe de Asturias), famoso por su extraordinaria prosa y su doble personalidad literaria: como Banville es autor de unos 20 libros (novelas, cuentos, teatro), y ha publicado unas diez novelas policiacas firmadas por Benjamín Black. Aquí las primeras líneas de Antigua luz (Alfaguara):
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Billy Gray era mi mejor amigo y me enamoré de su madre. Puede que amor sea una palabra demasiado fuerte, pero no conozco ninguna más suave que pueda aplicarse. Todo esto ocurrió hace medio siglo. Yo tenía quince años y la señora Gray treinta y cinco. Estas cosas son fáciles de decir, pues las palabras no sienten vergüenza y nunca se sorprenden. Puede que la señora Gray todavía viva. Ahora tendría, ¿cuántos, ochenta y tres, ochenta y cuatro? Tampoco es muy mayor, para estos tiempos. ¿Y si emprendiera su búsqueda? Sería toda una aventura. Me gustaría volver a enamorarme, sólo una vez más. Podríamos seguir un tratamiento de glándulas de mono, ella y yo, y volver a ser como hace cincuenta años, entregados a nuestros éxtasis. Me pregunto cómo le irá, suponiendo que siga en este mundo. En aquella época era tan desdichada, y debe de haber sido tan desdichada, a pesar de su valerosa e inquebrantable jovialidad, y de verdad espero que las cosas le fueran mejor.
¿Qué recuerdo de ella ahora, en estos días suaves y pálidos en que caduca el año? Imágenes del pasado remoto se agolpan en mi cabeza, y la mitad de las veces soy incapaz de distinguir si son recuerdos o invenciones. Tampoco es que haya mucha diferencia, si es que hay alguna. Hay quien afirma que, sin darnos cuenta, nos lo vamos inventando todo, adornándolo y embelleciéndolo, y me inclino a creerlo, pues Madam Memoria es una gran y sutil fingidora. Los precios que elijo salvar del naufragio general —y qué es la vida sino un naufragio gradual?— a veces asumen un aspecto de inevitabilidad cuando los exhibo en sus vitrinas, pero son azarosos; quizá representativos, quizá de manera convincente, pero sin embargo azarosos.
Aprender de los clásicos
Escribió Eduardo Mendoza en El País: “Habíamos decidido representar Esperando a Godot (Samuel Beckett), pero sólo disponíamos de un ejemplar y necesitábamos cinco… Me ofrecí a pasar en limpio el texto que teníamos, con tres copias en papel carbón. No sé cuantas horas me llevó ese trabajo en una máquina de escribir manual de antes de la guerra. No hay aprendizaje sin esfuerzo físico. Al acabar, había aprendido todo lo que sé sobre escritura teatral. Copiar a los clásicos es un ejercicio que deberían practicar todos los que quieren escribir. No basta leer. Hay que poner atención en cada palabra”.
Novedades en la mesa
Kafka, Chandler, Dostoievski y Hemingway desfilan por el libro más esperado del japonés Haruki Murakami (Tusquets), De qué hablo cuando hablo de escribir, un texto en el que el autor superventas desmenuza su oficio.

