Los sismos del 7 y 19 de septiembre último han generado una solidaridad social no vista desde el 19 del mismo mes, pero del año 1985, cuando la capital de la república amaneció sacudida por otro temblor. Hoy, como entonces, el pueblo entero se volcó a las calles para sumar brazos a las tareas de rescate. Los jóvenes se han vuelto a llevar las palmas, por su altruismo y creatividad para atender la emergencia mediante la difusión de información, útil y veraz, a través de las redes sociales; igualmente meritorio ha sido el respaldo de la comunidad mexicana residente en el exterior, en especial en Estados Unidos, que rápidamente se organizó para donar artículos de primera necesidad. A todos ellos hay que agregar la encomiable labor del Comité Nacional de Emergencias, las Fuerzas Armadas y la Cruz Roja, así como los donativos económicos y la participación de rescatistas especializados de países amigos, en un gesto que acredita que México no está solo y es apreciado en el concierto internacional.
En este tejido de solidaridades, llama la atención la ausencia de la Iglesia católica, no obstante que el arzobispo primado, Norberto Rivera, instruyó a las parroquias a coordinarse con las autoridades para socorrer a los afectados. Con independencia de esta convocatoria, cabe recordar que la organización Caritas y la propia Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) llevaban ya varios días trabajando para apoyar a los damnificados por los temblores del jueves 7 en Oaxaca y Chiapas. No obstante, poco se sabe acerca de la forma en que la CEM lo hizo, y más allá de la escueta información que ofrece en su página electrónica, las imágenes de religiosos ayudando o removiendo escombros son escasas. Entre la gente queda la impresión de que diversos actores de la jerarquía eclesiástica de México —no así el papa Francisco— han sido actores muy secundarios, cuya participación no se corresponde con el notable esfuerzo colectivo de rescate, asistencia y planeación de la reconstrucción. Quizá porque ya se va a retirar, aunque no queda claro cuándo, o porque de plano no se lleva con Jorge Bergoglio, hay mucho que reclamar al cardenal Norberto Rivera por su falta de liderazgo y desdén ante esta tragedia.
En Roma las cosas son diferentes. El 20 de septiembre, en su tradicional audiencia pública de los miércoles, el Sumo Pontífice expresó su aprecio por el pueblo de México y anunció la donación inmediata de 150 mil dólares, a través del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. Estos recursos, aunque simbólicos, acreditan la decisión del papa argentino de acompañar a los mexicanos en la atención de la emergencia. Francisco también pidió que la Guadalupana esté cerca del pueblo en estos momentos de dolor y dificultad. Y a propósito de la Virgen de Guadalupe, viene a la memoria la declaración que hizo el mismo papa en una entrevista que publicó el 5 de enero de 2017 el diario uruguayo El Observador, cuando afirmó que: “a México el diablo lo castiga con mucha bronca” porque no le perdona que la Virgen haya mostrado a su hijo en el Tepeyac. Por supuesto, la pregunta que sigue a esta afirmación es obvia… ¿será cierto? Y de ser así, habrá que hacer ajustes a la narrativa religiosa, ya que tantos temblores e inundaciones parecen castigos divinos que se alejan del argumento milenarista según el cual México es la Nueva Jerusalén y el pueblo mexicano el elegido de Dios.
Internacionalista.

