Muchos historiadores y críticos literarios han coincidido en ver la paradigmática novela María (1867), del escritor y periodista colombiano Jorge Isaacs (1837-1895), como la narración por antonomasia del romanticismo americano. Ejemplo manifiesto de la novela sentimental decimonónica que llevó hasta sus últimas consecuencias el tema del amor contrariado, trágico, como en sus no menos sufridas hermanas Amalia del argentino José Mármol y Clemencia del mexicano Ignacio Altamirano, el también político y diplomático caleño igualmente abrevó del Sturm und drang (tormenta y caos) alemán ideas y sentimientos característicos de una escuela que tuvo sus orígenes en las postrimerías del siglo XVIII y en nuestro continente se extendió tardíamente hasta la segunda mitad de la siguiente centuria, si bien a América arribó más bien a través del tamiz galo.

Innegable originalidad

En gran medida de carácter autobiográfico, como otras obras de ese mismo prolongado contexto, María destaca no sólo por ser ideal exponente de un sentimiento puro y melancólico, en cuanto idealización del sentimiento amoroso de igual modo manifiesto sin cortapisas en la obra lírica de su autor, sino además un perfecto modelo de la vida campesina y de la extraordinaria belleza de la desbordadamente naturaleza americana, como en su coterránea y más tardía La vorágine de José Eustasio Rivera. El romanticismo de la narración, en la que se aprecian sobre todo claras influencias de los franceses Saint Pierre y Chateaubriand (es Efraín precisamente quien le descubre a María esta representativa novela del romanticismo francés, en su caso premonitoria Atala), se ve frenado armónicamente por un tratamiento realista que les da a su creador y su obra maestra un sumario registro de novedosa transición.

En este sentido, como bien escribió el polígrafo Pedro Salinas en su medular ensayo sobre la lírica de su coterráneo Jorge Manrique, la novela de Isaacs exacerba artificios que bien lo ligan a la antes citada tradición, pero igual se define por otros rasgos de innegable originalidad conforme la naturaleza americana ya no es aquí factor exótico sino experiencia vívida e inmediata.

Su famosa y trágica heroína, que bien representa un nuevo tipo de mujer en la cual enaltece vedadamente los rasgos judíos de quien había tenido que convertirse al cristianismo en aras de una carrera política, Isaacs expresa en ella de igual modo un hondo sentido de nacionalidad cruelmente contrariado por factores exteriores y ajenos. Así, y como otras protagonistas románticas, María encarna a su vez tradiciones y derechos de minorías segregadas, con lo que el autor manifiesta su defensa a ultranza del genio nacional como algo opuesto a la imitación extranjera. Se podría decir, incluso, que el personaje llega a tener más rasgos de mujer oriental que occidental, identificándose con esa naturaleza indómita que aquí es francamente reflejo equilibrado y armónico —jardín, ornato— de la divina providencia, proyección de ideales afines al creador e intelectual que le da vida.

Pero detrás de la fachada “original” de esta novela romántica hispanoamericana, novedosamente modélica, se esconden a su vez valores tradicionales que la refuerzan; las relaciones entre las razas y el lugar del hombre en el marco de la naturaleza permanecen en ella incólumes. Sin embargo, si la jerarquía del mundo natural y la escala de prototipos raciales y de clases sociales siguen aquí teniendo en su cúspide al propietario blanco católico, su citada singularidad habría que buscarla entonces más en su compacta estructura, en su estilo a la vez edulcorado e inefable, en su exquisito lirismo donde la naturaleza —en su acepción más amplia— reina como reflejo del paraíso y del mundo subjetivo de la emociones manifiestas a su estado límite: Eros y Thanatos.

Idealización del sentimiento amoroso.

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Ediciones Universidad EAFIT de Medellín ha celebrado sus veinte años de existencia con una hermosa edición ilustrada de esta célebre novela colombiana que vio la luz hace ya siglo y medio, y para tan significativa efeméride contó con ilustraciones ex profeso del recientemente desaparecido gran artista plástico paisano Jorge Cárdenas. Con pasta dura y un resaltado retrato de la heroína en la primera de forros que hace honor al espléndido dibujante que era este formidable artista, con contrastantes verdes en pasta y canto, la buena mano y la experiencia de los editores (Claudia Ivonne Giraldo y Felipe Restrepo) pretendieron una edición de época que se goza a través de todos los sentidos.

Para quienes suponen que el libro digital ha venido a desplazar al impreso, ésta es una prueba más que fehaciente de que el fetiche —en este específico caso, un auténtico “arte objeto”— sigue jugando un papel inamovible, que hace la experiencia lectora algo único por cuanto envuelve e implica de emociones y sensaciones varias, un todo sinestésico.

Con múltiples lecturas y versiones en su haber, como la distante y quizá ya algo envejecida cinta colombiano-mexicana de Tito Davison (con destacada fotografía del ya legendario Gabriel Figueroa), con la hermosa y ya prácticamente desaparecida de los reflectores Taryn Power y el entonces también muy joven Fernando Allende, además de otros nombres conocidos como Alicia Caro, Omar Sánchez, María Cecilia Botero y Bernardo Romero Pereiro, siempre hay que volver mejor a la lectura de este gran clásico de la literatura colombiana, del romanticismo hispanoamericano, que entre otras cosas nos sugieren regresar además a ese tan hermoso y sugestivo lugar que es la finca “El Paraíso” hoy abierta al público, en el Valle del Cauca, en el occidente colombiano, donde creció el escritor y se desarrolla buena parte de su obra maestra.