En el contexto de agotamiento del modelo de desarrollo neoliberal se realizaron las elecciones federales, estatales y locales del 1 de julio 2018 para elegir 3,400 cargos públicos de representación popular, dentro de los cuales destacaron la Presidencia de la República, 8 gubernaturas, 1 jefe de Gobierno, 500 diputados federales, 128 senadores, y 1,596 alcaldes en los municipios de 24 estados y 16 alcaldías en la república mexicana. El resultado de dicho proceso electoral fue la generación de un enorme tsunami político como nunca antes se había presentado en la historia contemporánea de México, desde la etapa del cardenismo en el siglo XX. El triunfo arrollador de Andrés Manuel López Obrador y del frente político de Morena (Movimiento de Regeneración Nacional) fue un acontecimiento asombroso sin precedentes en la historia nacional que dejó atónita a la opinión pública mexicana e internacional por la contundencia de los resultados. Esto debido a que la mayoría de la población decidió democráticamente que el país debía encaminarse, por primera vez, en su historia moderna hacia el establecimiento de un gobierno nacionalista orientado hacia la izquierda.

Así, después de 77 años de administraciones emanadas del PRI y 12 años de alternancia política del PAN, que provocaron durante décadas la acumulación de frustración, coraje y desilusión contra la clase política dominante, en especial hacia el PRI y el modelo de desarrollo neoliberal, pues marginaron de los beneficios del crecimiento y desarrollo a enormes mayorías; un sector mayoritario de ciudadanos ejerció un voto de castigo anti sistémico de profundo cambio histórico de la nación hacia un paradigma de izquierda política.

En este sentido, se gestó una revolución pacífica que cimbró las bases del viejo sistema político mexicano, generando una transformación del régimen, donde la coalición Juntos Haremos Historia conformada por el frente de Morena, el Partido del Trabajo (PT) y Encuentro Social, encabezado por Andrés Manuel López Obrador; logró la mayor votación a su favor desde que existen comicios presidenciales con competencia pluripartidista en México. Así, se construyó una nueva hegemonía que transformó el statu quo político con grandes márgenes de legitimidad, donde Morena obtuvo el Poder Ejecutivo con 53.19 por ciento del total de votos; la mayoría del Poder Legislativo con 69 senadores y 306 diputados; las gubernaturas de los estados de Morelos, Chiapas, Tabasco y Veracruz; la jefatura del gobierno de Ciudad de México, junto con catorce alcaldías metropolitanas; la mayoría absoluta en ocho de los veintiseis estados como Sonora, Hidalgo, Tlaxcala, Tabasco, Chiapas, Oaxaca, Estado de México, Colima; y finalmente, 79 porciento de las voluntades en el país, es decir, conquistó más de 30 millones de votos en todo el territorio nacional.

Ante dicha notable mudanza político social en México, es fundamental explicar desde la sociología por qué, a diferencia de otros periodos de la evolución electoral del país, en 2018 sí fue posible que se gestara esta mutación de tales dimensiones sobre el sistema político de la República, con el fin de entender cómo se produjo tan profundo cambio histórico.

Desde este horizonte analítico, se puede afirmar que la victoria de AMLO/Morena no tuvo un origen simple, sino que su génesis fue multifactorial abarcando la combinación de diversos niveles de complejidades sociales, políticas, culturales, mediáticas y comunicativas que en conjunto contribuyeron a consolidar esta transformación radical del paradigma político social tradicional de la Nación. Debemos considerar que los procesos electorales democráticos se generan en un momento concreto donde se conjugan un complejo conjunto de variables nacionales y regionales de naturaleza social, económica, política, cultural, psíquica y emocional que se enlazan de forma singular para disparar una decisión política colectiva específica.

Al respecto se pude señalar que las elecciones nacionales del 1 de julio 2018 para la presidencia y otros cargos de representación popular en México, se realizaron en un clima de relativo respeto, limpieza y transparencia institucional, a diferencia de otras fases electivas anteriores de la historia moderna del país, que se caracterizaron por la presencia del fraude (“mapachería”, “embarazo de urnas”,“ratón loco”, “taqueo electoral”, “carro completo”, robo de votos, clientelismo, etcétera).

Sin embargo, pese a la práctica de todas estas irregularidades, el voto de la población en 2018 se ejerció con bastante libertad, pulcritud y respeto, sin sufrir grandes alteraciones en el ejercicio individual de su predilección política o experimentar manipulación fraudulenta de los resultados.

Por ello, aunque en la ejecución de este proceso electoral nacional se constató la acción de diversas irregularidades, violencia e intervenciones aisladas de “manos negras” en la ejecución del proceso que no se pueden desconocer, ni menospreciar u olvidar; estas anormalidades, no invalidaron la alta legitimidad del resultado de los comicios. Así, por ejemplo, se presenaron compra de votos, retiro de credenciales de elector, violencia contra algunos funcionarios de casillas, intentos de robo de instalaciones, limitación de casillas especiales, hurto de boletas, quema de casetas electorales, rechazo de paquetes electorales, apertura tardía de casillas, cancelación anticipada de boletas, amenazas para declinación de candidaturas, rebase de ingresos y topes en gastos de campaña, desproporción en el uso de propaganda política a favor del PRI, etcétera.

Incluso, según el Séptimo Informe de la Violencia Política en México, de 2018, se experimentaron los comicios más violentos de toda la historia electoral reciente del país, pues ocurrieron múltiples asesinatos de militantes, candidatos, políticos y funcionarios. Por ejemplo, en este período se ultimó a 152 políticos, de los cuales 48 eran precandidatos y candidatos de elección popular, y se registraron 774 agresiones contra estos.

No obstante, la intrusión de tales factores anómalos que sirvieron para chantajear, coaccionar o conquistar, directa o indirectamente, en un porcentaje minoritario el voto ciudadano; estos elementos no fueron causas suficientes o determinantes para modificar el rotundo resultado incuestionable de las elecciones a favor del candidato Andrés Manuel López Obrador y su partido Morena como triunfadores de los comicios para la Presidencia de la República.

Por lo tanto, el hecho sociológico de esta realidad fue que, pese a las irregularidades procedimentales, la ejecución del sufragio de los ciudadanos no fue alterada por la aplicación de estos mecanismos de manipulación, simulación o estafa del proceso electoral; sino que este fenómeno de cambio fue determinado de forma trascendental por la decisión relativamente libre que ejercieron los ciudadanos con capacidad de voto. El registro empírico de la realidad destacó que AMLO/Morena ganaron en “buena lid”, sin compra de votos, sin instrumentación del fraude, sin acarreo de masas, sin corrupción del proceso, es decir, fue un triunfo democrático.

Ahí radica la importancia central de explicar a partir de la teoría social cómo se generó en 2018 esta profunda decisión mayoritaria de la ciudadanía nacional para revolucionar el sistema político y el proyecto de desarrollo de la sociedad mexicana que operó durante tres cuartas partes del siglo XX y principios del siglo XXI.

 

jesteinou@gmail.com