Perteneciente a una humilde familia de Toscana, Franco Zeffirelli (Florencia, 1923-Roma, 2019) tuvo una infancia difícil y su formación fue más bien autodidacta, aunque en su propio seno familiar pudo tener contacto con un disímil grupo de intelectuales ingleses que por esos años vivía en su natal Florencia y de alguna manera influyó en el ánimo de un joven inquieto. De hecho, durante la Segunda Guerra Mundial le tocó pelear como partisano antes de unirse a los soldados británicos del primer regimiento escocés también como intérprete, he ahí su tardía película Té con Mussolini de 1999. Acabada la contienda, estudiaría arte y arquitectura en la Universidad de Florencia.
Atraído desde niño por las artes escénicas y el cine con los que creció y se formó, pronto descubrió su verdadera vocación en el teatro independiente, primero como actor y más tarde como escenógrafo, y esa visión panorámica del hecho escénico terminaría por convertirlo en un director contumaz y visionario. Inicialmente en el teatro, y luego en la ópera, y más tarde en el cine, Zeffirelli se hizo de un sólido prestigio avalado por figuras de la talla de la diva Maria Callas que lo contaba entre sus amigos más entrañables. Colaborador de igual modo de otros notables realizadores italianos como Vittorio De Sica y Roberto Rossellini, en el propio teatro y en el séptimo arte fue ayudante del gran Luchino Visconti de quien decía lo había marcado, y bajo su tutela confirmó que efectivamente el quehacer escénico y el cine representaban sus más estimables querencias, terreno inagotable de re-creación.
Debutó en el cine con la apenas mediana comedia sentimental Camping de 1958, sin la menor relación con el resto de su trabajo; sería hasta la década posterior de los sesenta cuando, a raíz de triunfales puestas suyas con textos propios y lecturas de clásicos en Londres y Nueva York, llevó al séptimo arte dos exitosas adaptaciones shakesperianas, La mujer indómita de 1967 (con la pareja de moda Elizabeth Taylor y Richard Burton, ambos en su mejor momento) y Romeo y Julieta de 1968, rodadas en Italia con actores ingleses, equipos italianos y parte de producción norteamericana. En la primera mitad de ese decenio ya había dirigido también con mucho éxito, en extraordinarias puestas de época con su muy querida y admirada Maria Callas, primero Tosca en el Covent Garden de Londres, y más tarde La bohemia y Turandot en la Metropolitan Opera House de Nueva York, las tres óperas de su no menos dilecto Giacomo Puccini.
Después de una obligada ausencia de los escenarios y los foros por un accidente automovilístico, y de una especie de encierro místico, Zeffirelli volvió a los sets con Hermano sol, hermana luna de 1972, especie de biografía de Francisco de Asís con tonalidades hippies, y la serie de televisión Jesús de Nazareth de 1978, con un gran reparto europeo. Otra vez en Hollywood rueda el no menos exitoso y premiado filme El campeón de 1979, nueva versión de la obra dramática homónima realizada en 1931 por King Vidor, y dos años después, el más bien mediano melodrama Amor sin fin. De vuelta a su pasión por la lírica, y un poco desengañado del cine narrativo tradicional, hizo sendas versiones fílmicas, un tanto apresuradas pero no menos emotivas, de La Traviata y Otelo, de 1982 y 1986, respectivamente, de Giuseppe Verdi, que si bien no tuvieron especial acogida en el público cinéfilo habitual, en cambio proporcionaron al operómano otra posibilidad de acceso y de goce, con Plácido Domingo en plenitud de su carrera y a la cabeza del reparto, y no falta quienes digan que contribuyeron a su acceso a la ópera.
Tras la de igual modo más bien sectaria serie El joven Toscanini de 1989, en torno al gran y revolucionario director de orquesta italiano, vuelve por sus fueros con la exitosa y bien acogida por la crítica versión del Hamlet de 1991, su más notable homenaje a su tan admirado dramaturgo inglés de cabecera y central en su carrera, William Shakespeare. A mediados de la década de los noventa volvió al rodaje con algunos ejercicios más modestos, tras la búsqueda de otras inquietudes temáticas y estéticas, es el caso, por ejemplo, de su versión abreviada de la novela homónima de Charlotte Brontë, Jane Eyre, de 1996. Prácticamente su retirada del cine y de la vida pública, y pocos años después de haber dirigido una muy sonada producción de Falstaff de Verdi en el mismo MET y de la cual hay vestigio videográfico, bajo la batuta de James Levine, en 2002 llevó a cabo un homenaje personal post mortem a su querida e inolvidable Maria Callas, Callas por siempre, fantasía histórica a manera de biopic –escrito por el propio Zeffirelli y Martin Sherman– que narra los últimos días de La Divina, con Fanny Ardant y Jeremy Irons a la cabeza del reparto. El autor del bellísimo y circular reciente documental Maria por Callas, Tom Volf, ha confesado su débito, entre otros, para con el maestro toscano.
Ya retirado, en el 2004, el entonces presidente del Consejo de Ministros de Italia, Silvio Berlusconi, le encomendó, a manera de homenaje, el diseño y la supervisión del montaje donde se produjo (el 29 de octubre de ese mismo año) la solemne firma de la primera Constitución Europea, celebrada en la histórica Sala de los Horacios y Curacios del Capitolio romano, si bien Zeffirelli, un nacionalista confeso, no se había manifestado como un particular entusiasta de la integración europea. Caballero Honorario del Imperio Británico, Cristal de Oro del Festival de Cine Karlovy Vary, Oscar a Mejor Película por El campeón y Premio Coliseo de la ciudad de Roma, entre otros muchos reconocimientos, Franco Zeffirelli nos deja una obra nutrida y diversa, en la línea de los grandes realizadores italianos de largo aliento de los que ha sido uno de sus últimos representantes.
