La película más reciente del notable cineasta manchego Pedro Almodóvar, y como su anterior Julieta, Dolor y gloria  (España, 2018) nos remite de alguna manera a la que para mí sigue siendo su obra maestra por excelencia Todo sobre mi madre de hace ya dos décadas, conforme trae implícito otro sentido tributo para con su amada progenitora, periplo de reconciliación iniciado con su también estrujante Carne trémula de 1997. Y si toda su ya amplia filmografía resulta autobiográfica, ésta lo es mucho más declaradamente, a manera de revisión exhaustiva de los periplos existencial y estético en el recorrido anímico y creativo de un realizador tan personal como provocador.

Quien se ha caracterizado por ser un conocedor al ultranza de la naturaleza femenina que siempre observa con sensible complicidad, en este acercamiento más nominal a cuanto en su transitar humano y artístico ha pesado la figura señera de su madre, Deseo y gloria constituye por otra parte una especie de alto en el camino para recapitular sobre lo que ha hecho y cuanto se ha quedado en el camino. Y en esta pesquisa de auto reconocimiento salta de igual modo a la vista una inquietud más madura por reflexionar en torno al propio hecho creativo, en cuanto representa como oficio de búsqueda personal y de no siempre gozoso ––en cuanto angustioso y a la vez feliz vaciado de sí mismo–– pero en cambio sí reveladores hallazgos.

Cierre de la trilogía no oficial iniciada con La ley del deseo y La mala educación, Dolor y gloria narra la historia del otrora muy exitoso y ahora retirado realizador Salvador Mallo, alter ego del propio Almodóvar aquí interpretado extraordinariamente por Antonio Banderas ––en uno de sus más sólidos trabajos–– que él mismo dio a conocer a inicios de los ochenta. Un homenaje también a su muy admirado Fellini de Ocho y medio, este otoñal director descubre, enclaustrado en soledad y bajo el yugo del dolor físico provocado por incontables males, que se ha convertido en un clásico, con todo y lo que de por medio se haya ido quedando en el camino. Más allá del paso inexorable del tiempo, y de la vejez y la enfermedad que vienen con ello, Almodóvar-Mallo trata de recuperar algo de lo perdido y de caer en cuenta que bien ha valido la pena vivir la vida. Retrato sensible de las contradicciones humanas internas, aquí afloran los miedos, las angustias y los traumas de quien en su madurez es capaz ya de hacer una especie de acto de contrición.

Dolor y gloria resulta ser una historia honda y desgarradora, pero a la vez reveladora y emotiva, cuyo mayor poder se desprende precisamente de su honesto intimismo confesional al abordar temas siempre espinosos ––en cuanto humanos–– como la vejez, la degradación física, la soledad, el abandono y la muerte. Pero en este ejercicio no siempre exacto de la memoria, de la reconstrucción de los recuerdos, el hombre-artista logra por fin hacer una relectura y una resignificación del pasado que lo identifica, desde sus experiencias iniciáticas de la infancia hasta la terrible verdad de tener que acostumbrarse a vivir sin su madre y otras tristes ausencias posteriores, para corroborar así que no existe dolor más duro en la vida que perder a los seres queridos.

Sin tratarse de su mejor película, porque sigo prefiriendo la citada Todo sobre mi madre o Hable con ella, por ejemplo, lo cierto es que el experimentado guionista y director consigue abordar aquí estos asuntos nodales de la existencia y de la vida con sutileza, con austeridad emocional, con la inteligencia y el humor ya en él característicos. Si algunos filmes suyos del pasado llegan a pecar de excentricidad y hasta de saturación (claro, siempre con el talento innegable que le ha caracterizado), el maestro maduro y ya ahora más aplomado se limita a echar mano de los recursos estrictamente necesarios para significar lo que quería decir. Sin resultar gratuito, todo tiene aquí un motivo y una razón de ser, sin tampoco renunciar a la que ha sido su poética.

Con los homenajes y citas a países y culturas que siempre ha tenido entre sus querencias manifiestas, Argentina y México vuelven a figurar de manera presencial o referencial, es el caso, por ejemplo, de la cinta La niña santa, de argentina Lucrecia Martel, de 2004. Otro tanto habría que decir de sus lecturas y músicos más entrañables con que se ha formado y hacia los cuales nunca tiene ningún empacho en llamar a colación, en este caso muy ad hoc conforme el gran tema es propiamente él y cuanto le ha dado sentido a su vida, llámense pasiones, fobias o pérdidas. De ahí Dolor y gloria, fracaso y éxito, sufrimiento y placer, pues en la obra de Almodóvar tanto el sufrimiento como el erotismo han jugado de igual modo un papel fundamental: Eros y Thanatos, amor y muerte. Es otro nostálgico canto al amor maternal tras esa dolorosa e insustituible ausencia, pero también al poder del cine y a los amores perdidos (he ahí ese sublime poema fílmico que es Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore, del cual hay una vedada referencia).

Fiel a sus afectos/colaboradores, aparte del conmovedor rol que interpreta Penélope Cruz quien da vida nada más y nada menos que a su propia madre, aparece de igual modo, en una parte pequeña, su entrañable Cecilia Roth de Todo sobre mi madre. Triunfador en una reciente exitosa serie española de moda, llama aquí la atención el sólido trabajo de Asier Etxendia, y el conocido actor argentino Leonardo Sbaraglia, si bien no está mucho tiempo en pantalla, protagoniza con Banderas unos de los momentos más emotivos del largometraje. Dentro de un reparto más bien reducido, otras partes destacadas las tienen Nora Navas, Raúl Arévalo y Julieta Serrano como su madre ya mayor y en su lecho de muerte.

Entre las obras más personales y valiosas del acervo almodovariano, Deseo y gloria nos permite acceder mejor a una comprensión cabal del cine de este significativo director español. En otros rubros artísticos fuera de pantalla, entre sus colaboradores habituales, la banda sonora es del vasco Alberto Iglesias, la fotografía del tetuano José Luis Alcaine Escaño,  y en un continuo diálogo con Argentina que lo ha marcado, el diseño y la dirección de arte, respectivamente, de los bonaerenses Juan Orestes Gatti y María Clara Notari.