Aunque por supuesto ya conocía y admiraba el extraordinario y férreo trabajo de la muy talentosa bailarina, coreógrafa y maestra de otras generaciones Rossana Filomarino (Roma, 1945), lo cierto es que empecé a tratarla más de cerca hasta que me la presentó nuestro mutuo entrañable amigo, prematuramente desaparecido, Víctor Hugo Rascón Banda. No sólo un formidable dramaturgo, sino además un muy generoso promotor de la obra ajena, cuánto hubiera disfrutado y celebrado también, querida Rossana, el hecho de que el año pasado recibieras el Premio Nacional, en justo tributo a una vida dedicada por completo, en cuerpo y alma, a la que ha sido tu mayor pasión: la danza. Carlos Ocampo, otro amigo mutuo también ya tristemente fallecido, otro gran apasionado de la danza, cómo elogiaba de igual modo tu trabajo.
Entendiendo que el arte de verdad exige personas distintas al común denominador, muchas veces compartí con Víctor Hugo opiniones sobre la además comprometida e inteligente mujer de firmes y hondas convicciones, quien a través de su sólido quehacer no sólo contribuía a llevar la danza a muy altos niveles de expresión técnica, sino que por otra parte condensaba siempre posturas y opiniones convincentes sobre hechos y circunstancias de incuestionable importancia. Su amplio y variado acervo coreográfico de más de cinco décadas, que mucho ha enriquecido el ámbito de la danza contemporánea no sólo nacional, marca una clara línea en las naturales preocupaciones de una mujer/artista comprometida con su tiempo, con la vida y la dignidad, con los derechos humanos, con la justicia y la equidad, con todos aquellos temas que al arte de adeveras, repito, le dan sentido y constituyen su razón de ser.
Creadora de ya célebres y clásicos coreográficos como Mitomorfosis, Las visiones de San Juan, Sol de viento, Periplo y Celebraciones, dentro de un número de cerca de setenta distintas y propositivas puestas, Rossana Filomarino es egresada destacada de la Academia Nacional de Danza de su natal Roma, con estudios de perfeccionamiento en el Institute of International Education y en la Escuela de Martha Graham de Nueva York. Mexicana por adopción y por convicción desde la década de los sesenta, ya en este país estudió Antropología Social y trabajó en algunos proyectos en el Centro de Investigaciones Superiores del Instituto Nacional de Antropología e Historia, experiencia anímica e intelectual que sin duda ha marcado su trabajo dancístico y coreográfico. Artista prominente del Ballet Nacional de México fundado por Guillermina Bravo y del grupo Danza de Cámara, y más tarde directora de la Compañía de Danza de la Universidad Veracruzana y colaboradora de la Coordinación Nacional de Danza del INBA, en 1991 creó la compañía DramaDanza donde ha generado los más de sus trascendentales montajes coreográficos y ha contribuido a formar a otros más jóvenes talentos de bailarines y coreógrafos que han aprovechado su cúmulo de conocimientos y experiencias dentro y fuera de la danza. Ha sido además merecedora, entre otros muchos reconocimientos, a las medallas “Una vida en la danza” y de Bellas Artes al Mérito Artístico, al Premio Nacional de Danza “José Limón”, becaria en varias ocasiones del Sistema Nacional de Creadores de Arte del FONCA, y a raíz del Premio Nacional, ha pasado a formar parte ya de los selectos Eméritos.

Sus dos más recientes trabajos con DramaDanza, presentados en sala mayor del Palacio de Bellas Artes un poco para celebrar el Premio Nacional del que fue objeto el año pasado, con Migrantes y Ditirambos dice Rossana dejar de hacer ya obras de gran formato, entre otras razones por los actuales problemas de financiamiento. Como en otros celebrados montajes anteriores, ambos están signados por la creatividad, por el trabajo serio y meticuloso, por la poesía y la fuerza implícitos en la expresión decantada de sus ejecutantes gozosamente comprometidos con el proyecto, por la excelencia de profesionales contagiados por una misma pasión compartida.
Presente en otras puestas previas, Ditirambos tiene que ver más con una fuente y un cauce mitológicos que aquí implican una celebración de la vida y de la propia danza como espejo de la misma, porque el trabajo esmerado del arte, como el de la existencia, impone dificultades que sólo con pasión y compromiso por lo hecho se superan. Es, en suma, el Ave Fénix que emerge de sus cenizas. En el caso de Migrantes, en cambio, su sustancia es la conciencia social frente a una triste realidad inminente que a la artista implicada molesta e indigna, y cuyo tratamiento tanto dancístico como dramático (todos sus montajes tienen ese efervescente teatral) condensan un todo igualmente pletórico de fuerza, de poesía, de emociones encontradas, de esa sustancia vital que aun en sus puestas más aparentemente abstractas o simbólicas tiene un peso específico. Cambio de ritmos, de estados de ánimo, de tonalidades, se entretejen aquí, contrastantemente, la pasión y la violencia, el amor y el odio, el respeto y la xenofobia, la algarabía y la tragedia.
Ditirambos y Migrantes son otros dos claros ejemplos de lo que ha significado la estupenda labor de Rossana Filomarino y DramaDanza para el quehacer dancístico contemporáneo mexicano en los más recientes cinco lustros. Talentosos colaboradores habituales, Rodrigo Castillo Filomarino (de tal palo, tal astilla) es autor de la música original y José Alberto Gallardo de la dramaturgia, así como Roberto Arellano de la iluminación, dentro de una compañía que, como su fundadora y su espíritu, se distingue por la excelencia. En medio de la adversidad y del silenciamiento, el arte tiene que hacerse notar con mayor poder porque, en el entendido de que no existe género pequeño, la grandeza de una obra se la imprime su creador.
