In memoriam a una de las últimas grandes divas del belcanto
Jessye Norman
Aunque sabía que estaba delicada, el pasado 30 de septiembre recibí con enorme pesar la triste noticia del fallecimiento de la extraordinaria soprano dramática Jessye Norman (Augusta, 1945-Nueva York, 2019), una de las más sorprendentes voces de su generación. Dentro de una importante nómina de otras grandes cantantes líricas afroamericanas de la talla de Marian Anderson, Leontyne Price, Shirley Verrett, Reri Grist, Grace Bumbry y Martina Arroyo, incluidas de sus contemporáneas Barbara Hendricks y Kathleen Battle, Norman sumó a la belleza de su poderoso y diáfano timbre, a su enorme musicalidad innata, un muy amplio y sostenido registro, con también notables graves que le permitieron abordar con no menos buena fortuna otros distinguidos roles para mezzosoprano.
Hija de músicos aficionados que reconocieron y promovieron sus atípicas facultades vocales, y todavía cuando el segregacionismo racial se hacía notar con mayor virulencia sobre todo en estados sureños como Giorgia, Jessye Norman inició sus estudios en su natal Augusta. Miembro destacado del coro de una iglesia donde su madre pianista y su padre cantante solían asistir, terminaría por concursar y ganar una beca para la Universidad Horward en Washington donde, inspirada por algunos maestros sorprendidos con su gran talento, se graduó con honores. Continuaría su formación profesional, ya convencida de hasta dónde podía llegar, en el Conservatorio Peabody de Baltimore y en la Universidad de Michigan.
Desde un principio consciente de sus atributos extraordinarios que le permitían acceder con manifiesta capacidad al repertorio heroico wagneriano, hizo su debut profesional en Ópera de Berlín, en 1969, nada más y nada menos que con la Elisabeth de Tannhäuser. Una verdadera soprano dramática con graves de mezzosoprano y majestuosa presencia escénica, uno de sus músicos más entrañables fue Richard Strauss, del que tenía entre sus roles de cabecera protagónicos de Ariadna en Naxos y la Salomé, si bien de él también interpretaba y grabó muchas de sus lieder, y en especial de sus Últimas cuatro canciones nos ha dejado una versión paradigmática, entre las de cabecera, bajo la batuta de su admirado y querido Kurt Masur, con la Gewandhausorchester, al igual que las dos óperas arriba mencionadas.
Formidable wagneriana con la Elsa de Lohengrin que grabó con Plácido Domingo y bajo la dirección de Georg Solti, igual triunfó con la Sieglinde de La valquiria y la Kundry de Parsifal. Pináculo wagneriano, esta última pude oírsela y vérsela en el Met de Nueva York, en la cúspide de su carrera, en 1991, también con Plácido Domingo y bajo la batuta de James Levine, en la que fue una función apoteósica. Yo iba con don Rafael Solana, y la inolvidable Pepita Embil nos llevó al camerino, ufana, a felicitar a su hijo por tan memorable éxito; él a su vez nos presentaría a la gran diva, quien con sus 1.85 de estatura y su gran personalidad nos corroboró la enorme presencia de esta gran soprano dramática, de ésas que dejan una huella imborrable en el firmamento lírico.
Pero en su larga y sostenida gran carrera de igual modo triunfó con otros protagónicos tan exigidos y disímiles como la Dido de Purcell, o la Alceste de Gluck, o la Armida de Haydn, o la Condesa de Las bodas de Fígaro de Mozart, o la Leonora de Fidelio de Beethoven, o la Aida de Verdi, o la Antonia de Los cuentos de Hoffmann de Offenbach, o la Santuzza de Cavalleria rusticana de Mascagni. Pero si bien brillaba con roles de los repertorios habituales alemán, italiano, francés e inglés, incluida la propia Carmen de Bizet para mezzo, igual lo hizo con otros más raros como la Casandra de Los troyanos de Hector Berlioz, o la Sélika de La Africana de Giacomo Meyerbeer, o la Medora de El corsario del propio Verdi, o la Judith de El castillo de Barba Azul del húngaro Béla Bartók, o la Yocasta de Edipo rey del ruso Igor Stravinsky.
Una no menos extraordinaria liederista, y aparte de las citadas canciones de su adorado Richard Strauss, Jessye Norman sobresalió de igual modo con varios de los conocidos ciclos de Schubert y Schumann, o de Mahler, o de Brahms, o del mismo Wagner, más sus gloriosos acercamientos al repertorio francés del que igual ha dejado testimonios inolvidables, como el muy premiado Les chemins de l’amour, con canciones de Duparc, Ravel, Poulenc y Satie. Punto aparte es también su peculiar lectura de las Canciones de cabaret, de Arnold Schönberg, y como defensora a ultranza de los derechos de la raza negra en Estados Unidos, terreno en el que contribuyó a abrir brecha como sus citadas antepasadas y contemporáneas, no se pueden dejar de mencionar sus versiones singulares de los conocidos spirituals que interpretaba como pocas.
Una de las mayores divas en la escena operística mundial de la segunda mitad del siglo XX, que cubrió con solvencia prácticamente todos los géneros y modalidades de la música de concierto, Jessye Norman tuvo una tan exitosa como larga trayectoria, con una presencia destacada en los teatros más importantes de la lírica internacional y una no menos importante carrera discográfica y videográfica, por lo que las futuras generaciones tendrán oportunidad de saber quién fue esta soprano dramática fuera de serie. ¡Descanse en paz!
