La opresión paterna convirtió a Paul Bowles (30 de diciembre de 1910 – 18 de noviembre de 1999) en un gozoso nómada. Dejó Nueva York y se instaló en París. Una larga búsqueda de identidad artística lo llevó de la poesía a la música y de la composición al guinismo de cine y a la narrativa, igual que de Europa a América Latina (incluyendo una etapa mexicana) y de ahí a Marruecos, para encontrar su casa definitiva en Tanger. Su obra es la bitácora de ese periplo. Transcribo una líneas de El cielo protector, una de sus novelas más conocidas.
“I. Se despertó, abrió los ojos. La habitación le decía poco; había estado demasiado sumergido en la nada, de la que acababa de emerger. No tenía fuerzas para definir su situación en el tiempo y en el espacio; tampoco lo deseaba. Estaba en algún lugar; para regresar de la nada había atravesado vastas regiones. En el centro de su conciencia había la certidumbre de una infinita tristeza, pero esa tristeza lo reconfortaba porque era lo único que le resultaba familiar. No necesitaba otro consuelo. Permaneció un rato completamente inóvil, en un descanso absoluto, para hundirse luego en una de esas somnolencias ligeras, momentáneas, que suelen suceder a un sueño largo y profundo. De pronto volvió a abrir los ojos y consultó su reloj de pulsera. Fue un puro acto reflejo, porque al ver la hora se desconcertó. Se incorporó, echó una mirada a la habitación charra, se llevó una mano a la frente y con un profundo suspiro volvió a tenderse en la cama. Pero ya se había despertado; en pocos segundos más supo dónde estaba, que la tarde terminaba, que había dormido desde el almuerzo. Oía a su mujer en la habitación contigua, taconeando con sus chinelas sobre el liso suelo de baldosas, y ahora que había alcanzado otro nivel de conciencia en el que no le bastaba la mera certeza de estar vivo, ese ruido lo tranquilizaba. Pero qué dificil era aceptar la alta, estrecha habitación con su cielo raso envigado, los colores neutros de los grandes dibujos anodinos de las paredes, la ventana cerrada, con sus vidrios rojos y anaranjados. Bostezó, faltaba aire en el cuarto. Después bajaría de la alta cama para abrir la ventana, y en ese momento recordaría su sueño. Porque, aunque le era imposible reconstruir un solo detalle, estaba seguro de haber soñado. Del otro lado de la ventana habría aire, tejados, la ciudad, el mar. El viento vespertino le refrescaría la cara y en ese momento reaparecería el sueño. Por ahora lo único que podía hacer era seguir tendido como estaba, respirando lentamente, casi a punto de dormirse de nuevo, paralizado en el cuarto sin aire, no a la espera del crepúsculo, sino quedándose inmóvil hasta que llegara.
- En la terraza del Café d’Eckmül-Noiseux, unos pocos árabes bebían agua mineral: sólo sus feces de diversos tonos de rojo los distinguían del resto de la población del puerto. Sus ropas europeas eran grises y raídas; hubiera sido difícil decir cuál había sido el corte original de cualquiera de ellas. Los lustrabotas casi desnudos, en cuclillas sobre sus cajas, miraban el pavimento, sin fuerzas para espantar las moscas que les corrían por la cara. En el exterior del café, el aire, más fresco pero inmóvil, exhalaba un tufo de vino y orina.
Sentados a la mesa del rincón más oscuro, tres norteamericanos, dos hombres jóvenes y una muchacha, conversaban tranquilamente, como las gentes que tienen tiempo de sobra para todo. Uno de los hombres, el delgado, de cara levemente crispada y ansiosa, doblaba unos grandes mapas multicolores que había desplegado sobre la mesa poco antes.”
Novedades en la mesa
El nuevo libro del norteamericano Richard Ford, Lamento lo ocurrido (Anagrama) reune una serie de relatos con la prosa condensada que ya le ha valido, entre otros, el Premio Pulitzer
