Conocí al realizador Jaime Humberto Hermosillo (Aguascalientes, 1942-Guadalajara, 2020) siendo yo todavía adolescente, cuando su premiado largometraje Amor libre (1979) coincidió en los Arieles y las Diosas de Plata con la primera película del ahora escritor de culto Fernando Vallejo, Crónica roja, donde debuté en México como actor protagónico. Sin embargo, volví a verlo y la amistad se renovó hasta más o menos una década después, cuando nuestro mutuo y entrañable amigo Paco Sánchez, su guionista de lujo precisamente de la citada Amor libre, nos volvió a conectar y el reconocido cineasta hidrocálido me compró un miniestudio de soltero que yo tenía en las calles de Providencia y él usaría para sus frecuentes viajes a la Ciudad de México desde su ya definitiva residencia en Guadalajara. Aunque nos veíamos muy de vez en cuando, siempre nos saludábamos con afecto y regularmente me buscaba para agradecerme alguna nota mía sobre un nuevo proyecto suyo.

Egresado del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) donde llevó a cabo sus primeros cortometrajes Homesick y S. S. Glencairn de mediados de la década de los sesenta, característicos ya por sus obsesiones en torno a la familia tradicional mexicana, sería hasta su siguiente mediometraje Los nuestros (1969) cuando llamó la atención de la crítica especializada que supo ver el potencial de este talentoso e irreverente joven realizador. Desde entonces ya un incendiario iconoclasta de la moralina prejuiciosa, sus primeros largometrajes La verdadera vocación de Magdalena (1972), El señor de Osanto (1974) y El cumpleaños del perro (1975) tienen en la sociedad pacata al cuerpo sobre el cual el agudo y sensible cineasta vivisecciona con fino escalpelo y pone el dedo en llaga, sin dejar de escandalizar a los sectores y grupos más retrógrados.

Su primera gran película de madurez, La pasión según Berenice, de 1976, y conforme él mismo creció en un enorno familiar muy conservador, lleva hasta sus últimas consecuencias ese afán por diseccionar esa hipocresía moral tras la cual se suelen esconder toda clase de oscuras perversiones que los más condenan y de las cuales los menos pueden excluirse. Su primera película ampliamente premiada, con  música de su compositor de cabecera Joaquín Gutiérrez Heras, y estupendas primeras partes de cuatro actores caros al director hidrocálido (Pedro Armendáriz Jr., Martha Navarro, Emma Roldán y Manuel Ojeda), cuenta la historia de una madura provinciana que tras descubrir su verdadera naturaleza concupiscente sufrirá una radical transformación de su existencia antes parsimociosa y aburrida. Sus subsiguientes Naufragio y Amor libre, todavía de la década de los setenta, mantienen esta misma obsesa fijación por la liberación sexual en una sociedad machista y castrante, de repetidos y asfixiantes clichés donde el qué dirán y la autorepresión moral suelen dictar los códigos de comportamiento y sólo tras bambalinas y en la intimidad se “transgreden” los  llamados intedictos. En 1979 hizo su singular María de mi corazón, con guión de Gabriel García Márquez y él mismo, a partir de una historia real que a Gabo le habían contado en una de sus largas estancias en Barcelona, con su también querida actriz de cabecera María Rojo.

Con la crisis cinematográfica de los ochenta, y como otros realizadores de su generación, Jaime Humberto Hermosillo se refugió en el cine independiente y con menor presupuesto, donde realizó varias de sus mejores y más arriegadas obras de carácter más intimista, entre ellas, El corazón de la noche (1984), Doña Herlinda y su hijo (1985), Intimidades de un cuarto de baño (1989), La tarea (1990), La tarea prohibida (1992), De noche vienes, Esmeralda (1997), confirmando en algunas de ellas además que en provincia era también posible hacer buen cine e incluso romper el paradigma de que sólo podía hacerse con actores profesionales. Autor de ruptura, ya en el nuevo milenio y de igual modo con nuevos recursos técnicos al alcance, este eterno enfant terrible del cine nacional rodó otras cintas no menos interesantemente frescas como Escrito en el cuerpo de la noche (2000, a partir de la hermosa obra teatral homónima de Emilio Carballido), Ausencia (2003), Dos auroras (2005), Rencor (2005), Juventud (2010) y Un buen sabor de boca (2017) que se podía adquirir de manera gratuita en red. Se despidiría con Crimen por omisión, del 2018, documento testamentario no menos oscuro y entreverado donde vuelve a manifestar su manifiesta obsesión por analizar los móviles y circunstancias que se esconden tras un homicidio pasional.

Creador de un referencial cine de autor de apertura que en nuesto país vino a representar algo así como lo que Pedro Almodóvar para el acervo fílmico español, y si bien es cierto que en un tono menos egocéntrico que el del realizador manchego, pero igualmente con visibles guiños a autores y películas anteriores que admiraba y lo formaron, qué duda cabe que la impronta de Jaime Humberto Hermosillo ha hecho mella en otros cineastas mexicanos más jóvenes que como su casi paisano –él mismo así lo ha considerado, su maestro­– Guillermo del Toro han reconocido su indudable ascendente. Uno de nuestros realizadores más originales y audaces de la segunda mitad del siglo XX, con su creativo y oficioso quehacer ha contribuido notablemente al retrato analítico que a través del cine se ha hecho de la conducta social del mexicano contemporáneo frente a sí mismo.