Cerca de 20 novelas, tres libros de cuentos, tres de poesía, dos de teatro y una docena de guones cinematográficos, letras y más letras brotan de la pluma de Paul Auster (3 de febrero de 1947) a partir de absurdos de la vida cotidiana. Su obra es un juego permanente con las eventualidades diarias. Transcribo las primeras líneas de La música del azar (Anagrama 1997).
“Durante todo un año no hizo otra cosa que conducir, viajar de acá para allá por Estados Unidos mientras esperaba a que se le acabara el dinero. No había previsto que durara tanto, pero una cosa iba llevando a otra, y cuando Nashe comprendió lo que estaba ocurriendo, había dejado de desear que aquello terminara. El tercer día del decimotercer mes conoció al muchacho que se hacía llamar Jackpot. Fue uno de esos encuentros casuales que parecen surgir de la nada: una ramita que el viento rompe y que de repente aterriza a tus pies. Si hubiera sucedido en cualquier otro momento, puede que Nashe no hubiese abierto la boca. Pero como ya había renunciado, como pensaba que ya no tenía nada que perder, vio en el desconocido un indulto, una última oportunidad de hace algo por sí mismo antes de que fuera demasiado tarde. Y así, sin más, se decidió y lo hizo. Sin el menor atisbo de miedo Nashe cerró los ojos y saltó.
Todos se reducía a una cuestión de secuencia, de orden de los sucesos. Si el abogado no hubiese tardado seis meses en encontrarle, él no habría estado en la carretera el día que conoció a Jack Pozzi, y por lo tanto ninguna de las cosas que siguieron a ese encuentro habría ocurrido nunca. A Nashe le resultaba perturbador pensar en su vida en esos términos, pero lo cierto es que su padre había muerto un mes antes de que Thérése le abandonara, y si él hubiese tenido idea de la cantidad de dinero que estaba a punto de heredar, probablemente habría podido convencerla de que se quedara. Aún suponiendo que no se hubiese quedado, no habría sido necesario llevarse a Juliette, pero claro, si hubiese tenido dinero, no habría estado viviendo de alquiler en el piso bajo de una horrenda casa de dos plantas en Somerville y tal vez Thérése no se habría marchado. Su sueldo no era tan malo, pero la apoplejía que su madre sufrió cuatro años antes le había arruinado y todavía seguía mandando pagos mensuales al santorio de Florida donde ella falleció. Teniendo en cuenta todo eso, la casa de su hermana le había parecido la única solución. Por lo menos Juliette tendría la oportunidad de vivir con una verdadera familia, de estar rodeada de otros niños y de respirar aire puro, y eso era mucho mejor que todo lo que él podía ofrecerle. Entonces, de pronto, el abogado le encontró y el dinero cayó sobre su regazo. Era una suma colosal –cerca de doscientos mil dólares, una suma casi inimaginable para Nashe–, pero ya era demasiado tarde. Se habían desencadenado demasiadas cosas durante los últimos cinco meses y ni siquiera el dinero podía detenerlas ya.
Hacía más de treinta años que no veía a su padre. La última vez había sido cuando él tenía dos años, y desde entonces no había habido ningún contacto entre ellos, ni una carta, ni una llamada telefónica, nada. Según el abogado que llevó la testamentería, el padre de Nashe pasó los últimos veintiséis años de su vida en una pequeña ciudad del deiserto de California no lejos de Palm Springs. Era propietario de una ferretería, jugaba a la bolsa en sus ratos libres y no se había vuelto a casar. No hablaba de su pasado, dijo el abogado, y sólo el día en que entró en su despacho para hacer testamento le mencionó que tenía hijos.”
Novedades en la mesa
La memoria de los vivos (Galaxia Gutemberg), Phil Camino cuenta la saga de una poderosa familia desde la Belle Époque al mundo actual.
